La olvidada carta en la que ocho generales del Ejército pidieron a Franco que dimitiera
En septiembre de 1943, Orgaz, Kindelán y otros tantos militares firmaron una misiva en la que solicitaban el regreso de la monarquía

La situación fue tan tensa como esperpéntica. El 15 de septiembre de 1943, mientras la Segunda Guerra Mundial estremecía todavía a Europa, José Enrique Varela , detenido por sus ideas monárquicas una década antes y militar reconocido en el bando Nacional tras haber ... liberado el Alcázar de Toledo , se presentó decidido en el Palacio de El Pardo . En el bolsillo guardaba con recelo un documento peligroso que solo unos ojos debían leer. Quizá por la tensión del momento, quizá por mera costumbre, entró al despacho de Francisco Franco sin formalidad alguna y con su habitual bastón de mando en la mano.
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A Franco, que ya había sido avisado del contenido de la misiva por el intelectual del Opus Dei Rafael Calvo Serer , le molestaron más las formas que el vendaval que se atisbaba en el horizonte y aleccionó, cual chiquillo, al militar. Según desvelan el hispanista Paul Preston en 'Franco. Caudillo de España' y Juan Fernández-Miranda y Jesús Calero en 'Don Juan contra Franco. Los papeles secretos del régimen' , obligó al veterano militar a salir de la habitación y llamar antes de volver a entrar en el despacho. A continuación, le lanzó una severa reprimenda por osarse a portar bastón de mando en su presencia. Cosas del protocolo.

Liberada la tensión, el dictador permitió a Varela entregarle el documento que guardaba. Lo desplegó y se empapó de él. «¿No estima, llegado el momento, dotar a España de un régimen estatal que, como nosotros, añora ?», decía una de las frases. Era una misiva firmada por hasta ocho altos oficiales del Ejército (los Sol , Dávila , Orgaz y compañía) en la que le solicitaban el regreso del sistema monárquico a España. De forma muy educada y sibilina. O «redactada en términos de vil adulación» , según escribió luego José María Gil Robles en su diario.
Como era habitual en él, no hizo mueca alguna. Tampoco hubo una reacción política instantánea. A nivel oficial, el dictador recibió en los días siguientes a los firmantes de forma paulatina. Para escuchar sus opiniones, afirmó. Pero la realidad es que, a golpe de « paciencia , seguridad en sí mismo y calma exterior » (según afirma Preston en su obra), consiguió burlar al destino una vez más y desbaratar esta intentona de restauración monárquica. Una de las muchas acaecidas tras la Guerra Civil . Así, se cumplió el augurio que ya hizo el también general del bando Nacional Miguel Cabanellas cuando supo que Franco había sido nombrado jefe del Estado por la Junta de Defensa Nacional en septiembre de 1936:

«Ustedes no saben lo que han hecho, porque no lo conocen como yo, que lo tuve a mis órdenes en el Ejército de África como jefe de una de las unidades de la columna a mi mando; y si, como quieren, va a dársele en estos momentos España, va a creerse que es suya y no dejará que nadie lo sustituya en la Guerra ni después de ella, hasta su muerte».
El hecho, habrán notado los más avispados, presenta ciertos tintes de actualidad. No ya por la perenne controversia que existe en torno a un dictador al que se acude cual cortina de humo por parte de «hunos y hotros», en terminología unamoniana, cuando conviene. O no solo, vaya... La causa real es la polémica que se ha generado en los últimos días con las dos populares misivas en las que decenas de mandos retirados del Ejército acusaban a un Gobierno «social-comunista, apoyado por filoetarras independentistas» de amenazar con la «descomposición de la Unidad Nacional». Y es que, como dejó escrito el filósofo Giambattista Vico, a veces parece que ha historia es cíclica.
Contra Franco
Cuesta hallar el germen que motivó a los generales monárquicos a levantarse, de forma más o menos escandalosa, contra Franco. Aunque sí existen algunas figuras ligadas, ya desde el final de la Guerra Civil , a esa tendencia. La principal fue, tal y como recogen Fernández-Miranda y Calero , Alfredo Kindelán , firme defensor de entregar el poder al del Ferrol, pero solo de forma temporal y como medio para reinstaurar en el país a la Familia Real. Este oficial llegó a explicar que «unos doscientos mil monárquicos españoles odian a Franco y desean que salga sin demora del poder» en una entrevista concedida al 'International News Service'.
El historiador Luis E. Togores , por su parte, afirma en «Franco frente a Hitler. La historia no contada de España durante la Segunda Guerra Mundial», que «la camarilla de asesores y monárquicos que rodeaban al pretendiente comenzó a trabajar para intentar el regreso a España de los Borbones» en el mismo instante en el que el Tercer Reich asaltó Polonia. En sus palabras, tanto ellos como una serie de generales del bando nacional con las mismas ideas políticas intentaron convencer al dictador de que abandonara el poder en favor de Don Juan de Borbón. Para ello, barruntaron incluso acercarse a Alemania a cambio de que su ejército expulsara al Caudillo del mando.

