Jerez

... y en la cuna del pañuelo

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Todo pasó en solo un instante. Fue como un chasquido de esos que el corazón nota como un fuerte golpe que hace saltar las alarmas. Un accidente sin sentido posible la había dejado en el asfalto más cerca de la muerte que de la vida y a su familia más cerca de la desesperación que de la esperanza. Las largas horas del hospital contaban con la presencia de sus familiares que buscaban alivio y consuelo entre todos los que se acercaban a verla. Días tras día sin solución aparente. Uno de los que con ella estuvo sin descanso, buscando sin remedio que algún gesto de sus ojos le permitiera buscar alguna luz al final del túnel, decidió buscar solución pidiendo ayuda a aquella que nunca le falló en sus momentos difíciles. Y pidió permiso para que uno de los pañuelos con los que la Virgen acuna su pañuelo cada Viernes Santo, le sirviera a él y a aquella enferma niña para buscar a través de María el camino de una salvación real. Durmió ese pañuelo bajo su almohada y de vez en cuando le sirvió para poder cortar también a veces aquellas interminables gotas de sudor que despacio cruzaban primero la frente y después la cara de quien, postrada en la cama, ya casi ni sentía ni padecía. Y fue aquel bendito pañuelo el que poco a poco les dio fuerzas a los familiares para soportar aquello y finalmente fuerzas a ella para poder abrir los ojos con unas inmensas ganas para agarrarse a la vida. Siempre en deuda con la Virgen, aquella niña y aquel que sirvió de mediador clavan cada Viernes Santo su mirada en las manos de la Soledad dando gracias por haber sido, aunque fuera sólo por unos días, el clavo que María mima con su pañuelo el resto del año.