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tribuna abierta

¿Ser inmortal?

Pensé en el trastoque de valores que agitaría el mundo si pudiéramos optar por morir o, sencillamente, por seguir viviendo en él 'sine die', como diría el castizo, tan guapamente

Rogelio Reyes

En un reciente programa de radio se le preguntó a un experto en viajes espaciales si había alguien en el mundo que se ocupara, no ya de los viajes reales protagonizados por los astronautas, sino de hipotéticos viajes mentales, de la simulación de posibles desplazamientos ... al espacio sin salir de los límites de una cabina inmóvil. La pregunta me pareció extraña y un tanto alambicada, y por ello esperaba una respuesta negativa del interlocutor. Mi sorpresa vino cuando éste contestó con la mayor naturalidad del mundo que sí, que, en efecto, eran muchos los científicos que hoy se estaban ocupando «de los estados de conciencia en el espacio», añadiendo, además, que tal cosa se hacía «pensando en la posibilidad de lograr la inmortalidad», habida cuenta que en el espacio las coordenadas temporales no eran las de la Tierra, y tal vez el hombre pudiese algún día hacer realidad el sueño de su permanencia en el mundo, una suerte de eternidad que nada tendría que ver con la vida trascendente proclamada por algunas religiones. O quizá –añadiría yo, llevando ese argumento hasta el absurdo– haciendo realidad, por obra del hombre mismo y no por mano divina, esa eternidad que tales creencias proclaman. Robando, en suma, como Prometeo, el fuego a los dioses y convirtiendo al hombre en el artífice supremo de su destino, en el alfa y la omega del universo todo, liberado ya de toda dependencia de orden sacro.

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