A partir de entonces el camino fue largo, el trabajo duro y los monárquicos que se sumaron a esta causa en la sombra, muchos más. En la década de los cuarenta uno de los vértices sobre los que giraban todos los conspiradores era Eugenio Vegas Latapié , un defensor de Don Juan dispuesto a casi cualquier cosa para arrebatar el mando a Franco. A su son se alinearon militares tan reconocidos durante la Guerra Civil como Juan Yagüe (famoso por dirigir las defensas en el frente del Ebro), Agustín Muñoz Grandes (comandante de la División Azul) o, entre otros tantos, Gonzalo Queipo de Llano.
Pero Vegas no fue el único pilar destacado. Entre toda esta lista de conspiradores monárquicos se alzó un nombre más a partir de la década de los cuarenta: Luis Orgaz . Alto comisario en Marruecos y valedor en principio de Franco, no tardó en maquinar contra él al observar, como Kindelán, que no pensaba desprenderse del poder. Según escribió Gil Robles en su diario, este militar puso sobre la mesa la posibilidad real de dar un golpe de Estado contra el dictador:

«El general Orgaz ha comunicado a Sainz Rodríguez, por intermedio de Sangroniz, que está dispuesto a sublevarse a favor de la monarquía con más de cien mil hombres y de acuerdo con Aranda y otros generales. Para ello desea tener la garantía del reconocimiento inmediato por parte de los aliados».
Orgaz solicitó al propio Gil Robles que contactara con los Aliados para que, de alguna forma, le garantizasen su reconocimiento una vez que hubiese tomado el poder y la Segunda Guerra Mundial tocara a su fin. El político monárquico, sin embargo, le respondió de forma tajante:
«¡Es curiosa la mentalidad de este pobre hombre, a quien yo no me he dirigido para nada, y que sólo piensa en ser presidente del primer Gobierno de la monarquía utilizando la fuerza política de los demás!».
La carta de la discordia
Fue precisamente Orgaz quien, al verse privado de los apoyos necesarios para implantar la monarquía por la fuerza, decidió presentar la propuesta por el cauce reglamentario. En esas andaba cuando, tal y como explica Jesús Palacios Tapias en «Las cartas de Franco», fue informado de que una serie de oficiales (la mayor parte, tenientes generales) habían escrito una misiva mediante la que pretendían, de forma respetuosa, solicitar a Franco que abandonara su puesto y cediese el poder a la monarquía.
El 8 de septiembre de 1943, Orgaz añadió así unió su firma a las de Fidel Dávila, José Solchaga, Alfredo Kindelán, Andrés Saliquet, Miguel Ponte y José Enrique Varela . El texto no podía ser más cortés:
«Excelencia: No ignoran las altas jerarquías del Ejército que éste constituye hoy la única reserva orgánica con que España puede contar para vencer los trances duros que el destino puede reservarle para fecha próxima. Por ello no quieren dar pretexto a los enemigos exteriores e interiores para que supongan quebrantada su unión o relajada la disciplina, y tuvieron cuidado de que en los cambios de impresiones a que les obligó su patriotismo no intervinieran jerarquías subordinadas. Por ello también acuden al medio más discreto y respetuoso Bahamonde, Francisco Franco. para exponer a la única jerarquía superior a ellos en el Ejército sus preocupaciones, haciéndolo con afectuosa sinceridad, con sus solos nombres, sin arrogarse la representación de la colectividad armada, ni requerida ni otorgada.

Son unos compañeros de armas los que vienen a exponer su inquietud y su preocupación a quien alcanzó con su esfuerzo y por propio mérito el supremo grado en los ejércitos de Tierra, Mar y Aire, ganado en victoriosa y difícil guerra; los mismos, con variantes en las personas, impuestas algunas por la muerte, que hace cerca de siete años en un aeródromo de Salamanca os investimos de los poderes máximos en el mando militar y en el del Estado.
En aquella ocasión la victoria rotunda y magnífica sancionó con laureles de gloria el acierto de nuestra decisión, y el acto de voluntad excesivo de unos cuantos generales se convirtió en acuerdo nacional por el asenso unánime, tácito o clamoroso, del pueblo, hasta el punto de que fue lícita la prórroga del mandato más allá del plazo para el que fue previsto.
Quisiéramos que el acierto que entonces nos acompañó no nos abandonara hoy al preguntar con lealtad, respeto y afecto a nuestro generalísimo, si no estima como nosotros llegado el momento de dotar a España de un régimen estatal, que él como nosotros añora, que refuerce el actual con aportaciones unitarias, tradicionales y prestigiosas inherentes a la forma monárquica. Parece llegada la ocasión de no demorar más el retorno a aquellos modos de gobierno genuinamente españoles que hicieron la grandeza de nuestra patria, de los que se desvió para imitar modas extranjeras. El Ejército, unánime, sostendrá la decisión de V. E. presto a reprimir todo conato de disturbio interno u oposición solapada o clara, sin abrigar el más mínimo temor al fantasma comunista, vencido por su espada victoriosa, como tampoco a injerencias extranjeras.
«Quisiéramos que el acierto que entonces nos acompañó no nos abandonara hoy al preguntar con lealtad, respeto y afecto a nuestro generalísimo, si no estima como nosotros llegado el momento de dotar a España de un régimen estatal»
Este es excelentísimo señor, el ruego que unos viejos camaradas de armas y respetuosos subordinados elevan dentro de la mayor disciplina y sincera adhesión al Generalísimo de los Ejércitos de España y Jefe de su Estado».
Franco no pudo ser más ladino. Recibió a todos y cada uno de los firmantes en el palacio para conocer sus opiniones y medir sus debilidades. Además, jugó de forma constante con la falsa idea de que, a no mucho tardar, devolvería el poder a la monarquía , aunque sin poner plazos. A su favor tenía que poderosos militares como Muñoz Grandes o Moscardó no había estampado su rúbrica en aquel papel, aunque sabía que pensaban igual. De hecho, el defensor del Alcázar de Toledo retiró su nombre poco antes de la entrega ante el temor a las represalias. Al final todo quedó igual, aunque los culpables fueron, poco a poco, privados de sus respectivos cargos.
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