@montieldearnaiz
El pasado martes volvió a Cádiz Arturo Pérez-Reverte para presentar su novela titulada 'Hombres buenos'. Me sorprendió ver en la primera fila de un auditorio completo un fabuloso perrazo, tumbado y dando escolta a su dueña ciega. El acto lo plantearon el cartagenero y nuestro Óscar Lobato como una charla entre amigos que fue interrumpida dos veces por un espontáneo sin dinero para adquirir la novela. Surgió ahí el lado amable a la par que tabernario de APR: el hombre se llevó la novela gratis. Decía que en este diálogo de amigos se habló de política sin hablar de política. En la charla se fueron deslizando ideas sucesivas y conceptos extrapolables a diversos tiempos, gobernantes y vasallos: nada nuevo bajo el mismo sol de Breda. El escritor confesó también tener predilección por los personajes 'revertianos' (sic) a los que una vida complicada vuelve lobos para el hombre, por eso ha plagado sus novelas de Alatristes y Malatestas. APR aludió al hecho diferenciador de España y Francia: tenía filo y caía bruscamente. La guillotina, esa epidemia que está por volver porque siempre retorna, nos observa desde la oscuridad de nuestras consciencias.
Reverte defendió a los maestros, que enseñaban el Quijote, sobre los que fundamentó su tesis de que la cultura nos salva y hace libres en este mundo incultamente corrupto, parecido al del París de su novela, donde los revolucionarios son los mediocres y no los ilustrados y donde la epidemia de la guillotina regó el campo de Agramante de tumbas ilustres, gente buena y mala que tras mejorar su tierra recibió la dignidad de sus cabezas cercenadas, caídas en el cieno. Ojalá no sean mediocres los que vengan a revolucionarnos, pensará Pérez-Reverte, preocupado quizás por el devenir guillotinero de los últimos tiempos; ojalá sean ilustrados, enciclopedistas. La confianza es baladí. No debemos olvidar que el acervo popular siempre gana la apuesta: el que te sustituya, bueno te hará.
Y de todo esto habló sin hablar en mi cabeza Arturo Pérez-Reverte, fundiendo sus preocupaciones con las mías, mientras coloquiaba con su viejo amigo Óscar Lobato -el hombre que todo lo sabe-, interpretando ambos a la perfección el montaje teatral de su nueva obra: dos hombres buenos.