TRIBUNA ABIERTA

Alexander McQueen y la literatura

«Las creaciones de McQueen están hechas de la misma materia que las manifestaciones literarias del romanticismo»

Clara Zamora Meca

Unir moda y literatura puede parecer un juego sacrílego. Algo así como una distracción perversa de las fatigas filológicas y eruditas, con cierto gusto por la profanación. El personaje británico que me inspira y obsesiona pudo jactarse de haber traspasado este umbral espeso de los estereotipos. Su genio creativo clavó la aguja en un atormentado embrujo. Su mente estableció un puente en el tiempo, que vinculó la literatura finisecular decimonónica con la estética finisecular del siglo siguiente. Cien años de diferencia, distintas posibilidades y capacidades de expresión, una misma sensibilidad.

Los fines de siglo son una trasposición única, simbólica, confusa del miedo al cataclismo. Hasta aquí, nada nuevo; pero mi carácter obsesivo es un arma de doble filo. La parte negativa voy a obviarla para evitar su compasión de lector benévolo. La parte positiva es un filón extraordinario. Ahondar de manera incesante sobre una idea que me asalta es algo íntimamente seductor, como un enamoramiento en espiral ascendente. En ese camino, siento que avanzo y establezco mis propias premisas. Trataré de explicarme.

La literatura ha sido, históricamente, el caudal infinito que ha inspirado a todas las demás parcelas de la creatividad. Las ideas se identifican con palabras. Los escogidos que supieron expresarlas sembraron el prodigio que supone el rico colorido de sentimientos, sensaciones y tormentos, que ha supuesto, de manera natural, la base para el resto de las disciplinas artísticas. Es ella la que explica la paleta de colores en las que se mueve el alma humana, desde el sereno azul al rojo apasionado, sin dejar de lado los tonos satánicos que extrajeron con sus plumas los escritores románticos. «Ese sentimiento de lo ideal, tan singular y agradable en lo terrible».

Estar en posesión de una sensibilidad tan especial y exquisita como tuvieron aquellos literatos sube la fiebre. Un fondo lujurioso, oriental, cruel y magnífico es el que, sin miedo al vituperio, establece la conexión que aquí pretendo defender. La línea etérea que conecta las «Moralités légendaires» de Jules Laforgue y su descripción poco conocida de Salomé, en la que aparece exquisitamente caricaturizada, con la ópera de Offenbach, que no dejó de complacerse en los matices más siniestros de esta heroína, con las ilustraciones que Beardsley hizo para acompañar los textos de su amigo Wilde hilan su esencia con la estética del diseñador de moda británico Alexander MacQueen. Su aparición supuso un nuevo escalofrío en aquel tiempo. Materializó a la Venus negra que hervía en su interior. «Extraer la belleza del mal» es la esencia de las piezas aquí enumeradas y la idea que las hermana.

El arte de McQueen fue poderoso y reconocido, cultivado en invernaderos aparentemente impíos, un furioso impulso de voluptuosidad insaciable precipitado hacia lo imposible. Los seres dotados de esa sensibilidad especial y exquisita, poco frecuente, son hombres de fantasía imperial, a quienes el mundo les aburre perdida y desesperadamente. Tienen el instinto de la autodestrucción. El espíritu de perversión, de hecho, provocó su última caída, con un discreto suicidio en 2010, a los cuarenta años de edad. Para los que viven con tanta intensidad, la vida suele ser corta.

Como una revelación del yo subterráneo, las creaciones de McQueen están hechas de la misma materia que las manifestaciones literarias del romanticismo. Su ímpetu de acción frenética, el exotismo lujurioso y sanguinario, como si la pasión fuera una cosa en exceso natural, dominaron con más seguridad su voluntad, acariciándolo con la suprema lascivia que supone la tendencia natural hacia la perdición. En sus creaciones, se mantiene la idea de belleza feroz, inalcanzable, con muchos de los atributos de la mujer fatal decimonónica. Supo mantenerse en la vanguardia sin rozar apenas la realidad de su tiempo.

La fascinación que deja en mí McQueen es la fascinación romántica por las hermosas difuntas, porque un vestido en un maniquí, sin su puesta en escena, es como un texto de Swinburne impreso en plástico, intolerable. Europeo, formado en la escuela de la novela gótica, demostró una seria efervescencia y degeneración. Este creador de sueños situó el acento en la literatura, probablemente en una grotesca ignorancia, pero que pone de manifiesto que, en cuestiones de sensibilidad, en el mundo de los sentidos, aún con la libertad de costumbres, el que manda es el instinto y, en estos casos descritos, el tormento y la extravagancia dentro de los cuales se esconde la angustia.

Clara Zamora Meca es profesora de historia del arte en la Universidad de Sevilla

Comentarios
0
Comparte esta noticia por correo electrónico

*Campos obligatorios

Algunos campos contienen errores

Tu mensaje se ha enviado con éxito

Reporta un error en esta noticia

*Campos obligatorios

Algunos campos contienen errores

Tu mensaje se ha enviado con éxito

Muchas gracias por tu participación