CONFIESO QUE HE PENSADO

El problema de creerse gracioso

La lamentable canción muestra hasta qué extremo convergen dos fiestas en una

SANTIAGO DÍAZ BRAVO

EL Carnaval de Santa Cruz de Tenerife, ese que ni es el más importante de Europa (más de la mitad de los europeos ni siquiera han escuchado hablar de él), ni el más multitudinario (los participantes en el que se celebra cada verano en el barrio londinense de Notting Hill se cuentan por millones), ni siquiera el más gracioso (basta con comparar a las creativas chirigotas gaditanas con las atribuladas murgas tinerfeñas), podría haberse convertido, sin embargo, en el más patéticamente homófobo del continente si uno de sus símbolos, la murga Ni fu Ni fa, que cuenta con un sinfín de admiradores y goza de toda la simpatía de las instituciones y los medios de comunicación, no hubiese retirado su inaceptable canción contra el colectivo homosexual.

Estrofas como «ustedes ya los conocen; tengo muchos nombres entre la afición; mariposa, invertido, gay, travestido, chapero también; vasioleta, pajareta, sodomita, mariquita, bujarrón; pero a mí, de todos, el que más me gusta es el de truchón» o «millones de maricones, transexuales, canariones; sarasitas, modositos, como yo; somos de la otra acera y no le busquen explicación; me metieron la puntita y a mí me gustó» muestran de forma clara y contundente la caspa intelectual y la miseria moral de la formación que llegó a convertirse en el santo y seña del Carnaval chicharrero, una fiesta magnífica si dejamos de lado sus delirios de grandeza y que, por su propia definición, debería vanagloriarse de ser un templo de la tolerancia y la convivencia.

La lamentable canción muestra hasta qué extremo convergen dos fiestas en una: la oficial, la del alcalde y sus adláteres visitando a unos grupos que probablemente se crean más importantes de lo que son y a los que se les ríen todas las gracias, las tengan o no, y la de los miles de ciudadanos y visitantes que deciden disfrutar de lo que ofrece la calle.

El mero hecho de que la canción haya sido interpretada en presencia de las primeras autoridades de la ciudad y de que la reacción oficial haya sido tan leve, materializada en un primer momento tan solo en el concejal de Igualdad, un cargo a todas luces de segunda fila en el organigrama municipal, evidencia hasta qué extremo existe un importante grado de connivencia entre ambas partes: una formación musical que se ha quedado anclada en los estereotipos del discurso rancio y unos poderes públicos que, visto lo visto, y sobre todo visto lo que han oído casi sin decir ni mu y con una sonrisa en la cara, no parecen tener la intención de cumplir su obligación y actuar como firmes defensores de los derechos y la dignidad de todos los ciudadanos.

El problema de creerse gracioso

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