Esteban Goti Bueno
Lo específico de Cádiz
Agradezco al viento de Poniente el fresquito que alivia la fatiga del verano, y al de Levante que haya frenado el arrebato constructivo, o destructivo, que ha asolado la Costa del Sol

Cádiz y su provincia, probablemente una de las mejores tierras de España. Es única, aunque forme parte de la gran Andalucía, aun compartiendo la común denominación de sur peninsular. El paisaje gaditano tiene una gran variedad que se expresa con sus marismas, los campos ondulados, ... lomas, montañas, gargantas, y, por supuesto, el mar. Aguas oceánicas que, entre bahías, ensenadas y playas, otorgan la calma que tantas veces necesita el corazón.
Sí, es verdad, muchas tierras hay en este país que tienen cosas semejantes, pero no las mismas. Ni más ni menos en realidad, y, sin embargo, incomparable en el alma de quien siente dentro a Cádiz. La primera vez que percibí la paz reinante en el campo gaditano fue al paso de Vejer. Las últimas horas del día doraban las faldas de los campos de cultivo con sus pequeños fardos de hierba seca.
En otra ocasión, tomé el jarabe gaditano paseando entre las playas de Conil y El Palmar, por Castilnovo donde el sol y la brisa arrancaban de mí la pesadumbre. No crean que si no relato aquí todos los momentos que guardo en mi memoria es por que son flacos en número, al contrario, es por ir al grano en la defensa de esta tierra.
Miren, yo creo que hay una forma de edificar en Cádiz, suave, adintelada, de poca altura; un color característico en sus casas, el blanco; un ambiente, la amistad; y una naturaleza de muchos verdes, oro estival y azul en el mar y los cielos.
Agradezco al viento de Poniente el fresquito que alivia la fatiga del verano, y al de Levante que haya frenado el arrebato constructivo, o destructivo, que ha asolado la Costa del Sol y otros litorales. Así las cosas, me produce gran preocupación el último proyecto urbanístico para la Loma del Següesal, que se extiende entre Barbate y Vejer, en ese mismo lugar por el que tantas veces me pregunto qué sendero tomar para conocer lo que desde la carretera no veo ¡Fíjense si no habremos atravesado lugares de este país, cuyos nombres no concuerdan con lo observable! Piensen en topónimos que incluyen la palabra ‘pinar’ o ‘pinatar’, ‘olivar’, ‘del monte’, y, por el contrario, nada de eso se nos presenta a los ojos.
Parece que esos pinos, olivos o montes han quedado sepultados por urbanizaciones o aplanamientos del terreno. Ciertamente, el cuidado del medio físico no radica en la imposibilidad total de llevar adelante construcciones sobre él, sino la virtud de no agredirlo aportándole una esencia que no es la suya ¡Qué quieren que les diga! La idea de que en el Següesal vaya a construirse una población ‘ex novo’, a la que sólo le falta su acta de independencia, me genera una profunda tristeza.
Cádiz hasta ahora ha sido cosa distinta de lo que se ha hecho en su vecina geografía oriental. Y es verdad que ya vamos tarde en algunos puntos, pues no tiene nombre la entrada oeste a Tarifa cuyo aspecto es abrumador, los bloques de La Línea, la zona de ensanche de Puerto Real, o bien, entre otros casos, la sustitución de las casas familiares que Cádiz tenía desde la playa de Santa María hasta Cortadura, por esas torres que no dejan adivinar la belleza de la capital.
El proyecto del Següesal implica la construcción de abundantes apartamentos, plazas hoteleras, viviendas, centro comercial, campo de golf y un centro educativo, elemento que, por cierto, nunca sobra. Algunas críticas apuntan al carácter privado de estas edificaciones, pero para mí éste no es el problema. El ámbito público parecería investido de la autoridad exclusiva de construir, y, cuando lo hace, tiende bastante a lo desnudo, lo cúbico y, a veces, lo mastodóntico. Así que la iniciativa privada no es el problema, sino la pérdida del entorno vegetal y animal que se deriva del proyecto, y que contribuye al deterioro del encanto propio de la provincia. Quiero ser aún más claro: solicito la paralización de este proyecto.
No puedo separar la crítica del plan sobre el Següesal del miedo que albergo sobre el cuidado de las poblaciones de la costa de Cádiz. Francamente animo a los ayuntamientos a conservar sus cascos antiguos, a incardinar sus ensanches en el estilo tradicional de aquéllos, a cuidar el encuentro entre el territorio poblado, sus espacios de esparcimiento y la naturaleza propia de las playas y los campos adyacentes. De no ser así, en el futuro será difícil escribir con agrado aquello con lo que he comenzado: Cádiz y su provincia, probablemente una de las mejores tierras de España.