Chapas

Dos siglos de persecución contra el juego prohibido al que la ley solo permite apostar en Semana Santa

La Biblioteca Nacional atesora páginas y páginas de periódicos en las que se narra el acoso de la policía contra los 'corros' ilegales que se organizaban fuera de las fechas apropiadas

Legiones romanas: los verdaderos motivos del declive de la infantería más letal de la antigüedad

Tradicional juego de chapas en El Bierzo (León) ABC
Manuel P. Villatoro

Esta funcionalidad es sólo para registrados

El 11 de diciembre de 1984, el 'Diario de Burgos' hizo acopio de los términos más castizos de la región. Recogió decenas, cada cual más extraño que el anterior. 'Criona', 'Chamorra', 'Chapiscar'... Como no podía ser de otra forma, a mitad de página se hallaban las 'Chapas' o 'Charpas'. Apenas se especificaba que era un «juego con perras, las cuales se lanzan al aire una vez colocadas entre los dedos, apostando los jugadores a cara o cruz». Con todo, el periódico se olvidó de señalar lo más importante: a este pasatiempo solo se podía apostar tres días al año –Jueves, Viernes y Sábado Santo– y contaba –más bien cuenta, pues se sigue practicando– con siglos y siglos de historia a sus espaldas.

Poco tienen que ver esas chapas con aquellas que nos entretenían a los niños de los noventa al calor del sol bocadillo en mano. El sistema es sencillo; no hay misterio. Los jugadores se ubican en un 'corro' alrededor de un 'baratero'. Este es el encargado de lanzar dos 'perras gordas' –dos monedas de diez céntimos de la época de Alfonso XIII– y recordar los envites. SI al caer al suelo salen dos caras, ganan los que hayan apostado a caras. Si salen dos cruces, gana el resto. Ni más, ni menos. Pero un sistema tan sencillo ha llevado a familias enteras a la ruina y ha alumbrado una persecución férrea por parte de las autoridades contra los desaprensivos que se saltan la prohibición.

Controversia histórica

Lo escribió el apóstol Juan entre los versículos 20 y 26. Con Jesucristo clavado en la cruz y los sumos sacerdotes exigiendo a voces que no se denominase a aquel alborotador rey de los judíos, los legionarios romanos «tomaron sus vestidos, con los que hicieron cuatro lotes, un lote para cada soldado, y la túnica». Aquel manto «era sin costura, tejida de una pieza de arriba a abajo»; mal asunto para dividirla de forma salomónica. «No la rompamos; sino echemos a suertes a ver a quién le toca», propuso uno. Y vaya si cuajó la idea. Según una de las muchas traducciones de la Biblia, al final «tiraron los dados» para deshacer el entuerto. «Así se cumplieron las escrituras».

Según narra la tradición, el juego de las chapas bebe de estos versículos. El diario 'El Heraldo de Zamora' así lo corroboraba en una crónica publicada el 25 de abril de 1916: «Aún son más incomprensibles las costumbres de los desocupados, de los crapulosos. En los mencionados días de Jueves y Viernes Santo se suprime en los cafés y centros de recreo el juego del dominó […], pero se juega a las chapas. […] Sería explicable [...], ya que con los dados fue con los que los judíos se jugaron la túnica de Jesús». Poco más se sabe de su origen; no hay datos que confirmen en qué siglo arrancó la práctica, ni cómo evolucionó. Otro misterio más de nuestra España.

La pregunta es obligada. ¿Hasta qué punto resulta creíble que las chapas nacieron en la crucifixión de Jesucristo? Luciano López Gutiérrez, doctor en Filología Hispánica por la Universidad Complutense de Madrid y autor de 'Anatomía de la Semana Santa' (Almuzara), se muestra reticente al otro lado del teléfono. «Creo que es una invención, una leyenda. Es un intento de revestir de un ropaje piadoso algo que es muy propio de estas fechas», explica a ABC. En sus palabras, el juego fue alumbrado como «una válvula de escape» para una sociedad que se hallaba asfixiada por las leyes regias. «Las gentes se rebelaban contra esto y daban cabida a celebraciones y prácticas carnavalescas como las chapas y las grandes comilonas», sentencia.

Aunque, entre respuesta y respuesta, López desliza su particular teoría sobre el momento exacto en el que las chapas vieron la luz. «Hay una pista», afirma cual detective de lupa y gorro. Y prosigue: «Al que organiza las partidas todavía se le llama 'baratero'. Es el dueño de las monedas –'caras'– con las que se juega. Durante el Siglo de Oro español, donde también había mucha pasión por el juego, el vencedor entregaba a los mirones que asistían a la partida un 'barato'; una propina por haberle dado suerte». La relación obvia entre uno y otro concepto podría fechar el alumbramiento entre los siglos XVII y XVIII. Aunque recalca que no es más que una idea.

