OPINIÓN

La red

En España esa red, la han tejido, lo que muchos llaman la «opinión sincronizada»

El verano suele pedir, sin decirlo, a los que escribimos artículos de opinión que abandonemos la esgrima habitual de crítica a la actualidad y la sustituyamos por construir con nuestras palabras castillos en la arena que recuerden a la infancia, al mar y a los ... largos atardeceres de los meses más calurosos del año. Y es que, la rueda de la actualidad estos meses suele ir más lenta.

Efectivamente, uno de los símbolos más veraniegos es el mar o el océano. Un lujo que durante el año completo solo disfrutamos unos pocos, aquellos residentes en zonas costeras, pero que en verano suele «democratizarse» y llegar a casi todos.

Es en verano también, paseando por la playa o por el puerto municipal cuando muchos se fijan en la labor de los «hombres del mar». Esos que de Galicia a Cádiz, de Valencia a las Islas Baleares o del País Vasco a Málaga faenan entre las olas para que podamos comer todo tipo de pescado fresco. Pescado que atrapan con sus redes, esas que vemos amontonadas cuando cae el sol y el olor a bajamar nos invade.

Mirando a esas redes que atrapan a los peces, no es difícil verse identificados con ellos. Porque muchas veces, también nosotros estamos atrapados en una red. Y no solo por la dependencia digital que hemos generado de las redes sociales, que también, sino porque muchas de las decisiones que tomamos, de las tendencias y modas que seguimos, parece que vienen acotadas por una red de las que no podemos salir. Como peces recién pescados.

En muchas de esas situaciones y decisiones, sobre todo en el último tiempo, ha sido la ideología de izquierdas, concretamente lo que hoy se denomina «lo woke», quien ha tejido con inteligencia y tesón una robusta red que nos limita.

Una red que cancela, en muchas ocasiones, el pensamiento discrepante y que cada vez se cierra más. Una red que revisa el pasado y lo intenta asfixiar para que desaparezca. Y muchos de los que están dentro de la red han decidido ser felices en ella, amoldarse a su forma y no salir. En España esa red la han tejido lo que muchos llaman el equipo de «opinión sincronizada». Es decir, multitud de opinadores y personajes mediáticos en la sociedad que, de manera coordinada, casualmente, defienden cada posición y decisión que favorece al Gobierno de Sánchez y puede perjudicar al principal partido de la oposición.

Porque, salvo excepciones, en cada tema que queremos discrepar contra el Gobierno, normalmente, nos vemos atrapados en esa red: con la mayoría de la prensa en contra, los valores culturales trabajados a través del entretenimiento en contra y, por supuesto, multitud de estudios, informes, y asociaciones que, también, casualmente, están en contra. Incluso, a veces, algunas empresas a las que, en teoría, el Gobierno perjudica, también están en contra. En contra de la lógica y la razón. Por eso, es un tiempo en el que, con la presión que ejerce la red, es difícil respirar y pensar con el suficiente oxígeno que haga que las ideas fluyan con claridad.

Sin embargo, ya sabemos qué puede ocurrir cuando algo se llena por encima de sus posibilidades: que puede colapsar. La avaricia rompe el saco, y eso está empezando a pasar. La reacción a la presión que ejerce esa red en la que, a veces, nos vemos atrapados, está haciendo que la red empiece a romperse con una fuerza bruta de sentido opuesto. Y es que, la reacción de la política europea a esa red, está experimentando esa fuerza descontrolada.

Eso, en el fondo, tampoco es bueno. Porque si la red, aunque sea mala, se rompe, no sabemos dónde caeremos. Y el golpe, tras la caída, puede ser casi tan malo como acabar asfixiados dentro de ella.

Por eso, la única manera de volver a nadar libres es ir descosiendo y deshaciendo cada nudo, con eficacia pero también con cuidado de no hacer agujeros innecesarios. Con el cuidado y la eficacia que los hombres del mar nos demuestran cada vez que, en una tarde de verano, los vemos volver de faenar.

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