Tribuna

Los tsunamis y las Danas: reflexiones de un ingeniero

En realidad, dejémonos de cálculos estadísticos y de 'marear la perdiz'

Gregorio Gómez Pina

Dr. Ingeniero de Caminos, Canales y Puertos

Este 1 de noviembre, como hago todos los años, volví a escribir un artículo sobre el tema de los tsunamis, para mantener, al menos por mi parte, un recordatorio del maremoto de Cádiz de 1755. Cuando lo envié al periódico para su publicación acababa de desarrollarse la DANA en Valencia, y en ese día de 'Tosantos' y posteriores se mezclaron en mi pensamiento una serie de sentimientos intensos de tristeza y rabia, que, tras dejarlos posar un poco, me han llevado a escribir este artículo. Vaya por delante mi profunda consternación hacia las poblaciones que han sufrido esta tremenda catástrofe y, sobre todo, hacia los fallecidos y sus familias. No es mi intención aquí el analizar las consecuencias de esta DANA y la gestión llevada a cabo por las administraciones competentes antes y durante la catástrofe, sino el hacer un análisis comparativo de cómo son estos dos fenómenos naturales tan dañinos, vistos por un ingeniero, para finalmente sacar conclusiones que nos puedan ser útiles a efectos de evitar pérdidas de vidas humanas.

El origen de estos dos fenómenos es bien diferente. Centrándonos en nuestras costas, lo más común es que se produzca un tsunami por efecto de un terremoto submarino, que debe de ser de grado superior a 6,5 (el de Lisboa de 1875 fue de 8,5 grados). Las DANAS (o conocidas 'gotas frías'), se originan por una masa de aire frío que queda aislada y circula a gran altitud y que, al chocar con el aire más cálido y húmedo del mar, origina fuertes tormentas. Con respecto a la climatología, los tsunamis pueden presentarse en cualquier momento, con un tiempo estupendo. Las DANAS, sin embargo, sí dependen de la climatología y están siempre asociadas al mal tiempo (lluvias y tormentas). A diferencia de los tsunamis, tienen un margen de uno o dos días para que se desarrollen completamente. La peligrosidad de ambos fenómenos es enorme y está claramente asociada a la fuerza del agua circulando, que arrastra todo lo que encuentra a su paso: personas, coches, todo tipo de estructuras, inunda casas, garajes, produce roturas de puentes, carreteras, líneas ferroviarias… Si me permiten resumirlo en dos palabras, estas serían: devastación y muertes. Considerando que lo sucedido con la reciente DANA de Valencia ha sido la mayor catástrofe de este tipo en España, y sin ánimo de disminuir su peligrosidad ni un ápice, su resultado en cuanto a devastación y muertes no es comparable con el de los tsunamis. Sirva un ejemplo los dos últimos más importantes de la era moderna: el del Índico de 2004 (275.000 muertos y 45.000 desaparecidos) y el de Japón de 2010 (20.000 muertos y 2.500 desaparecidos), sin entrar en detalles de otros acaecidos en la antigüedad.

