¿Járkov 2022 o Moscú 1941? Las fotografías de la catástrofe humanitaria que recuerdan a la barbarie nazi

La evacuación de la ciudad ucraniana evoca la triste estampa que se vivió en la Unión Soviética ante el avance de los carros de combate germanos

Estación de Járkov, hace algunas horas
Manuel P. Villatoro

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Estremece pensar que Europa revive estos días las amargas jornadas de la Segunda Guerra Mundial . Pero así es. Las instantáneas que nos dejan los periodistas y enviados especiales a Ucrania durante la ofensiva de Vladimir Putin podrían haber sido firmadas por Lee Miller o Robert Capa hace ocho décadas: cientos de refugiados corren hacia un tren mientras un oficial se abre camino. En la evacuación priman las mujeres y los niños.

La única diferencia es que la estación se halla en Járkov , al norte del país, y no en la Varsovia de finales de los años treinta o la Moscú de los cuarenta que veía con congoja el avance imperdonable del nazismo.

Días tristes, jornadas de llanto y desesperación. Las guerras, más allá de las décadas que pasen y los drones que se ensamblen, emanan siempre el mismo hedor. Y la mayor paradoja de todo este triste teatro es que uno de los mayores éxodos de población que se vivió en la Segunda Guerra Mundial se sucedió allá por 1941, cuando las tropas del Tercer Reich avanzaban a toda máquina hacia Moscú. «El pueblo tenía conciencia del peligro que lo amenazaba y se disponía a afrontarlo. Mientras andaba por los suburbios y por los accesos de la ciudad me di cuenta de que, pasara lo que pasase, llegarían», explicaba en sus crónicas el corresponsal Erskine Caldwell.

A pesar de que, por entonces, el pánico no se había extendido en Moscú –hoy tampoco en Kiev, donde el presidente Volodímir Zelenski resiste en su despacho la fallida guerra relámpago rusa– sí se pergeñó en la capital un éxodo masivo. En octubre, las obras de arte más destacadas fueron evacuadas de la urbe. Después le tocó el turno a los diplomáticos y a la plana mayor del Gobierno. En tercer lugar, cientos y cientos de civiles se agolparon en las estaciones de tren dispuestos a marcharse a otras ciudades cercanas y ponerse a salvo. Y eso, a pesar de que muchas personas estaban decididas a defenderse.

Aquel éxodo fue narrado por algunos españoles exiliados en Moscú tras la Guerra Civil. Entre ellos, Dolores Ibárruri , la Pasionaria. Ella se marchó de la urbe el 16 de octubre, día que describió así tras la Segunda Guerra Mundial: «La estación de Kazán, a la que nos condujeron, estaba inmersa en tinieblas, medida elemental de seguridad por los continuos ataques aéreos enemigos. Y en aquellas tinieblas se movía una inmensa masa humana que, abriéndose paso como podía, buscaba cualquier tren que llevase a cualquier lugar lejos de la invasión nazi». La confusión fue tal que la líder comunista perdió allí a sus dos hijos, Rubén y Amaya, que viajaron en otro.

El mismo Caldwell dejó constancia de su propia huida de la capital. En su caso se marchó con su familia rumbo a Arcángel, desde donde pretendía embarcar hacia Estados Unidos. «Grandes muchedumbres formaban colas de dos y tres en fondo, esperando desde quién sabe cuándo para conseguir pasajes y tomar los trenes. Debe de haber habido, por lo menos, seiscientos hombres, mujeres y niños aguardando pacientemente ante las ventanillas cerradas de las taquillas».

El reportero no fue parco en detalles. Describió, por ejemplo, que las puertas de la estación se abrieron media hora antes y que el lugar estaba plagado de soldados y marineros cuyo destino era el norte. «Había mucho trajín en los andenes, pero no confusión».

El viaje que esperaba a los moscovitas fue letal. Según explica el periodista e historiador Jesús Hernández en ' Eso no estaba en mi libro de la Segunda Guerra Mundial ' (Almuzara), pasaron meses en aquellos trenes. Hombres, mujeres y niños se enfrentaron a temperaturas gélidas, escasez de alimentos y unas condiciones higiénicas deplorables. Tuvieron menos suerte todavía que los refugiados ucranianos, pues sus respectivos destinos se hallaban a miles y miles de kilómetros de Moscú. Para colmo, la locomotora solía detenerse para dar prioridad al paso de los convoyes repletos de soldados.

«Paramos con frecuencia todo el día, mientras los trenes militares con prioridad nos pasaban en ambas direcciones. Algunos eran trenes hospital que venían desde Leningrado, otros estaban cargados de soldados risueños», explicaba el reportero.

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