Francisco apaolaza

Un país de niños

Para ser una nación tan vieja, España está tardando en sentar la cabeza

El Congreso de los Diputados ha apoyado que los españoles tengan derecho a voto desde los 16 años y yo, que siempre llego tarde, todavía me planteo si deberían de darles el permiso a algunos de 35. Los cuarenta son los nuevos treinta, pero los sesenta a veces son los nuevos once. En un futuro se dará la circunstancia de que los menores españoles puedan abortar y decidir quién quieren que gobierne el país, pero no podrán comprarse una litrona.

En el programa de Gemma Nierga hablaban del cantante Lukas Graham, que ha compuesto una canción sobre cómo era su vida con siete años y cómo sería con sesenta. Los tertulianos se admiraban que «un chico de esa edad tuviera esa capacidad de evocar el futuro y el pasado», ¡y eso que el chaval tenía 26 años! Legalmente podría llevar dos guerras combatidas, pero para los contertulios seguía siendo un niño.

España siempre fue la madre patria y nosotros, los mimados. «El crío, que no encuentra trabajo», escuché decir a una madre de su hijo, que tenía 30 años, unas espaldas como un castillo para cargar sacos de cemento y dedicaba su vida a pulirse en copas lo que mamá ganaba fregando portales de sol a sol. «Es un niño». El desalmado.

Para ser una nación tan vieja, España está tardando en sentar la cabeza. No es cainismo, es que los niños de otros países del mundo me han respondido con más asiento que los adultos en España. En París, tras los ataques de noviembre, me encontré a un mocoso que me habló de la diferencia entre suníes y chiíes, y allí, entre el mar de velas y banderas de La République, otro se preguntaba porqué no había flores por los muertos en el avión ruso derribado en Egipto.

Hay países ahí fuera en los que cuando les preguntas a las personas por un asunto, algunos declinan una respuesta porque aún no se han formado «un juicio crítico». No se lo van a creer, pero existen lugares en los que los ciudadanos se levantan, se informan y piensan cosas sobre lo que sucede en su entorno y que entonces deciden a partir de una opinión formada y no un libro de Belén Esteban. Frente a la sala Bataclan, al día siguiente del ataque entrevisté a una secretaria que, preguntada sobre el fortalecimiento de los bombardeos franceses en Siria (los aviones despegaban en ese momento), me respondió que como pacifista nunca hubiera tomado esa decisión, pero que admitía que en ese momento no tenía otra mejor, así que apoyaba la respuesta armada del presidente Hollande, y a mí se me cayeron los lagrimones de envidia. Al día siguiente del tiroteo, mientras el Gobierno francés invitaba a los ‘citoyens’ a permanecer en su casa, un padre con su hijo de la mano me contó ante la puerta fusilada de Le Carrillon que lo había traído hasta allí porque habían pensado y hablado sobre el asunto y habían decidido juntos que esa era su manera de estar en el mundo. En Bruselas, la tarde tras los atentados salieron a gritar a la calle a sabiendas de que podían salir volando en pedazos y en ese momento en España, el ministro del Interior aseguraba que «no se puede lanzar un mensaje de alarma a la población». Como si la población fuera un bebé. Quizás lo sea.

Comentarios
0
Comparte esta noticia por correo electrónico

*Campos obligatorios

Algunos campos contienen errores

Tu mensaje se ha enviado con éxito

Reporta un error en esta noticia

*Campos obligatorios

Algunos campos contienen errores

Tu mensaje se ha enviado con éxito

Muchas gracias por tu participación