Atendiendo a sus probabilidades de presentación, afortunadamente, la de un tsunami en el Golfo de Cádiz, como el de 1755, es muy baja. No existen datos de eventos similares, que estadísticamente nos permitan calcular esa probabilidad o su «periodo de retorno». En realidad, dejémonos de cálculos estadísticos y de «marear la perdiz». ¡Lo que hay que hacer es estar preparados!, ¡Sí o Sí! Con las DANAS o 'gotas frías', ¡qué quiere que les diga!, no hay que hacer números, y menos en el Mediterráneo, y son además cada vez más frecuentes. En relación con los organismos encargados del envío de alertas iniciales, para los maremotos le corresponde al Instituto Geográfico Nacional (IGN), a través del Sistema Nacional de Alerta de Maremotos (SINAM). Si la Red Sísmica Nacional (IGN) detecta un terremoto de grado 7 o superior, enviaría al SINAM los potenciales puntos de impacto y tiempos de arribo en la costa del posible maremoto, para que emitiera los primeros mensajes automáticos en menos de 5 minutos. En los minutos siguientes, el SINAM iría emitiendo boletines actualizados, con confirmación o cancelaciones del maremoto, siendo éste el único organismo autorizado para hacerlo. El aviso inicial llegaría por correo electrónico al Centro de Coordinación de Emergencias 112 (CECEM-112 Andalucía) y, a partir de ahí, se tendría que poner en marcha el Plan de Emergencia ante el Riesgo de Maremotos de Andalucía, que se aprobó en junio de 2023. Sabemos, además, por dicho plan, que se dispondría en general de entre 45 a 60 minutos para la llegada de las primeras olas, durante lo cual se deberían tener adoptadas las medidas de actuación oportunas para la protección de la población. Por el contrario, para las DANAS se dispone, comparativamente, de muchísimo más tiempo para alertar a las poblaciones, pues todo comienza con las predicciones de la AEMET, generalmente uno o dos días antes de que sucedan. Durante el desarrollo eminente de la DANA, intervienen diversos organismos encargados del envío de alertas, como las Confederaciones Hidrográficas y Protección Civil del Estado y de las Autonomías. Ello puede originar, como se ha visto en Valencia, más dificultad en la coordinación de los avisos de la emergencia.

Comparando la localización de los daños, los tsunamis se producen en regiones costeras diferentes y distantes, incluso a miles de kilómetros. Así, en Sri Lanka, el tsunami llegó 2 horas después del terremoto, causando unos 38.000 muertos, disponiéndose de un tiempo más que suficiente para haberse evitado, al menos, muchas pérdidas de vidas humanas. Por el contrario, las DANAS afectan, en general, a zonas relativamente cercanas. Conviene conocer los avisos de llegada inminente de estos dos fenómenos. En los tsunamis, lo más común es un retroceso continuo «extraño» del agua durante unos minutos, dejando ver peces, conchas, etc., así como una bajada de los mareógrafos de los puertos cercanos. En las DANAS, los avisos de los técnicos especializados de las Confederaciones Hidrográficas, con el programa SAIH de medición en tiempo real de los caudales, son fundamentales para conocer la llegada de la punta de la riada. En cuanto a la duración de la catástrofe, hay que saber que el terremoto submarino provoca en la superficie una onda circular que viaja en todas direcciones, siendo su altura muy pequeña en altamar (un barco no la sentiría), y que viaja a la velocidad de un jet. Su peligro está al acercarse a la costa, pues se deforma, convirtiéndose en una masa de agua de gran altura y longitud (de varios kilómetros) que viaja a la velocidad de una moto náutica. Esa gran masa de agua remonta sobre la costa con una descomunal capacidad de inundación, parecida a la rotura de una presa, convirtiéndose en un enorme río que arrasa todo lo que encuentra, tanto al subir como luego, al volver al mar. Pueden esperarse la llegada de otras olas, asociadas a varias réplicas del terremoto y a las reflexiones sobre las costas próximas. Como ejemplo, el maremoto de Cádiz, que duró unas dos horas y media según las crónicas y en el que vinieron seis olas, espaciadas entre 20 y 40 minutos. Vemos, por tanto, que la duración del tsunami en sí es muchísimo menor que la de una DANA.

Tras lo expuesto, podríamos decir que, ante un tsunami en Andalucía, la única forma de salvar vidas humanas sería la de tener completamente implantados y probados los llamados 'Planes Autonómicos Locales (PAL)', al estilo de cómo lo está haciendo el municipio costero de Chipiona, y siempre bajo la coordinación del 'Plan de Emergencia ante el Riesgo de Maremotos de Andalucía' (el único existente hasta ahora en España). Si se presentara un maremoto como el de 1755 o incluso menor, durante el verano en el Golfo de Cádiz, sin estar preparados, las consecuencias en cuanto a pérdidas de vidas humanas y destrucción, no sería comparable a lo sucedido con todas las DANAS en España, pudiendo alcanzar dimensiones catastróficas como las del Índico o Japón. Como ha dicho muchas veces el director del Instituto Español para la Reducción de los Desastres, José Antonio Aparicio Florido, 'La prevención nunca mató a nadie, la negligencia sí'.

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