Pásalo
Pinchazos de vergüenza
Dentro de poco olvidaremos su actualidad, pero sus hijas e hijos serán menos libres y más intimidados
SOLO el hecho de salir a la calle, en alegre connivencia con los otros miembros de la manada, con una jeringa en el bolsillo para pinchar con o sin química tóxica a la presa oportuna, levanta el estómago. No me hago a la situación. Me ... es imposible entenderla. Pero las cosas son así. Los notas se ponen de acuerdo para pasarlo bien, dejando fuera de combate a la chica o al chico que pasaba por allí o fastidiándole la noche con una visita al hospital. Esa es la razón final del juego en su versión más light, si es que este juego tiene versión light. La más dura lleva al abuso de la víctima, a la que se le ha robado la voluntad con un pinchazo que, de surtir efecto, te deja como si te hubiera pasado por encima una ganadería de trolls. En realidad, llevamos ya tiempo con el estómago levantado y la náusea a punto de nieve viendo y asumiendo sin más lo que se ve por las calles. Las cosas pasan y siguen pasando. Sin que se atisbe una reacción social a la altura del daño infringido, de la insoportable tiranía de unos niñatos que hacen lo que hacen para divertirse. La calle no es nuestra. La pagamos y la soportamos con severos impuestos municipales. Pero la calle es de ellos. De los que viven de reírse de los desavisados y de imponer la sumisión de su tiranía a base de miedo. Ese es el jueguecito…
El miedo, la inseguridad, la pérdida de libertad personal es un impuesto a pagar por sus hijas o sus hijos, que también hay muchachos víctimas de pinchazos, según los datos facilitados por la Junta este pasado martes. Esos datos arrojan un balance llamativo de pinchazos atendidos por el SAS: 96. La mayoría no tóxicos. Pero todos intimidatorios. Es un miedo compartido. El que se queda en casa esperando que a tu hija o a tu hijo no le ocurra nada indeseable. Y el que viaja con ellos bajo la fórmula de la inseguridad, la duda y la intimidación que hay que compartir con la natural necesidad de divertirse y socializar en la calle. Ese miedo parece que no es aún lo suficientemente clamoroso como para que, al margen de los protocolos sanitarios dictados por San Telmo, los pinchazos sean tomados como un auténtico ataque a la libertad personal y a la seguridad ciudadana. ¿A qué esperan? Quizás a que pase lo que nadie desea que pase. A que ocurra como en Íllora, que no tiene nada que ver con esto, va por otra ventanilla sangrante del edifico amoral que hemos levantado con educación laxa y valores de bucaneros, para que luego todos nos rasguemos las vestiduras y gimamos como plañideras romanas en el entierro de un aristócrata.
Dentro de poco, como ocurre con casi todos los fuegos informativos que el verano prende en unos medios necesitados de noticias, apenas le daremos la propina de unas líneas en un periódico o treinta segundos en una radio o televisión. Dentro de poco, quizás cuando otras parcelas informativas donde hay serios intereses en juego en complicidad con la política, el volcán de los pinchazos irá perdiendo su sitio y su interés, pero no las consecuencias sociales, penales y morales de su ralea. Nos olvidaremos de los pinchazos de los juegos de los niñatos y de la fácil impunidad que disfrutan. Para convertirnos en rehenes de la sumisión golfa. Pero las consecuencias seguirán siendo las que hoy sufren sus hijas e hijos cuando salen a reunirse con los amigos: esa sensación real de que son menos libres y están más intimidados…
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