Francisco Apaolaza
Nosotros
El dialectólogo español Manuel Alvar dijo que «La lengua es nuestra morada vital», pues nos hace y «en ella nos hacemos»
El dialectólogo español Manuel Alvar dijo que «La lengua es nuestra morada vital», pues nos hace y «en ella nos hacemos». Cada palabra es un mundo concreto. Todos es susceptible de crecer, salvo las palabras, que cuanto más se ensanchan, más se vacían. Cuanto más estrechas y precisas, mejor funcionan; al revés que el dinero. La política es especialista en dar de sí y encoger palabras, en deshacerlas como un jersey en una lavadora. Podemos tomar cualquier palabra –libertad, nuevo, crisis, cohesión, terrorismo, ayuda, prudencia, deber, chuches, casta–, pasarla un par de veces por el discurso de un político y queda que no la reconoce ni su madre.
Por ejemplo: nosotros. Pronombre personal usado a veces por error en referencia a ‘todos’. Es tú y yo, o yo y ellos. Nosotros es un billete excluyente en el que no cabemos el común de los humanos, pues siempre falta alguien: tú, vosotros o ellos. En esto, hay gente que se equivoca, pues piensa que nosotros somos todos, y no. Ojalá. Ni siquiera los humanos somos nosotros del todo, pues salvo prueba científica, faltan ellos, los otros. Este asunto nuestro viene bien para definir las posturas sobre los asuntos internacionales que a Occidente nos tienen ante el paredón de lo que hemos hecho y de lo que no hacemos.
Hay gente que todavía sigue creyendo que los amenazados por la yihad no somos nosotros, o ellos, pues siempre hay otros que hicieron algo: los españoles muertos por entrar España en Irak, los franceses por bombardear Francia en Siria, etc. Siempre hay alguien que piensa que los otros son los que tienen la diana en la frente: el Guardia Civil de Intxaurrondo, el concejal del PP, el gringo capitalista y el ‘cochino imperialismo’ de las Torres Gemelas y, últimamente, el descarado caricaturista de Mahoma, el poli al que rematan en una acera o el simple judío que iba al supermercado. En esto, nosotros contiene la línea fina de la culpa que dibuja los límites de los que viven seguros, de los que son inocentes. Esta es una frontera que se mueve y las gentes pasan de un lado a otro de la muga sin darse cuenta hasta el momento en el que alguien ametralla una sala de fiestas llena hasta las trancas de esos nosotros que creían no haber hecho nada. Hay gente a la que le tranquiliza escuchar a Mariano Rajoy amansar votantes antes de las elecciones con un «podemos estar tranquilos» en su versión más sagaz de Hercules Poirot. Son esos.
También leo gente que no entiende que nosotros somos los que estamos a este lado de las pistolas. Hay gente que piensa que siempre es inocente, y estos se equivocan como los que creen que en realidad somos los culpables de todo. Otros creen que nosotros rezamos a un dios y los otros a otro. Y se equivocan también con unos y con otros. Hay gente que no sabe quiénes somos nosotros y tampoco quiénes son ellos. Tampoco tienen claro en qué parte de la línea están sus hijos, si están con nosotros o están con ellos, y si ellos lo van a tener en cuenta cuando sigan ametrallando. En esto, las ráfagas de balas definen con efectividad las posturas. Si estabas en Bataclán, eras de los nuestros. ¡Los nuestros! Deberíamos saber en qué bando estamos, si con ellos o con los nuestros. No es tan complicado.