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La canina de una Sevilla en los huesos
El episodio de los huesos del osario abandonado es buen prólogo para una reinterpretación laica del Santo Entierro Grande
La precampaña en Sevilla ha entrado en punto muerto. Literalmente. El episodio de la denuncia del PP sobre el abandono del cementerio podría inspirar a otro Valdés Leal para ampliar la galería de los lienzos de la Santa Caridad cuyos muros se desconchan sin que ... la muy sensible ciudad se inmute, ni la Junta revise la obra de las Atarazanas de forma preventiva. Futuro a costa del pasado, un clásico sevillano.
Entre los huesos abandonados en un osario y la falta de proyectos por inaugurar tras un mandato inane la conclusión es clara: Sevilla está canina. Por eso tienen mucho mérito los que se presentan a la Alcaldía con ánimo de revivir a este muerto que sigue de parranda, con registros turísticos históricos y escasos efectivos policiales que piden ayuda a las cofradías para que se encomienden a Dios y a la seguridad privada si quieren salir en el Santo Entierro Grande, magna procesión y colofón representativo de las ínfulas de la ciudad que no ha dejado de ser aquella de la peste en la que se descargaba por toneladas el oro de las Indias.
El osario de los huesos esparcidos advierte 'in ictu oculi' del fin de la gloria que nos cuentan de nuestro sevillano mundo. Desde hace más de una década ninguna Corporación ha tenido la sensibilidad de taparlo como Dios manda después de que se viniera abajo su cubierta. Y allí están las calaveras con sus cuencas bien abiertas esperando que alguien decida invertir cuatro duros en techar la última morada de los sevillanos que allí están, por muy anónima que sea ya su masa ósea. Si al menos tuvieran ideología; pero no, sólo son sevillanos, sujetos pasivos, que dejaron de pagar impuestos. ¿Quién va a gastar en muertos sin nombre ni voto en una ciudad canina?
Una semana de denuncia y réplicas del Gobierno y la oposición sobre el osario desvela esa enfermedad de la ciudad que no da más de sí, bipolar, pletórica y dejada a su inercia.
La capital de ese osario, de las pintadas, la basura, los orines; la de los barrios más pobres y los hoteles de lujo; la de los mil eventos y los pocos policías... ofrecerá en pocos días al mundo algo tan sublime como su Semana Santa. Su esplendor dejará boquiabierto al visitante que ya estaba admirado por la belleza intrínseca de la ciudad. Así es Sevilla, extrema, brillante y decadente, superlativa y provinciana, impasible y seguramente ingobernable.
El episodio de los huesos abandonados a su suerte es buen prólogo para una reinterpretación laica de ese cortejo de las vanidades de Sevilla que será su Santo Entierro Grande. Tras el oropel, las varas, las mazas y medallas de las corporaciones y autoridades desfilará el paso simbólico de la canina, representación de la propia ciudad proclamando: «qué jartita me tenéis».
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