Cambio de guardia
8-M, reloaded
Pero los muertos dan lo mismo, porque los muertos no votan

Los ciudadanos españoles estamos -digámoslo educadamente- hasta el gorro de los partidos a los cuales financiamos. Porque no se financian los privados partidos políticos con las cuotas de los privados miembros por cuyos privados intereses velan; se financian con cargo a los Presupuestos Generales del ... Estado, o sea, a nuestros impuestos. Los que nos caen simpáticos como los vomitivos. También los golpistas o los a sueldo de gobiernos tan ejemplares como la República Islámica de Irán o la Bolivariana de Venezuela. De esos asalariados, plácidamente corruptos, es de quienes estamos, digámoslo educadamente, hasta el mismísimo gorro.
No es nueva esa sensación de burla, ese constatar cómo la lista de quienes viven de la política, en todas sus instancias, es la de una patulea de sujetos sin estudios ni oficio. Que la plagiada Tesis Doctoral del Presidente es una broma. Y que el «Doctor Simón» de todos los televisores no pasa de ser un funcionarial «Licenciado Simón» sin Tesis Doctoral alguna, pero al cual el ministro Illa sigue homologando doctoralmente con ese presidente suyo con el cual comparte el récord de bajas por coronavirus en Europa y la medalla de plata de infección en el mundo. De doctor a doctor, toda una hazaña.
No hay lugar hoy para maneras versallescas. La no doctora (en rigor, no-nada) Adriana Lastra convocó a manifestarse en las calles de la ciudad más contagiada de Europa. Y claro que es legítimo que un político no esté demasiado alfabetizado. Y claro que es legítimo que un político ayuno en letras -pero no en sueldo- aspire a liquidar a los miembros del adverso partido que le disputa cargo y salario: la pitanza es sagrada. Y va en las reglas de ese juego de guerra al que llamamos política que la sociedad de apoyos mutuos A busque el modo de borrar del mapa a la sociedad de apoyos mutuos B. No hay dinero -ni cargos- en el Estado para todos. Y, si hay que matar, se mata. Es legítimo. Siempre que se maten entre ellos. Y que su sangre no salpique. No lo es tanto, si los muertos ha de ponerlos una ciudadanía en cuyo vivir nada cambia que el beneficiario de sus impuestos sea el Club B o el Club A, bajo los adjetivos de «socialista», «conservador», «populista» o «de raza superior no hispana».
Así que la señora Lastra alentó, para el domingo, su propia mani, en defensa de su propio sueldo y de su propio cargo. Y del sueldo y del cargo de sus amigos. En guerra también («de clase») contra sueldos y cargos de sus adversarios. Así son ellos. La «consciente» Lastra repite el hallazgo de aquel 8 de marzo, en el cual los clubes socialista y populista dieron con la vacuna para el virus chino: «¡No mata el coronavirus, mata el machismo!» Será preciso, un día, cuando el tiempo y las estadísticas lo permitan, hacer el sencillo cálculo de a cuántos madrileños mató la expansión con la que aquel apelotonamiento festivo disparó un virus que se transmite en progresión geométrica. Pero los muertos dan lo mismo, porque los muertos no votan.
Habrá que hacer ese cómputo. Puede que sea impropio llamarlo asesinato. ¿Lo es acaso sospecharlo homicidio imprudente? Tampoco podremos saberlo nunca: los fiscales de la exministra de Justicia se ocupan de enterrarlo. Y de enterrar, ya puestos, lo poco que de creíble pueda haber en la Justicia española. Quedan los muertos que trajo aquel 8 de marzo. ¿Tendremos que sumarles los que traiga el 27 de septiembre? ¿Hasta cuándo los políticos perpetuarán su trueque de intereses privados por cadáveres?
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