Hazte premium Hazte premium

QUEMAR LOS DÍAS

Aprender a volar

En estas mañanas de recreo sin mascarillas, los pájaros vuelven a la plenitud del ruido

Daniel Ruiz

Esta funcionalidad es sólo para registrados

Lo que me volvía loco de Estrella, más allá de sus bonitos ojos y de las pecas que se esparcían por sus mejillas como canela escanciada, era su sonrisa. Sonreía como un desperezo en una mañana de verano, como lavarte la cara con agua fría ... de un riachuelo cristalino. A ello contribuían, claro, unos dientes inmaculados, simétricos y refulgentes. Mi boca fue siempre una cochambre, una ristra descoyuntada de dientes, que hoy provoca la burla de mis hijos cada vez que suelto una carcajada. Por eso siento una admiración atávica por las dentaduras perfectas. Pero en aquel tiempo en que estaba enamorado de la sonrisa de Estrella, las bocas lo eran todo. Especialmente cuando llegaba el recreo, y el patio del colegio sonaba a desbandada desquiciada de pájaros. Con las bocas no sólo sonreíamos y gritábamos, también sellábamos amistades eternas —los amigos de escupitajo—, devorábamos los bocadillos que nos preparaban las madres y alentábamos a nuestros trompos para que no se salieran del círculo mientras evitaban las púas carniceras. También nos insultábamos, y había a quienes incluso, en una pelea, les daba por morder, algo que en aquel tiempo comportaba una gravedad cercana a sacar una navaja. La misma boca servía para declararte de viva voz a una chica, aunque para eso era mucho menos embarazosa la nota de papel. Triunfaban los que alguna vez conseguían utilizar la boca para besar.

Artículo solo para suscriptores

Esta funcionalidad es sólo para suscriptores

Suscribete
Comentarios
0
Comparte esta noticia por correo electrónico

*Campos obligatorios

Algunos campos contienen errores

Tu mensaje se ha enviado con éxito

Reporta un error en esta noticia

*Campos obligatorios

Algunos campos contienen errores

Tu mensaje se ha enviado con éxito

Muchas gracias por tu participación