Nadie conoce a nadie
Ahora es cuando se impondría aquel viejo programa de radio de «Conozca usted a sus vecinos»
Dijimos que el novelista Juan Bonilla estaba haciendo una nueva versión de su libro «Nadie conoce a nadie», ambientado en la Sevilla de los 90. Por si se anima a hacer otra entrega más ambientada en nuestros días, ahí le damos, «gratis et amore» y ... con la colaboración de los lectores, más ideas sobre lo que está pasando en las calles y barrios de Sevilla. Ya no conoces ni al tabernero de la esquina, ni a la de la farmacia, ni al vecino del quinto. Ahora es cuando se impondría aquel viejo programa de radio de «Conozca usted a sus vecinos». A los vecinos ya no los conocen y no dan ni los buenos días, y nada sigo si esos vecinos son habitantes de un piso de estudiantes o de los amigos que vienen a estudiar con ellos.
Antes ibas a comprar a un comercio, no ya a La Nueva Ciudad de Lozano, Rojo y Moreno, con la silla reservada a las señoras, sino a cualquier establecimiento, y conocías al dependiente, que te trataba no ya de modo personalizado, sino «lo siguiente», como se suele decir. Ahora te vas una franquicia y la niña que te cobra no te mira ni a la cara, aparte de hablarte de tú sin conocerte de nada.
Antes ibas a la taberna de la esquina a tomarte un tentempié y el correcto camarero malage de los que le gustan a Eusebio León, con su chaqueta blanca, hasta te trataba de «don» y te despedía como Dios manda: «Hasta mañana don Manuel, que te tenga usted un buen día». Ahora está el camarero simpático de turno con el ya clásico: «¿Familia, qué vais a tomar?» O con el «adiós, familia» sin conocerte tampoco absolutamente de nada y ni siquiera ser tu primo.
Antes aparcabas en una calle cualquiera de Sevilla y el guardacoches autorizado de la ANIC de toda la vida te daba las novedades del día en la ciudad y hasta la previsión del tiempo. Ahora te metes en un hueco que encuentras en la zona azul y sólo hablas con una máquina, que para colmo te echa atrás la mitad de las monedas o si te pasas dos minutos ya está el «Aviso de denuncia voluntaria» en tu parabrisas y además «No anulable».
Antes ibas a la tienda de ultramarinos de la calle a por cuarto y mitad de chorizo, a Casa Martín, por ejemplo, de la calle San Esteban, te despachaba Martín o su hijo y encima te daba la primicia del nuevo fichaje del Glorioso o de los estrenos de este año en la hermandad del barrio. Ahora te metes en las colas impersonales de los súper en las que tienes que ir a mil por hora, que no das abasto a guardar los mandados en el carrito, y encima los de atrás protestando. Sólo se salva la pescadera del Mercadona cuando se acerca la hora del cierre, cantando aquello de «Tengo los jureles frescos a 5 euros el kilo».
Antes ibas a a cualquier iglesia del centro, incluida la Catedral, a hablarle al de Arriba de tus cosas, y la paz y la tranquilidad inundaba el ambiente de recogimiento y además saludabas al cura o al sacristán. Ahora las hordas de los pantalones cortos y chanclas inundan las iglesias y tienes que salir de allí a más de mil, que ni te dejan tranquilo en la misa y cuando te vuelves para darle la paz al vecino, te encuentras a un tío en chancletas y pantalón corto echando una cabezadita.
Antes ibas a un restaurante y el camarero te llamaba por tu nombre, con el don por delante siempre, y además no te enterabas de lo que hablaban los de la mesa de al lado. La gente se comportaba sin dar voces. Las mesas estaban a una prudente distancia marcando la intimidad y los vecinos cuando llegaban daban las buenas tardes y el clásico «que aproveche». Ahora nadie da las buenas tardes a nadie y para rentabilizar el pequeño local las mesas están tan juntas, que no puedes ni moverte, y cuando llegan los vecinos de mesa empiezan a pegar empujones con la silla y ni un «usted perdone» siquiera, y no le digo nada cuando el vino hace su función. Menos mal que todo se humaniza cuando llega la tarta a los postres en cualquier mesa por el cumpleaños feliz de cualquier comensal, que todo el mundo canta, incluido el lotero que llega de vez en cuando a vender sus décimos. De la que toca. Lo que no toca es conocer a nadie.
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