OPINIÓN
El triste destino de las guerras
No es posible impedir que las constantes codicias de ajenos a nuestras tierras, nos intenten robar lo que la geografía nos ha regalado
Las familias lloraban sin cesar. La pedida de miembros y parientes cercanos era una catarata de sangre mortal imparable, que les cortaba el aliento y la ilusión de vivir. Ninguna madre merece que el fruto de sus entrañas, muera. La naturaleza llama a su progenie ... y es incapaz de escoger o elegir donde nacer y donde vivir. No hay ningún niño capaz de explicar por qué se suceden tantos bombazos, estruendos y fuegos, destruyendo sus casas. Ninguno de ellos entiende las grandes caminatas, buscando entre el polvo y los quemados escombros, un sitio donde descansar y poder comer. Ellos nunca habían pedido venir a estos inhóspitos y peligrosos territorios, ni ser escudos de nadie. Victimas de otras voluntades, sufren lo indecible para perseguir un futuro posible. ¿Cómo entender en este mundo las contradicciones de vida?
En algunos sitios nacer, es el producto necesario para formar una gran tribu, que solo genera brazos para defenderla. Incluso en los mayores límites resguardarse de las propiedades de la historia para poder sobrevivir. Ninguna tierra pertenece a nadie, pero una vez habitada, surge el derecho a mantenerla, si se ha trabajado y vivido. Los pueblos nacen, crecen y se adaptan a sus propios suelos, generando la necesidad de poseerlos para siempre. Los cambios por conquistas o situaciones de fuerza, descolocan a las tribus y las hacen más belicosas e iracundas, porque solo defienden el lugar donde han nacido. Es un derecho natural a ser de y estar allí. El mundo transita siempre en las envidias por otras necesidades de terceros, que invaden nuestras existencias y las vencen, hasta morir matando.
El mundo contemporáneo cambió sus objetivos por el descubrimiento de gases y petróleos. Antes las guerras lo eran por hierro, cobre u oro. Siempre, las avaricias de disponer de recursos han soliviantado las fronteras de los mapas. No es posible impedir que las constantes codicias de ajenos a nuestras tierras, nos intenten robar lo que la geografía nos ha regalado. Eso no acabará nunca, y hay que partir de esa casilla de salida en las carreras vitales. Groucho Marx decía que: «Inteligencia militar es una contradicción de términos». Los desequilibrios que se establecen, no desde el entendimiento de comercios y trueques de bienes, porque tú tienes lo que yo necesito y te lo compro negociando sus valores, sino desde la imposición bélica, lo trastoca todo. Cuándo se utiliza la fuerza irracional de las armas, se pierde la Humanidad, y solo se avanza en las dislocadas ruedas de la guerra. Nunca un conflicto es la solución, ni siquiera eso que dijo el romano Publio Flavio Vegecio de: «Si quieres la paz prepárate para la guerra». Eso es una claudicación de los débiles, para seguir venciendo la irracionalidad externa.
No sabemos cuándo pararan las guerras cercanas y lejanas, pero si hay que vivir en un mundo de desesperanza, no podemos bajarnos de él, habrá que cambiarlo. Bueno, llevamos haciéndolo siglos, sin remisión. Sean quienes sean las mayorías, bien la ONU; la OTAN; el casi extinto de Varsovia; la OCS; la SEATO; etc., o las coaliciones que deben estar para mantener la paz, (todas armadas hasta las muelas, como dijo Vegecio), nos hacen creer cándidamente que no es posible otro planteamiento. Debemos inexcusablemente entendernos desde el progreso de los respetos a las vidas y consensos de lugares, y no desde la impunidad de los genocidios. Yo, entretanto, como en Núremberg, espero que a cada cerdo le llegue su San Martin, y a algunos, lo coman o no, regresen a su ser humano. Paz y Salud.
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