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Cinco años de viacrucis del juez Llarena, bastión del Estado

El instructor del 'procés' se ha encontrado con todo tipo de trabas que ha ido sorteando con enorme presión

Las amenazas, pintadas, insultos y la compañía de cuatro a seis escoltas han sido una constante en este tiempo

El juez Pablo Llarena en la recogida del Premio Fundación Villacisneros, foto de archivo José Ramón Ladra
Nati Villanueva

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Un cajón lleno de cartas plagadas de amenazas y odio le recuerda cada día lo que ha cambiado su vida en los últimos cinco años, cuando sólo era conocido en la carrera judicial y podía caminar con total libertad por las calles de la ... que siempre considerará su tierra, Cataluña. Al principio ponía las misivas en manos de la Policía Científica. Después dejó de hacerlo. Se acostumbró a estar en la diana de los independentistas, a tener que caminar con cuatro o seis escoltas, a ver fotografías con su rostro en llamas, a que pintura amarilla en su portal le recordara que saben dónde vive. Como aquella noche en la que tuvieron que sacar a su familia de su domicilio casi de madrugada porque una multitud fuera de sí iba a increparle. O quizá a algo más. Fue uno de los momentos de mayor tensión en estos años. Acababan de detener a Puigdemont en Alemania. Todo apuntaba a que el expresidente de la Generalitat sería entregado a España tras cinco meses refugiado en Bélgica.

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