SIN ACRITUD
El espejo de su alma
El marcado bruxismo de Sánchez, sus gestos, nos dejan ver sus inseguridades; sin embargo, lo peligroso es que son sus actos los que denotan su mediocridad
No soy dentista. Ni psicólogo. Si me dedicara a arreglar bocas afirmaría rotundamente que Pedro Sánchez tiene un problema serio de bruxismo. Ya sabe, ese apretar de dientes que le marca la mandíbula como si fuera a estallar. Y si me dedicara a ordenar ... cabezas por dentro aseguraría aquí y ahora –con mucho empaque y convicción– que una persona que padece tal trastorno de forma tan evidente denota una personalidad agresiva y competitiva. La cual le provoca estrés, frustración, ira y ansiedad siempre que no le salen las cosas exactamente como quiere. Que son muchas. Ambos diagnósticos los emitiría sin temor a equivocarme, avalado por un título universitario y años de experiencia. Pero soy un simple ciudadano de a pie. Observador, eso sí. Y lo máximo que puedo hacer es limitarme a opinar –sin la más mínima base científica– que Pedro Sánchez tiene un grave problema de bruxismo. Gravísimo. Ese es mi diagnóstico. Sin temor a equivocarme. Observador que es uno, ya le digo. Concretamente bruxismo diurno. Para el nocturno me faltan datos, afortunadamente. Y cada vez que algo no le encaja, le incomoda o le desagrada, aprieta los dientes cosa mala. Tan mala como la ira, la frustración, la incomodidad o la tensión que experimenta y que no puede evitar. Nuestro presidente del Gobierno es una persona ambiciosa, pero insegura. Carece de un liderazgo natural. Hasta en la forma de andar se le nota. Para ejercerlo necesita una cohorte de asesores/aduladores que le den el trabajo hecho. Que le pongan todo por delante para que él, básicamente, luzca palmito. Es simple imagen sin ningún fondo. Casi un monigote que, de no ser por ese pronunciado apretar de dientes, diríamos que ni siente ni padece. Pero sí lo hace. La cara es el espejo del alma. No es necesaria una licenciatura en psicología para saberlo. Y el rostro de Pedro Sánchez, tantas y tantas veces, ha dejado entrever esa incomodidad cuando algo no ha salido según el guión perfectamente organizado por los suyos en cualquier debate. O en cualquier acto en el que ha sido abucheado. El último, el del miércoles en el desfile del Día de la Fiesta Nacional.
Y un líder así es un peligro. Es imposible que genere confianza. Ni siquiera entre los suyos, que le siguen más por temor que por fe en él. Mucho se ha escrito y hablado del tacticismo político de este PSOE. De cómo miden todas y cada una de sus decisiones con el único baremo del electoralismo. Lo que es lo mismo que decir populismo. No ya porque esté condicionado por sus socios de ultraizquierda o separatistas. Son los propios socialistas, con Sánchez a la cabeza, los que están llevando a España a la ruina. Sin necesidad de ayuda. De ahí que cada día tengan a más gente en contra. De ahí que el presidente cada vez apriete más los dientes. Y nosotros, la clase media trabajadora que tanto dice defender, pagando las consecuencias de sus frustraciones. De sus miedos. Pero sobre todo, –y ahí le delatan sus actos y no sus gestos– de su mediocridad.
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