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LA PARCELITA

Valorar la vida

ANTONIO FERNÁNDEZ-REPETO/
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Cuando me propongo redactar estas líneas de mi columna semanal, se agolpan las ideas y no sé cómo empezar. En estos últimos días he vivido unas situaciones personales que me han hecho cavilar de una manera muy especial.

Habitualmente, inmersos en la vorágine que es actualmente nuestra vida cotidiana, priorizamos muchas cuestiones que a veces nos parecen trascendentales y que realmente no lo son. Pensamos, equivocadamente por supuesto, que lo mas importante es tener ocupado todo el tiempo con el desarrollo de nuestra profesión, alcanzar los máximos logros y no tenemos tiempo para nada mas. Andamos de aquí para allá cumpliendo los compromisos de nuestra agenda absortos en nuestros problemas y así día a día se nos pasan las semanas, los meses y los años anteponiendo estas cuestiones que creemos son las mas importantes. De pronto, suena el teléfono y la noticia del accidente de circulación de un amigo o la muerte repentina e inexorable de un familiar querido y cercano te dejan helado, sin poder de reacción. Intentas sobreponerte pero no puedes y, lo que es peor, no le encuentras explicación. Intentas rebobinar la película, pero no puedes. La vida transcurre inexorablemente, nuestra historia se va escribiendo minuto a minuto, sin vuelta atrás, sin poder de rectificación.

Es cierto, que al vivir en una sociedad provinciana como la nuestra, tenemos mas posibilidades de disfrutar del ambiente familiar o social que los que habitan en grandes capitales pero, poco a poco, incluso aquí estamos llegando a un estado de despersonalización tal, que a veces nos hace insensibles a lo que es la vida misma. No debemos permitir que eso suceda.

Estos trágicos acontecimientos, que ya desgraciadamente me han tocado vivir en varias ocasiones, son los que nos tienen que hacer pensar y recapacitar. No debemos ni podemos abandonarnos a los superfluo ni a lo banal. Debemos anteponer a todas las cuestiones nuestra propia vida, nuestra familia, los amigos, etc. Debemos reorganizarnos y simplemente vivir, disfrutar y valorar este don tan preciado. Sin pensarlo, ni esperarlo, ni quererlo, cualquier día nos llega «la guadaña» arrasando con todo. Eso sí que de verdad no tiene arreglo