Ira y tensión en la 'Pequeña Odesa' de Nueva York
Se calcula que unos 600.000 rusos y unos 150.000 ucranianos viven en Nueva York, y la mayor concentración de ellos está en Brighton Beach
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Alexander Menuhin tiene 17 años , timidez y granos adolescentes. Igual que muchos de los amigos que dejó en Ucrania, de donde salió hace dos años, destino Brooklyn, como tantos ucranianos. Y rusos. «No están en edad de combatir, pero ya están recibiendo formación ... militar. O refugiados en búnkers», dice desde una escuelita ucraniana de Brighton Beach, en el sur del distrito neoyorquino, sobre una playa que mira hacia Europa. Es una costa muy diferente a la del mar Negro. Pero le llaman ‘la Pequeña Odesa’.
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A medio mundo de distancia, la guerra aquí se vive con ira, frustración, patriotismo renovado, sufrimiento y hasta cierto sentimiento de culpa. Hace poco más de dos semanas, los ucranianos de Brighton Beach tenían las mismas ocupaciones mundanas que sus amigos y familiares en Kiev o Járkov: compartir un ‘meme’ por WhatsApp, ir a recoger a los niños, una cerveza después del trabajo, ver el partido con amigos, una peli tranquila en casa. De un día a otro, la vida de esas ciudades europeas se convirtió en un teatro de guerra. Y la de Brighton Beach, con su avenida en ebullición y llena de carteles en cirílico, bajo el chillido de la vía elevada del metro o en la tranquilidad del paseo marítimo en invierno, está cubierta con un velo de amargura.
«Hablamos a todo el mundo que podemos sobre la invasión, para que la gente sepa qué está pasando. Las redes sociales también son armas»
Algunos tratan de desquitarse con movilización. Incluso los más pequeños. «Me rompe el corazón estar aquí, nuestros amigos allá son héroes», dice Anna Obertos, compañera de Alexander en este centro. Vienen aquí, como varias decenas de niños ucranianos, los sábados, a aprender el idioma y la cultura de sus padres. «Hablamos a todo el mundo que podemos sobre la invasión, para que la gente sepa qué está pasando. Las redes sociales también son armas», dice mientras de fondo suena en bucle el himno ucraniano, en voces infantiles. «Shche ne verla Ukrainy i slava, i volia». «La gloria y la libertad de Ucrania todavía no han perecido».
La directora del centro, Miroslava Rozdolska, cuenta que en la comunidad ucraniana el patriotismo se ha disparado desde la invasión de Crimea en 2014. «Antes, no se hablaba mucho a los niños sobre la madre patria. Ahora todo el mundo quiere ser parte de la comunidad ucraniana».
En ningún sitio de EE.UU., hay tantos rusos y ucranianos como aquí. Se calcula que hay unos 600.000 rusos y unos 150.000 ucranianos en Nueva York, y la mayor concentración de ellos está en Brighton Beach y otros barrios del sur de Brooklyn. Ucrania es vecina de Rusia y e n la ‘Pequeña Odesa’ los rusos y ucranianos están juntos y revueltos , como ocurre siempre en la emigración. Pero la guerra ha abierto trincheras. «Nosotros hacemos boicot a productos y negocios rusos», dice Miroslava, que también ha tenido discusiones con vecinos con los que convive desde hace décadas.
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«Al principio, era como la guerra. No nos hablábamos», dice Yulia Dereka sobre sus vecinos rusos. Ella, como tantos otros, no puede quitar el pensamiento de lo que ocurre en su país. Su hermano vive en el oeste, que ha vuelto a ser objetivo ruso. Su hermana tuvo que salir de Járkov, la segunda ciudad del país y abrasada por los bombardeos. Una amiga de la infancia tiene su casa llena con 80 refugiados que vienen del este.
Rusos que apoyan a Putin
Muchos de los ucranianos que hablaron con este periódico coinciden en algo: muchos rusos de la ‘Pequeña Odesa’ están en contra de la guerra. Pero hay sectores que van a muerte con Vladímir Putin. Son, por lo general, gente mayor, que habla poco inglés y que solo ve la tele rusa. «Cuando les enseñamos fotografías de allá, de lo que está pasando de verdad, empiezan a entender y a sentirse incómodos. Antes defendían que todo era falso», dice Yulia.
También hay irreductibles, como Konstantin, que es joven y conduce un coche para Uber. Repite el guión de la propaganda rusa –«operación militar especial», «el Gobierno de Kiev son nazis», «no hay ataques a civiles»– sin salirse un milímetro.
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«Está actuando como Hitler», dice otro vecino, nacido en Moscú, desde el paseo marítimo, delante de Tatiana, un restaurante ruso que vive de los turistas en verano. Él se casó con una ucraniana y llegaron aquí en los setenta. No quiere decir su nombre. Alex, también ruso, prefiere no decir su apellido ni posar para una foto. «Tengo a mi hermana en Moscú. Me da miedo que vayan a por nosotros», confiesa. «Putin es un criminal, es un rojo del KGB y siempre lo será. Está volviendo a crear el ‘gulag’. El problema es que su propaganda es mejor que la de Goebbels».
«Putin es un criminal, es un rojo del KGB y siempre lo será. Está volviendo a crear el ‘gulag’. El problema es que su propaganda es mejor que la de Goebbels»
Cerca de allí, en una pequeña iglesia católica, la rabia se pone en acción. Irina Rozdolska dirige a un grupo de voluntarios que preparan envíos de medicamentos a Ucrania. Varias decenas de cajas de cartón cubren el suelo del templo, rodeado de edificios de viviendas sociales que dan al barrio un aire soviético. «Muchos familiares y amigos no quieren salir de allí, quieren proteger el país», dice Irina, que era actriz en una compañía teatral de Kiev antes de mudarse a Brooklyn con su hija. Sus antiguos compañeros han cogido el fusil. De actores a soldados.
Una hora larga de metro más tarde, Jason Bichard recibe en Veselka, una institución ucraniana en Manhattan. Está en lo que un día fue la ‘Pequeña Ucrania’, en el East Village. Hoy solo quedan fósiles de aquello, como la carnicería Bacynsky, la iglesia de San Jorge o el propio Veselka, que fundó el abuelo de Birchard. El actual propietario, como tantos otros ucranianos, agradece el apoyo, las manifestaciones, las banderas azules y amarillas, la oleada de clientes que vienen a comer ‘pierogi y borscht’ en solidaridad. Pero también está furioso con el Gobierno de EE.UU. «Vamos al combate con cócteles molotov y tractores para robar tanques. Es heroico, pero ¿cuánto puede durar eso?». Exige la exclusión aérea, más armamento. «La situación es dramática, no tenemos tiempo».
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