LA TRIBU
Don Alfredo
Calladamente comprometido con los débiles, profundo y alegre cristiano, no se nos fue el otro día
Entraba por aquel tubo de Triana y las paredes le hablaban de usted. Imponía, y no por estirado, ni por aires de suficiencia de quien se hace el importante, como hay tantos. No; don Alfredo Flores entraba por aquel tubo y entraba el don con ... él, vistiera traje oscuro y corbata o camisa de mangas cortas, entrara sonriéndose -como tantas veces- o viniera con la seriedad de un problema en el rostro. Entraba un señor, siempre. Un señor al que le asomaba el don en la mirada, en el porte, en el estilo. Caballero de fina estampa. Moreno, delgado, bien andado. Entraba un señor. Y eso lo notaba todo el mundo, lo conociera como teniente fiscal de la Audiencia o acabara de conocerlo.
Por aquel bajo del Altozano, hondo, umbrío y largo local donde la luz del día nunca pudo entrar, con un vecindario que iba de la panadería de los Romero Varo a la impagable tienda de Tello, la Farmacia de Murillo, el bar La Cita, el cuchitril de Manolo el de las salchichas, la gestoría Sández y, más metido ya en Pureza, la Joyería Oliva. Por aquel bajo, urbana uno de La General de Granada, pasaba lo más diverso, rico e inesperado que se reunía en Triana, desde El Chaque a Rafael el peluquero, Antonio el de la Albariza, Pepe el del Mero, Naranjito, Manolo Campos, Manolo Mairena, Cardeñosa, Manuel el de la Lole, Javier López, Juan Antonio Borrero, Rafael Gordillo, los tres hermanos Marín Carrero, Manuel Mariscal, y si decimos de cercanía de santos, Fali Cabral, Juanito Vizcaya, Quini, el Troya, Bienve, Manolito Alonso, Juanlu, José Manuel Campos… Y lo que dejo atrás. Aquel bajo del Altozano tuvo tanto de sucursal bancaria como de casa hermandad de la Esperanza, de San Gonzalo y de la Estrella, y de previa de ensayos de costaleros, y de primicia de marchas procesionales, y de fichajes de fútbol, y de aire de soleá, bulería o seguiriya. Pues por aquel mundo que tenía de director bancario a Pepe Ibáñez y de reclamo comercial a mi llorado amigo Sebastián Alabanda, llegaba don Alfredo Flores y aquello empezaba a tener una categoría distinta, otro aire. Llegaba «El verbo» y la umbría de la sucursal se ponía la toga. Categoría. Lo traté lo bastante para respetarlo -yo lo tusteaba; digo que le habla de usted o de tú, según estuviésemos solos o acompañados-, admirarlo y cogerle cariño. Un señor, un tío. Calladamente comprometido con los débiles, profundo y alegre cristiano, no se nos fue el otro día, se había ido ya cuando se fue Mariluz. Hoy, aquel tubo es un supermercado, sí, pero nadie sabe que, sobre todo, es una cripta donde reposa la memoria de cientos de personajes que hicieron de aquella oficina un mundo riquísimo donde destacaba, siempre que llegaba, tan señor, don Alfredo Flores Pérez. Descanse en paz.
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