Miguel Ángel Sastre
La Semana de la Arquitectura
El modo en el que habitamos, trabajamos y pasamos nuestro ocio o el paisaje artificial de nuestras ciudades son elementos que dependen de la acción de un arquitecto

Siguiendo con conmemoraciones de días señalados, el primero de octubre se celebró el ‘Día Mundial de la Arquitectura’. Fruto de esto, muchos organismos organizan a lo largo de esta semana actividades para difundir los valores y la importancia de esta rama del conocimiento. Conferencias, exposiciones ... y visitas a edificios marcan la agenda cultural de ciudades como Madrid, Sevilla o Valencia.
Decía Le Corbusier, arquitecto suizo que marcó la forma de entender el movimiento moderno y de cuyo estilo beben multitud de arquitectos en la actualidad, que la música y la arquitectura compartían el ser disciplinas capaces de poner orden en el caos existente en el universo. Mientras la música ordenaba el caos sonoro, la arquitectura lo hacía con nuestra manera de vivir.
Sea cierto o no, no hay duda de que la arquitectura decanta nuestro día a día. El modo en el que habitamos, trabajamos y pasamos nuestro ocio o el paisaje artificial de nuestras ciudades son elementos que dependen de la acción de un arquitecto. Por supuesto, el trazado de nuestras calles, parques y plazas también es consecuencia de lo anterior.
Por eso, es llamativo ver cómo la influencia de los arquitectos en la sociedad no pasa por su mejor momento. A pesar de que muchos jóvenes aún deciden apostar por esta carrera, sin importarles el esfuerzo titánico aparejado y las escasas salidas laborales de calidad, la gran mayoría de los mortales muestra escaso interés por esta disciplina. Igualmente, aunque muchos se asombren con la belleza de ciertos elementos arquitectónicos, se considera, con frecuencia, a lo arquitectos, seres poco prácticos, excéntricos, soberbios y alejados de la realidad.
Una imagen que, en parte, es provocada por la manera de enseñar, a veces, en las escuelas de arquitectura. Un lugar donde el ego de algunos arquitectos, habitualmente, docentes poco didácticos y nada empáticos con sus alumnos, ensombrece la labor de aquellos que sí saben transmitir conocimiento. Escuelas en las que se suele proporcionar una enseñanza que tiene aspectos positivos: apuesta por lo práctico frente a lo teórico, fomento del trabajo en equipo y de la cultura del esfuerzo y multidisciplinariedad de conocimientos.
Sin embargo, quien dedica, como mínimo, seis años de su vida a habilitarse como arquitecto sufre las carencias habituales de la educación española. Una formación excesivamente homogénea que no fomenta perfiles personales y prepara, por lo general, solo un tipo de arquitecto: el asalariado con alto manejo del diseño gráfico y la producción informática. Sufre también la carencia de nociones básicas que fomenten el espíritu emprendedor, así como el conocimiento del día a día de la profesión. Pocas escuelas de arquitectura enseñan al alumno a pedir una licencia, a bregar con la administración, con un promotor o con los encargados de una obra. Casi ninguna escuela enseña a captar clientes.
Si a esos sumamos el desgaste mental de los alumnos durante los años de carrera y los comentarios despectivos de ciertos docentes sobre otras salidas alternativas como opositar o trabajar para organismos haciendo algo diferente a lo aceptado socialmente en ese mundillo, tenemos un cóctel perfecto para hacer que la sociedad pierda, paulatinamente, el interés por lo que hacen los arquitectos.
La arquitectura es, sin duda, esencial para comprender y organizar el mundo en el que vivimos. Sabe emocionarnos y cambiar nuestro estado de ánimo como, efectivamente, hace la música. La arquitectura son cuadros en los que se puede habitar y esculturas de tamaño gigante. La arquitectura es una de las disciplinas más bellas que existen y de las profesiones más apasionantes que alguien puede desarrollar.
Ojalá esta semana sirva para acercarla a la sociedad, para hacerla tangible, práctica y útil. Ojalá esta semana, no se quede, únicamente, en mesas de arquitectos halagando soluciones imposibles y diciéndose entre ellos mismos lo maravillosos que son. Porque entonces, servirá de poco.