Luis Enríquez - Tribuna Abierta
Ocho meses
«Si no podemos hacer que David Gistau vuelva, por lo menos vamos a intentar que nadie lo olvide. El plazo está abierto. A ver dónde están los valientes»

No voy a escribir una de esas cartas que se dirigen a un amigo que está porque no es así. David Gistau ya no está y no voy a pretender otra cosa. Y que conste que por intentarlo no será. Leo la obra completa de Talese y Mailer y, sí, lo encuentro. En «El combate», Mailer escribe de él que «de la misma forma que Marlon Brando parecía encarnar un papel como si fuera una extensión de su estado de ánimo, de esa misma forma escribía David». Pero ya no. También empiezo los Soprano desde el principio y lo presiento llegar al Bada Bing, o al Richelieu, pero no llega. Eso es lo malo de los que se van. Y eso que él se procuró un final rocanrolero, aunque no lo quería. Vivió rápido, murió joven, ay, pero maldito sea todo lo demás. Ahora es leyenda, aunque yo prefería a mi amigo. Y así, lo único que nos queda a los que aquí seguimos es certificar, nada menos, lo que él fue. Asumir el papel de notarios de lo que conocimos.
La importancia de David como columnista, cronista, novelista la certificaron todos los grandes mejor que yo. Y a los chupatintas sólo nos queda una tarea asignada: mirarnos en el reflejo de Torcuato Luca de Tena y ofrecer a la profesión inspiración en forma de premio. Fue en el Klimt, el mismo sitio donde cité a David para ficharlo para ABC («¿para convencerme me has traído a un puticlub?») donde nos reunimos Antonio Fernández-Galiano y yo. Un poco para reencontrarnos y un poco para lamernos las heridas. Y hablando a voces con reguetón de fondo (yo qué sé) surgió la idea de un premio conjunto. Solo David, su memoria, podía conseguir algo tan grande que no tiene precedentes en nuestra industria. Y eso que a mí la idea no me costaba demasiado porque he sido feliz en las dos orillas. Pero este puente nace sólido y llegó para quedarse.
Los equipos de comunicación de las dos casas, Unidad Editorial y Vocento, se enamoraron de la idea y se pusieron a trabajar como si fueran uno solo. Las redes sociales, en menos de un día desde el anuncio, lo han lanzado al espacio. Los mejores periodistas de España quieren competir por el premio o ser jurado. Todo el mundo se siente reclamado. Esto va con todos. La obra de David va a quedar. Como la de Camba, como la de Chaves Nogales o como la de Umbral. Pero dentro de cien años, ni en Unidad Editorial ni en Vocento nos conformamos con una placa en una biblioteca de Madrid; queremos una plaza entera (y si Andrea Tumbarello tiene un restaurante cerca, mejor). Como Cavia. Y que los mas grandes de nuestra profesión compitan por tener el nombre de David en su currículum y en la librería de su casa. No sólo los que escriben. También los que hacen radio, como cuando acompañaba a Herrera. O los que hacen periodismo en televisión, como los que están con Griso. Porque el periodismo (sólo lo hay bueno) no tiene barreras de formatos como tampoco las tenía él.
Hace ocho meses que se fue, los últimos cinco del todo. Ya no llega en su Harley para tomar una cerveza y calmarme por esto o aquello. Ya no me adelanta algún artículo o me da luz con el enfoque correcto de todo lo que sucede a mi alrededor. Ya no me recomienda libros ni series (para eso ya sólo me queda Rosa). Ya no me cuenta que Luca ya no quiere ser futbolista y que le ha dado por escribir. Pero somos tozudos. Y, si no podemos hacer que vuelva, por lo menos vamos a intentar que nadie lo olvide. El plazo está abierto. A ver dónde están los valientes.
