editorial
Las grietas de Zelenski
La percepción global en torno a la guerra ha cambiado. La nueva distensión entre China y EE.UU. y la duración de la crisis auguran un cierto aislamiento del presidente ucraniano

El episodio de los misiles que alcanzaron el este de Polonia provocando la muerte de dos personas ha sido el primero en meses de guerra en que el presidente ucraniano ha quedado aislado de sus aliados tradicionales. Mientras Volodímir Zelenski, cuya capital había sido intensamente bombardeada ese mismo día, insistía en que Rusia había iniciado «una escalada significativa» atacando un país de la OTAN, sus principales aliados reaccionaron con extrema cautela, llamaron a la prudencia y, finalmente, señalaron que los indicios preliminares señalaban que el misil no había sido disparado por los rusos y probablemente procedía de las defensas antiaéreas de Kiev que intentaban conjurar el ataque de Putin. La insistencia de Zelenski en que el misil no es ucraniano no ha hecho más que remarcar su aislamiento.
Resulta llamativo que este hecho se produjera al mismo tiempo que en Indonesia se visualizaba con claridad la soledad de Moscú en la reunión del G-20. El ministro ruso Sergéi Lavrov intentó hasta el final evitar que se mencionara explícitamente a Rusia en el comunicado final y al no conseguirlo abandonó apresuradamente la cumbre. Es cierto que la condena no fue unánime (el texto habla de «una mayoría de los miembros»), pero fue un paso importante que se recogiera en el comunicado final, sobre todo en una cumbre que acabó admitiendo que no era el foro más adecuado para resolver conflictos militares de este tipo. Con todo, la imagen más inquietante para Vladímir Putin ha sido el apretón de manos entre Joe Biden y Xi Jinping y el ambiente de aparente distensión que se percibe entre las dos mayores potencias del planeta, cuyos líderes acaban de ser refrendados, uno por el aparato del Partido Comunista, y el otro por un inesperado resultado aceptable en las elecciones de mitad de mandato.
La evidencia de que la percepción global en torno a la guerra de Ucrania ha cambiado en las últimas semanas es muy amplia. Basta imaginarse cuál habría sido la reacción europea si el incidente de los misiles se hubiese producido hace cuatro o cinco meses. Pero desde hace semanas EE.UU. está transmitiendo a Kiev que el momento de empezar a negociar se acerca. Los principales líderes de la UE también vienen compatibilizando un discurso público de férreo apoyo a Zelenski con el aviso de que tarde o temprano habrá que alcanzar un alto el fuego. China e India ya han hecho ver a Moscú que el tiempo de su ofensiva militar se va agotando y que es importante restaurar el crecimiento económico. Un indicio en esa dirección es la rapidez con que Rusia ha aceptado seguir tolerando la exportación de grano ucraniano a pesar de los ataques sufridos en el mar Negro. Además, puede parecer superficial, pero se aproximan las fiestas de fin de año y el imaginario colectivo empieza a poblarse con la idea de una tregua navideña, una verdadera noche de paz.
Pareciese, por lo tanto, que ha llegado el momento de abrir una reflexión sobre eventuales condiciones de una paz en Ucrania. Biden ha dicho que no se le dirá a Kiev lo que debe hacer. Sin embargo, donde Occidente no puede vacilar es ante Putin, ni se puede perder de vista quién ha sido el agresor en esta guerra y quién rompió la legalidad internacional, volviendo a protagonizar en suelo europeo unos crímenes arrancados de las páginas más horribles de la historia. Nos acercamos a una coyuntura histórica porque, si bien los astros se pueden alinear de manera diferente a hace nueve meses, los valores y principios de Occidente con las soberanías nacionales y las invasiones ilegítimas siguen siendo los mismos.