tribuna abierta
¿Ser inmortal?
Pensé en el trastoque de valores que agitaría el mundo si pudiéramos optar por morir o, sencillamente, por seguir viviendo en él 'sine die', como diría el castizo, tan guapamente
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En un reciente programa de radio se le preguntó a un experto en viajes espaciales si había alguien en el mundo que se ocupara, no ya de los viajes reales protagonizados por los astronautas, sino de hipotéticos viajes mentales, de la simulación de posibles desplazamientos ... al espacio sin salir de los límites de una cabina inmóvil. La pregunta me pareció extraña y un tanto alambicada, y por ello esperaba una respuesta negativa del interlocutor. Mi sorpresa vino cuando éste contestó con la mayor naturalidad del mundo que sí, que, en efecto, eran muchos los científicos que hoy se estaban ocupando «de los estados de conciencia en el espacio», añadiendo, además, que tal cosa se hacía «pensando en la posibilidad de lograr la inmortalidad», habida cuenta que en el espacio las coordenadas temporales no eran las de la Tierra, y tal vez el hombre pudiese algún día hacer realidad el sueño de su permanencia en el mundo, una suerte de eternidad que nada tendría que ver con la vida trascendente proclamada por algunas religiones. O quizá –añadiría yo, llevando ese argumento hasta el absurdo– haciendo realidad, por obra del hombre mismo y no por mano divina, esa eternidad que tales creencias proclaman. Robando, en suma, como Prometeo, el fuego a los dioses y convirtiendo al hombre en el artífice supremo de su destino, en el alfa y la omega del universo todo, liberado ya de toda dependencia de orden sacro.
Dejándome llevar por esta figuración –conseguir la inmortalidad por obra y gracia de la tecnología– pensé en el trastoque de valores que agitaría el mundo si algún día pudiéramos optar por morir o, sencillamente, por seguir viviendo en él 'sine die', como diría el castizo, tan guapamente. Y me acordé de los desgraciados siervos de la gleba de tiempos medievales, cuyo único consuelo para sobrellevar sus desgracias era pensar que, a la postre, la muerte compensaría sus cuitas igualando a ricos y pobres, a altos dignatarios y a tristes víctimas del abuso feudal, ya «que a papas, emperadores y prelados / así los trata la muerte / como a los pobres pastores de ganado». La muerte era entonces, como proclama Manrique y sigue siendo hoy, una auténtica vía de igualación póstuma, el remedio que evitaba lo que hubiese sido el colmo de la injusticia cósmica , a saber, que sólo los poderosos y los ricos pudiesen traspasar con su dinero o con su poder la puerta de la inmortalidad. Los profesores de Literatura nos quedaríamos sin la poética de la muerte, ese dramático 'memento mori' que movió a tantas plumas del Medievo y alimentó los sonetos morales de don Francisco de Quevedo, los esperpentos de Valle y las tragedias rurales de Lorca. Tampoco Juan Ramón nos hubiera seducido con sus 'ansias de eternidad', ese impulso esencial que elevó la poesía del moguereño a los más altos cielos del espíritu. Pudiendo optar por ser inmortales a la carta, para qué afanarse en anhelos más o menos místicos.
Pero esa injusticia cósmica que rompería el poder nivelador de la muerte en el mundo del futuro –ya que nosotros, por fortuna, no nos veremos todavía en esa tesitura– provocaría entre los mortales una contienda de tales dimensiones que ríanse ustedes de todas las guerras y revoluciones conocidas hasta ahora. Porque ser inmortal no sería cosa tan fácil, sino el producto de una tecnología puntera de alto coste a la que no todo el mundo podría acceder. Otra vez, como en tiempos medievales, las diferencias en la pirámide social, pero esta vez sin el consuelo de compartir con los de arriba un mismo final que permitiera rumiar en vida pequeñas o grandes venganzas del destino.
En la economía de libre mercado –pues no hay otra que asegure el verdadero progreso de los pueblos– la inmortalidad costaría muy cara. Imaginemos, entonces, las intrigas y zancadillas, los recelos y arbitrariedades, las ansias por quedar inscritos en el grupo de los escogidos para no morir. El orden social convertido en un caos infernal, en un pandemónium en el que cada uno pugnaría a todas horas por llegar a esa tranquilizadora meta. Una meta siempre azarosa, sin garantías de perdurabilidad, que se podría alejar de pronto por un simple cambio de fortuna. Un horror insoportable, una fuente de millones de neurosis. Nadie dormiría tranquilo sabiendo que el vecino de arriba tiene posibles para ser inmortal y uno en cambio tendría que resignarse a convivir toda su vida con la idea de su muerte. La compulsión por zafarse de tan trágico veredicto haría a la gente hosca y amargada, mirando de reojo y odiando al afortunado que se quedará en el mundo mientras él apechuga con despedirse de él si no consigue encontrar el modo de granjearse un pasaporte para la eternidad.
Decididamente, no me parece que ser inmortales vaya a acarrearnos demasiadas ventajas. Tal vez pudiésemos buscarnos el modo de estar en la lista de los elegidos. Pero a cambio habríamos de soportar ¡ y por toda la eternidad! la mirada torva de nuestros sucesivos y mortales vecinos de escalera.
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