QUEMAR LOS DÍAS
Aprender a volar
En estas mañanas de recreo sin mascarillas, los pájaros vuelven a la plenitud del ruido

Lo que me volvía loco de Estrella, más allá de sus bonitos ojos y de las pecas que se esparcían por sus mejillas como canela escanciada, era su sonrisa. Sonreía como un desperezo en una mañana de verano, como lavarte la cara con agua fría ... de un riachuelo cristalino. A ello contribuían, claro, unos dientes inmaculados, simétricos y refulgentes. Mi boca fue siempre una cochambre, una ristra descoyuntada de dientes, que hoy provoca la burla de mis hijos cada vez que suelto una carcajada. Por eso siento una admiración atávica por las dentaduras perfectas. Pero en aquel tiempo en que estaba enamorado de la sonrisa de Estrella, las bocas lo eran todo. Especialmente cuando llegaba el recreo, y el patio del colegio sonaba a desbandada desquiciada de pájaros. Con las bocas no sólo sonreíamos y gritábamos, también sellábamos amistades eternas —los amigos de escupitajo—, devorábamos los bocadillos que nos preparaban las madres y alentábamos a nuestros trompos para que no se salieran del círculo mientras evitaban las púas carniceras. También nos insultábamos, y había a quienes incluso, en una pelea, les daba por morder, algo que en aquel tiempo comportaba una gravedad cercana a sacar una navaja. La misma boca servía para declararte de viva voz a una chica, aunque para eso era mucho menos embarazosa la nota de papel. Triunfaban los que alguna vez conseguían utilizar la boca para besar.
Estrella, como es comprensible, nunca se fijó en mí, y yo nunca tuve agallas para declararle mi amor (menos mal). Pero al menos pude disfrutar de contemplar su belleza, aquella sonrisa que al cerrar los ojos hoy todavía recuerdo como un destello.
Paso cada mañana junto al patio de un colegio de camino al trabajo. Por primera vez en mucho tiempo, los niños ya no llevan mascarilla en ese patio. Salvo durante el periodo de confinamiento estricto, el patio no ha perdido la alegría en ningún momento; siempre, en todos estos meses, observé los correteos de los niños, sus juegos, su alegría desinhibida. Pero hoy, el alboroto me ha parecido mayor. Era, no sé, como si los pájaros se hubieran liberado.
Han sido meses difíciles para todos, pero mucho más, pienso, para los más pequeños. Las restricciones les han arrebatado el acceso a experiencias capitales en sus años de crecimiento. Las limitaciones del contacto físico son muy dolorosas para personas que empiezan a socializar; llevan un lastre, un déficit, una rémora, que será difícil de recomponer. Pero tan doloroso como eso habrá sido que en todo este tiempo no hayan podido disfrutar de sonrisas desnudas; no haber besado, no haberse enamorado o declarar su amor sino de forma incompleta. No haber sentido la frescura de un riachuelo cristalino al contemplar otro rostro.
En estas mañanas los pájaros vuelven a la plenitud del ruido. Van con retraso, pero aprenden rápido: toca recuperar lo perdido, aprender a volar.
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