Quemar los días
Tiempo de recreo
Lo extraordinario es imprevisible, un desajuste, pero lo ordinario puede acabar matándote de aburrimiento

De pequeños, los de mi generación sentíamos terror por las bombas, pero las amenazas de bomba, en cambio, eran una fiesta. En los peores años de plomo de ETA, los más golfos del colegio y después del Instituto le cogieron el gusto a las llamadas ... anónimas para evitar los exámenes y, de paso, convertir cualquier anodino día lectivo en una inolvidable jornada de juego libre. Uno salía del cole y se encontraba con el bocadillo intacto y un tiempo de recreo que se extendía hasta la hora del almuerzo. No se podía permanecer en el centro, pero sí en la calle, y de repente el mercado, los aparcamientos, cualquier sitio del barrio colonizable, se poblaba de niños sin nada que hacer y felices de ejercer a sus anchas el haraganeo. En el Instituto, lo maravilloso era poder acompañar además la holgazanería con unas cervezas.
Lo extraordinario es imprevisible, un desajuste del orden habitual, un indudable foco de estrés y tensiones. Pero lo ordinario puede acabar matándote de aburrimiento. Y hay días, semanas, donde el mundo parece descafeinado, light, moribundo, sin fuelle: jornadas que transcurren con la apática sensación de que, aunque tengas pulso y respires, apenas te sientes vivo. Es a eso, supongo, a lo que llaman equilibrio, una sensación embustera, porque todo, empezando por la misma Tierra, se mueve de forma constante.
Desde que pisamos la consulta del pediatra la primera vez como padres, somos advertidos de la importancia de la costumbre: los niños tienen que mantener un régimen de horarios rígido, con pautas muy marcadas. Lo contrario, arguyen, los descoloca, puede conducirlos a problemas de carácter y trastornos. En consecuencia, nos esforzamos en brindarles un tipo de educación profiláctica. Ya es imposible encontrar un parque infantil que no tenga el suelo acolchado; la aparición de un mínimo rastro de óxido en un columpio conlleva, como si fuera el escenario de un crimen, su inmediato precintado.
El otro día, la caída de Instagram y Whatsapp durante unas horas provocó momentos de indecible angustia para muchos. Empezando por mis propios hijos, que no paraban de preguntar que cuándo acababa aquella tortura. Yo, en cambio, lo viví con la sensación chispeante de la imprevisibilidad. Recordé aquellos insospechados regalos de los días de aviso de bomba en el colegio, donde la indeseable rutina se quebraba abriendo la cremallera de la sorpresa. A las pocas horas, regresaron los mensajes y las stories, al día siguiente hubo colegio, pero fue fantástico desertar de la antipática realidad online durante unas horas.
La rutina nos ayuda a sobrellevar el espejismo de que la vida es previsible y controlable, y no una bestia salvaje. Pero el mundo puede fallar en cualquier momento, de hecho lo hace constantemente. Cuando ocurra, que nadie te quite las ganas de salir al recreo.
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