¿Está escrita la vida de una persona? ¿Lo que nos depara el día a día es algo que no podemos controlar, que va y viene en función de numerosos argumentos imposibles de predecir? Cerca de cuatro horas antes de naufragar en el desastre total, nadie habría sido capaz de adivinar el futuro, el más cercano, que le esperaba a Alejandro Valverde.
Lo mismo podría decirse de Alberto Contador. De estar defenestrado para el maillot amarillo, más por lo que había mostrado en la carretera que por el tiempo cedido, que también, se ha encontrado otra vez metido en carrera.
Sus vidas en este Tour de Francia son el color de la carrera. La cara de Froome en el podio, también. Un rostro de preocupación, de cansancio, de incredulidad, de no saber muy bien lo que había pasado, ni, más importante aún, por qué había pasado. Ésa es la clave. ¿Cómo puede ir un líder a la deriva a falta de treinta kilómetros después de lo que le había sucedido a Valverde, el segundo de la general?
Esas preguntas se las tiene que estar haciendo un Froome más fuerte que Contador hasta ahora, pero con mucho peor equipo. A Contador no le faltó de nada. Tampoco a Valverde, desgraciadamente.
A una media horaria de 47,153 kilómetros por hora, en un día soleado y tranquilo que no parecía propicio para nada salvo para llegar cuanto antes a la meta y descansar, el Tour ha cambiado de caras y las dos corresponden a ciclistas españoles. Es lo mismo que la vida: todo puede girar de forma vertiginosa sin saber por qué, sin control, hasta llevarnos a una situación indomable. Es lo que le pasó a Alejandro Valverde. No fallaron ni él ni su equipo.
Se dieron tres circunstancias muy especiales. La primera, que sufrió una avería en el momento más inoportuno, en el kilómetro 85. Le dieron por detrás y le desequilibraron la rueda. La segunda, que el hombre más rápido del Tour por resultados, Kittel, ya se había quedado cortado por los abanicos que comenzó a provocar el Omega. Y la tercera, la más importante, que al ver a Valverde y a Kittel con problemas Belkin y Omega se pusieron a trabajar a destajo. También lo hizo Europcar, no se sabe muy bien por qué.
Descolgó Movistar a todos los corredores que llevaba en cabeza, cuatro. Todos menos Nairo Quintana. Castroviejo cedió su rueda a Valverde. Se quedaron junto a él Amador, Plaza, Rui Costa y Erviti. Movistar estaba en terreno de nadie y decidió esperar al grupo que venía por detrás. Encontraron colaboración de Euskaltel, Lampre y Orica. Las diferencias alcanzaron el minuto y medio.
Froome, muy expuesto
Bajó ese tiempo hasta los 45 segundos. Hubo momentos en los que todo parecía volver a la normalidad. Belkin, sin embargo, no quería ni ver a Valverde. Y Omega pretendía alejar a Kittel. La poca fuerza que había en la carrera se concentraba en la cabeza.
Cuando reventó Movistar, todo se acabó. En un primer momento las diferencias interesaban. Cuanto menos tiempo perdido, mejor. Luego se presentaron unos momentos en los que ya no importaba nada porque no se puede hacer más.
Movistar quedó a la deriva. Froome iba cómodo, lo mismo que el Saxo Bank, que no se metió en ninguna escaramuza. ¿Esperaban momentos más propicios? ¿Se encontraron una situación que no buscaban?
En un instante, a falta de 31 kilómetros, cuando nadie lo esperaba, Saxo Bank tensó de nuevo el grupo principal. Y lo cortó. Se fueron seis corredores: Contador, Rogers, Nicolás Roche, Tosatto, Kreuziger y Bennati. El Belkin, que también se lució junto al Omega, colocó a Mollema y Ten Dam. Omega tenía a Terpstra, Cavendish, que ganaría la etapa, y Sylvain Chavanel. Completaban ese grupo de elegidos, una escapada de lujo, Peter Sagan, Jakob Fuglsang (Astana) y el polaco Bodnar (Cannondale).
La mayoría de esos corredores tenían cosas que ganar. Saxo Bank, con Contador. Cavendish y el Omega perseguían la victorai de etapa, lo mismo que Sagan. Y los Belkin apostaban por la general. Muchos intereses juntos en busca de objetivos concretos.
Los compañeros de Contador cargaron con el mayor peso. Froome ni se organizó. Se le veía perdido. Se encontró con Stannard, Geraint Thomas, que arrastra una pequeña fisura en la pelvis, y poco más.
Los potenciómetros en ese equipo parece que funcionan sólo para algunos corredores porque al resto ni se les ve. Richie Porte también se había quedado cortado mucho antes. Están muy tocados físicamente.
Froome tenía que vivir de otras ruedas y de otros equipos, como Katusha o BMC, que sí disponían de hombres para tirar. Tuvo mucha suerte. Si se encuentra esa situación a 60 kilómetros de la meta, estaríamos hablando de otra cosa. Mientras Froome iba a la deriva, Saxo Bank realizaba un ejercicio de calidad con corredores que acumulan muchas batallas encima, que saben rodar contra el viento, no perder rueda.
Contador también dio algún relevo, animó a sus compañeros, les empujó a dar el máximo, a intentar rentabilizar esos kilómetros únicos. Han dejado la general más humanizada. Froome conserva una renta de 2:28 sobre Mollema y de 2:45 respecto a Contador, sin olvidarnos de que Kreuziger está a 2:48 y Ten Dam, a 3:01.
Es decir, hay dos equipos que disponen de dos corredores, Saxo Bank y Belkin, al menos hasta llegar al Mont-Ventoux, donde a Froome no le queda más remedio que volver a atacar. Estratégicamente, los dos equipos más fuertes de la carrera pueden plantear situaciones que hasta el momento han dominado: atacar de lejos, intentar dejar sin equipo al Sky, que parece mentira que no busque ayudas. La tensión a la que pueden seguir sometiendo a Froome es lo que podría cambiar de forma definitiva el Tour.
Froome lleva mucho desgaste, una temporada cargada. Y lo que en Pirineos parecía un paseo hasta llegar a los Alpes se ha convertido en un recorrido tortuoso. Su punto débil es el equipo. La única pena es que Movistar ha desaparecido de ese grupo de equipos. Se han quedado con Nairo Quintana como única opción.