Editorial ABC
Habla el Rey, los separatistas insultan...
ERC o EH Bildu critican al Rey no sólo porque son antimonárquicos, sino porque son antiespañoles y saben que la Corona es la institución que hoy vertebra la unidad nacional

El discurso del Rey Felipe VI en la sesión de apertura de las Cortes Generales fue una defensa encendida de la convivencia y la concordia entre españoles, mensaje que resulta tristemente necesario renovar en estos momentos en que la fractura política amenaza con convertirse en fractura social, aunque en Cataluña esa fractura en la sociedad ya es una realidad. «España no puede ser de unos contra otros; España debe ser de todos y para todos», afirmó el Monarca, quien añadió, en ese sentido, que eso es «lo que ha querido la sociedad española desde hace más de cuarenta años, así lo sigue queriendo y, sobre todo, así lo merece». Porque como insistió ayer Don Felipe «concordia, reconciliación, entendimiento, respeto y, por supuesto, libertad» son palabras (al final convertidas en obras) que hace más de cuarenta años resonaron como nunca antes en nuestro país y superaron las divisiones, los enfrentamientos y las imposiciones».
Semejante apelación a la normalidad constitucional por parte del Jefe del Estado fue recibida con un larguísimo aplauso por parte de diputados y senadores, con la única excepción de algunos parlamentarios podemitas, dato no baladí pues hablamos de un partido al que Sánchez ha metido en el Gobierno de España. Ese mensaje es incomprensible para el separatismo presente en el Parlamento. Los portavoces de Esquerra Republicana, Juntos por Cataluña, Bloque Nacionalista Gallego, EH Bildu y la CUP no sólo no asistieron a la solemne apertura de las Cortes Generales, sino que hicieron una declaración insultante -la enésima- contra la Monarquía. Bastaría repasar la fotografía de Gabriel Rufián y compañía cargando contra Felipe VI para despachar su charlatanería como un exabrupto de marginados políticos. Sin embargo, sus pactos privilegiados con el PSOE han convertido a estos fanáticos del nacionalista antidemocrático en protagonistas que condicionan la vida institucional de España. El problema no lo tienen sujetos de quienes nada positivo se puede esperar para el bien común de los españoles, sino del Partido Socialista que, llamándose español, pacta con quienes se sitúan abiertamente en la ilegalidad, la ruptura de España y la apología del terrorismo.
Una distancia enorme separa la altura del discurso de Don Felipe, que de nuevo dictó una lección de Estado en las Cortes, de la pesada monserga maleducada, y de hondura tardo-adolescente, de los separatistas. Las palabras del Rey supusieron asimismo una reivindicación de las virtudes de aquel formidable y exitoso proceso llamado Transición, y suponen un recado para esa parte de la política (que hoy hasta pisa moqueta ministerial) que denosta aquel ejemplar momento político con el que España asombró al mundo.