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Pásalo

Pinchazos de vergüenza

Dentro de poco olvidaremos su actualidad, pero sus hijas e hijos serán menos libres y más intimidados

Felix Machuca

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SOLO el hecho de salir a la calle, en alegre connivencia con los otros miembros de la manada, con una jeringa en el bolsillo para pinchar con o sin química tóxica a la presa oportuna, levanta el estómago. No me hago a la situación. Me ... es imposible entenderla. Pero las cosas son así. Los notas se ponen de acuerdo para pasarlo bien, dejando fuera de combate a la chica o al chico que pasaba por allí o fastidiándole la noche con una visita al hospital. Esa es la razón final del juego en su versión más light, si es que este juego tiene versión light. La más dura lleva al abuso de la víctima, a la que se le ha robado la voluntad con un pinchazo que, de surtir efecto, te deja como si te hubiera pasado por encima una ganadería de trolls. En realidad, llevamos ya tiempo con el estómago levantado y la náusea a punto de nieve viendo y asumiendo sin más lo que se ve por las calles. Las cosas pasan y siguen pasando. Sin que se atisbe una reacción social a la altura del daño infringido, de la insoportable tiranía de unos niñatos que hacen lo que hacen para divertirse. La calle no es nuestra. La pagamos y la soportamos con severos impuestos municipales. Pero la calle es de ellos. De los que viven de reírse de los desavisados y de imponer la sumisión de su tiranía a base de miedo. Ese es el jueguecito…

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