El rastro de las chapas se pierde hasta el siglo XIX, cuando los medios de comunicación comenzaron a hacer referencia a las persecuciones contra los 'corros ilegales'. Y de ahí, a la dictadura. «En los últimos años del franquismo estuvo prohibido, pero la sociedad lo practicaba como una suerte de desahogo. Recuerdo que, en Valladolid, la gente jugaba en las calles», explica el experto a este diario. Suscribe también otro mito como el que afirma que muchas familias se arruinaron al calor del 'baratero'. «Recogí varios testimonios orales de personas que se dejaron llevar por 'la pasión', como decía Dostoievski, y se dejaron muchísimo dinero en los 'corros'», sentencia. Aunque prefiere mantenerlos en secreto por respeto.

Contra las chapas

Cincuenta y un semanas y media; cada una con sus seis jornadas y su festivo. La ventana de tiempo que el Estado abre para apostar a las chapas desde que el juego se extendiera por esta castiza piel de toro es ínfima en comparación con las hojas del calendario en las que la prohibición pesa sobre los parroquianos. Cosas de la tradición. Pero no se apure, querido lector; durante siglos, las autoridades han velado porque se cumpla de forma escrupulosa la ley. Cuesta perseguir los ejemplos, pero no son pocos los que se esconden en los archivos de la Biblioteca Nacional de España. Y en los legajos queda claro que, ya en el siglo XIX, los mandamases torcían el labio cuando oían hablar de esta práctica.

Es curioso, pero uno de los primeros periódicos que habló sobre la persecución de los jugadores de chapas no era de Castilla y León. El 8 de enero de 1893, 'La Crónica Meridional' de Alicante publicaba, bajo el titular de 'Duro con ellos', una redada protagonizada por la policía: «Anteayer tarde fueron sorprendidos por los municipales varios individuos que, cerca de la plaza de toros, se hallaban jugando a las charpas». Los agentes se incautaron del dinero y acabaron con el problema de raíz. «Lo arrojaron a un terrado próximo y repartieron algunos sablazos en vista de la actitud de los jugadores». La crónica terminaba de forma tajante: «Duro con ellos, y a ver si se destierra este y otros perniciosos vicios de nuestra capital».

El diario satírico 'Papa-moscas', llamado así en homenaje al autómata que señala las horas en el reloj de la catedral de Burgos, hizo también referencia a este curioso juego. El 4 de abril de 1909, en una España resacosa por el desastre colonial, el periódico leonés dejó sobre blanco que «el Gobernador de no sé qué provincia» había descubierto «que algunos obreros del Ayuntamiento empleados en las obras que este costea, gastan gran parte de su tiempo en jugar a las charpas, y luego arman un par de motines a la semana reclamando jornales». Si bien las autoridades criticaban esta práctica, la publicación incidía en que «los hombres tienen derecho a los honestos entretenimientos para ir pasando las amarguras de la vida».

No fue menos sutil 'El Castellano'. El 16 de octubre de 1922, el diario toledano publicó que «un número no significativo de jóvenes de 15 a 25 años pasan sus ratos de ocio (que para algunos no son cortos) dedicados al juego de las 'charpas'» fuera de Semana Santa. «Siendo esto malo, aún es peor que dichos jóvenes se recreen tan inocentemente en paseos públicos y muy cerca de La Gran Casa de la Villa, donde habitan los dos únicos alguaciles del Ayuntamiento», se explicaba. Aunque lo que más indignaba al cronista –y vaya si se mostraba enfadado– era que aquellos chicos descarriados acompañaban todo este proceso de repetidas blasfemias e insultos que hacían sonrojar a los presentes.

Tres años después, allá por 1925, 'El Castellano' volvió a la carga y exigió a las autoridades que pusieran el foco sobre este tipo de prácticas. «Así mismo, se hace necesaria la más estrecha vigilancia en el juego de la pelota y atrio de la Iglesia, donde a ciencia y paciencia de los padres y señores que lo presencian se juega todos los días a las charpas, prohibidas a niños, mozalbetes y mayores», explicaba el cronista. Por si no fuera poco ya, el diario se lamentaba de que, «a pesar de los medios de represión» que existían, no se tomaran medidas para paliar el problema. «Esto se llama hacer Patria, ya que esta se reconstruye y compone con pueblos cultos y cívico-morales», finaliza.

Comentarios
0
Comparte esta noticia por correo electrónico

*Campos obligatorios

Algunos campos contienen errores

Tu mensaje se ha enviado con éxito

Reporta un error en esta noticia

*Campos obligatorios

Algunos campos contienen errores

Tu mensaje se ha enviado con éxito

Muchas gracias por tu participación