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Quemar los días

Tiempo de recreo

Lo extraordinario es imprevisible, un desajuste, pero lo ordinario puede acabar matándote de aburrimiento

Daniel Ruiz

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De pequeños, los de mi generación sentíamos terror por las bombas, pero las amenazas de bomba, en cambio, eran una fiesta. En los peores años de plomo de ETA, los más golfos del colegio y después del Instituto le cogieron el gusto a las llamadas ... anónimas para evitar los exámenes y, de paso, convertir cualquier anodino día lectivo en una inolvidable jornada de juego libre. Uno salía del cole y se encontraba con el bocadillo intacto y un tiempo de recreo que se extendía hasta la hora del almuerzo. No se podía permanecer en el centro, pero sí en la calle, y de repente el mercado, los aparcamientos, cualquier sitio del barrio colonizable, se poblaba de niños sin nada que hacer y felices de ejercer a sus anchas el haraganeo. En el Instituto, lo maravilloso era poder acompañar además la holgazanería con unas cervezas.

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