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Holanda, a pedales
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Holanda, a pedales

El número de bicicletas es tan elevado que los coches y los peatones son los que se tienen que andar con ojo para no ser arrollados por una masa desaforada de ciclistas

27.01.14 - 20:35 -
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Holanda, a pedales
Ámsterdam, enmarcada por una bici. / Galo Martín
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Bici estacionada en Rotterdam. / Galo Martín
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Al mercado en bici. / Galo Martín
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Vida tranquila en La Haya. / Galo Martín
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No podían faltar molinos en Holanda. / Galo Martín

Una superficie lisa, donde los únicos repechos son los que se levantan para salvar los canales que atraviesan las pintorescas ciudades orange, hacen de Holanda un país para descubrir a golpe de riñón. A pedales. Quizá, la ausencia de una pendiente y algo más de picante en la orografía hace que la bicicleta sea un simple medio de transporte y no una afición, como un forastero se imagina antes de recorrer un puñado de kilómetros por uno de esos carriles bici que recorren la escueta geografía nacional.

El número de bicicletas es tan elevado que los coches y los peatones son los que se tienen que andar con ojo para no ser arrollados por una masa desaforada de ciclistas. Al contrario de lo que pueda parecer, las dos ruedas ejercen una esquiva dictadura sobre el asfalto al son del ring ring que escupen los timbres que lucen todos los manillares. Eso sí, este régimen está perfectamente señalizado y cuenta con su propio lado de la calzada color rojo.

En la misma Estación Central de Ámsterdam se toma conciencia del protagonismo que tienen las bicicletas. El parking que hay fuera del majestuoso edificio alberga cientos de ellas, escrupulosamente estacionadas y cada una con su candado bien cerrado (los robos en la capital están a la orden del día y el fondo de los canales están copados de pecios en forma de bicicletas). Además de los espacios estipulados para aparcar, una farola, una barandilla y un árbol, entro otros, son lugares que los locales emplean para dejar su ecológico medio de transporte, mientras hacen sus recados cotidianos. Y es que no hay que olvidar que la vida de los holandeses sucede mientras suben y bajan de sus desvencijadas bicicletas.

La Haya y Rotterdam

Salir de Ámsterdam con dirección a La Haya no es fácil si sólo se cuenta con la señalización del carril bici. Cuando menos procede la indicación desaparece y toca consultar el mapa o mirar al cielo plomizo y adivinar dónde queda el sol para poder ubicar el sur. De esta manera transcurre un paisaje tan llano como narcótico. Un avión cruzando a menos de 50 metros de uno le despierta del letargo y respira aliviado. Se trata del aeropuerto de Schiphol. Se va por el buen camino. A la altura de la bucólica localidad de Leiden (cuna de Rembrandt) y después de haber dejado en la cuneta varios molinos, el paisaje se muestra más generoso y así resulta más llevadero llegar a La Haya. 57 kilómetros después se alcanza esta refinada ciudad, que en holandés se denomina Den Haag.

Un agradable paseo por sus calles sirve para percatarse de su rico patrimonio, de que es la residencia del Gobierno y de la Casa Real, además de disfrutar de un ambiente cosmopolita. Si el tiempo está de buen humor y luce el sol, el Lola Bikes&Coffee es un excelente establecimiento para tomar algo y conversar con otros ciclistas. Después del receso y curtidos, la salida de la ciudad por el carril bici es más sencilla y pronto se llega a Delft, la ciudad de Vermeer. Desde aquí a Rotterdam la distancia se recorre sin apenas cambiar de marcha.

Esta ciudad destruida durante la Segunda Guerra Mundial tuvo que reconstruirse desde sus cimientos, por ese motivo no se parece en nada a las del resto del país. Rotterdam es extensa, con espacios ocupados por diseños vanguardistas dibujados por arquitectos osados y disfrutados por unos orgullosos habitantes. Aún así, esto es Holanda y el carril bici no puede faltar. Resulta toda una experiencia cruzar los puentes de Erasmo y de Willems y hacerse una idea de esta ciudad donde hay casas en forma de cubos de color amarillo.

Una vez se ha pedaleado el carril bici, no está de más comprobar si resulta cómodo viajar con la bicicleta en el tren. En Holanda todo está pensado. Desde unas puertas más anchas para introducir la bici en la estación hasta la venta de su propio billete (más caro que el de una persona). Hay un vagón especial para cargar las bicis. El espacio no es ni muy amplio ni muy cómodo, pero tiene WiFi y uno se distrae, mientras sostiene ese amasijo de hierro con cadenas y platos.

Al llegar a Utrecht el ciclista debe bajarse de la bici. La estación está muy cerca del casco antiguo. Un nudo de calles peatonales y repletas de personas durante las horas en las que las tiendas, restaurantes y bares están abiertos. Después esta ciudad universitaria se convierte en un fantasma. Utrecht gira en torno a la plaza de Domtoren y a sus canales, los que inevitablemente recuerdan a Amsterdam. Y es que todas las ciudades son parecidas a la capital, pero sin turistas, más tranquilas y con un sinfín de zonas verdes para pasear y…sí, lo adivinaste, para montar en bici.

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Rijksmuseum. / Galo Martín

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