Putin se mira en el espejo kazajo
La violencia es siempre un mal camino y aunque a los kazajos no les faltan razones para expresar su descontento, la espiral traumática entre su Gobierno y la población no puede acabar bien

La explosión social que está teniendo lugar en Kazajistán demuestra que ninguna sociedad resiste para siempre la opresión sistemática y la falta de libertades. La violencia es siempre un mal camino y aunque a los kazajos no les faltan razones para expresar su descontento, la espiral en la que se han enzarzado las autoridades y una parte muy importante de la población no puede acabar bien para nadie. La orden de disparar a matar contra cualquier manifestante que ha decretado el presidente nominal, Kassym-Jomart Tokáyev, no es solo una muestra de la catadura moral del régimen, sino la confirmación de que sea cual sea el resultado de esta tragedia, su coste en vidas humanas será altísimo y que ya nada será igual después de estas jornadas de ira y destrucción.
Las razones por las que la población kazaja se ha levantado no son difíciles de entender y rebasan por mucho la cuestión del precio de los combustibles. Durante décadas, el régimen ha utilizado su riqueza petrolera en proyectos faraónicos como culto a la personalidad del que ha sido su único dirigente real desde la independencia, Nursultán Nazarbáyev, mientras ha dejado de lado el desarrollo social de la población, a la que no se ha permitido mejorar sus perspectivas vitales. La riqueza no se puede medir solo en barriles de petróleo ni en operaciones publicitarias en el exterior, sino que requiere que ese crecimiento se cimiente sobre un progreso social más equitativo. Sin embargo, a pesar de las inmensas riquezas que encierra su gigantesco territorio, a los kazajos no se les ha permitido siquiera opinar sobre su futuro ni se les ha hecho partícipes del desarrollo diseñado desde el poder. En esas inmensas estepas tan remotas los campos de concentración estalinistas no necesitaban cercados porque están tan lejos de todo que no se puede ir a ninguna parte. Ahora tampoco y, como se ha visto, construir ciudades en medio de la nada no es suficiente para mejorar la existencia de los que van a estar obligados a poblarlas. Las versiones del régimen que acusan a fuerzas extranjeras de haber organizado este levantamiento solo confirman lo lejos que se encuentran de entender la raíz del descontento que las ha suscitado y lo difícil que será superarlas después de estos hechos traumáticos.
Tampoco es de extrañar que el autócrata ruso Vladímir Putin haya sido el primero en acudir al rescate de las autoridades kazajas, no solo porque el país es uno de los principales satélites estratégicos de Rusia en Asia Central, sino porque ha tenido que ver sin duda un reflejo de lo que podría sucederle a él mismo en caso de que los revolucionarios kazajos tuvieran éxito. Al revés, a Putin le conviene que las protestas en Kazajistán sean ahogadas en sangre y fuego porque esas imágenes van a ser utilizadas como vacuna preventiva en caso de que hubiera rusos a los que se les pasara por la cabeza levantarse contra un gobierno que no cesa de estrangular sus libertades. De hecho, es lamentable el espectáculo que representa la colección de alérgicos a la libertad que forman el propio Putin y el dictador bielorruso Alexánder Lukashenko, acudiendo en ayuda de un régimen que resuelve a tiros el descontento de la población. Enviando tropas, Putin protege a su aliado Tokáyev, pero sobre todo se protege a sí mismo.