Madrid consolida su homenaje a James Joyce
La celebración del Bloomsday, basada en el 'Ulises' del autor irlandés, celebra su segunda edición en la capital con la presencia de Christina Rosenvinge o Joaquín Reyes
La literatura no solo está en el Retiro

Madrid ha sido en la mañana de este viernes 16 de junio, 119 años después de que Leopold Bloom recorriera Dublín en las páginas del 'Ulises' de James Joyce, una teoría de pamelas y sombreros de principios del siglo pasado. Se conmemora el Bloomsday, que en español pusieron en marcha los cofrades de la Orden del Finnegans (Eduardo Lago, Antonio Soler, Jordi Soler, Garriga Vela y demás) y que en la ciudad es un empeño entre la performance y la animación a la lectura de Lara Sánchez, directora de Soy de la Cuesta.
En la propia Cuesta de Moyano hacía un sol poco gaélico, pero un retrete, un mero retrete y un actor leyendo el capítulo 4 de la obra, ya le daban veracidad a este «vía crucis» lírico, animado, de época en un Madrid de las Letras que entrecerrando los ojos es un poco Dublín.
El año pasado, con una ola de calor, principió está festividad en la capital. Con algunos grados menos que en 2022, Marcos Giralt Torrente, escritor y «padrino de la jornada», encontraba las «similitudes entre Joyce y Cervantes», destiladas, eso sí, por «Jonathan Swift» y no tanto por los españoles, más «centrados en el casticismo».
Lo que celebraba el novelista madrileño, además, era el «poner al libro en la agenda de una ciudad». Y más con una novela que, pese a su evidente densidad, abarca un solo día. Como 'Bajo el volcán' de Malcolm Lowry. Como 'Mrs. Dalloway' de Virginia Woolf.
El retrete
Y en el retrete, poco después de que hubieran hablado autoridades y organizadores, el actor Jonathan D. Mellor iniciaba la lectura de ese capítulo, el 4, en el que Bloom «vacía el vientre» y en el periódico, en el trono, encuentra una lectura placentera. Escatología, humor y metaliteratura. Puro Joyce.
Después la comitiva volvía a establecer esas sinergias, «correlaciones», según la comisaria del evento, Giselle Etxeverry Walker, en las escaleras de la Biblioteca Nacional... de Irlanda. Así es el Bloomsday: Madrid y Dublín sin escalas.

Pilar y Miguel posaban customizados como podían, con andares antiguos, vagamente eduardianos. Otros llevaban sombreros anacrónicos mientras el café y el condumio irlandés iban poniendo a los participantes en órbita y en contexto. Pilar es de «un grupo de teatro» y con el vestuario, confeccionado por ella misma, se mete de «verdad en el personaje». El «personaje» de una dublinesa de 1904 en esa zona de la capital donde los libreros de Moyano se espejean en las calles del Siglo de Oro en una síntesis de tiempos, obras y talentos.
Previa del solsticio
El Bloomsday, que lleva camino de ser la previa del solsticio, reúne este viernes a actores como Joaquín Reyes, el primero que se atrevió a «rapear» al complejo autor irlandés en la facultad. Y todo por el ritmo, que es otro hallazgo de la obra en cuestión. Antes de declamar el fragmento seleccionado del capítulo 17 en el bar Corazón a las 19.00, Reyes confesaba su admiración por el patrón laico del día. «Su forma de deconstruir el lenguaje». Una creación «absolutamente influyente y original».
James Joyce es difícil, aunque en el arranque de la ruta dos jóvenes portaban ediciones antiquísimas y subrayadas de la obra en cuestión, como un gesto de las nuevas generaciones. Era algo compartido por otra de las intervinientes de la jornada, la escritora Sabina Urraca, que en la víspera admitía la dificultad de leer en público el capítulo 14 en el Hospital San José, a pesar de que impostar de la forma que sea al genio dublinés equivale a «reinterpretarlo», a conocerlo mejor.
Anótese que el hospital de la calle Eloy Gonzalo ha representado el Hospital de la Maternidad de Dublín: allá donde Bloom reflexiona sobre la paternidad perdida en «contraste con los nacimientos», tal y como se lee en la obra original.

Las «correlaciones» en las que insistía la comisaria han sido adaptadas a Madrid. Una forma de revivir una obra de la que existen un buen ramillete de estudios contradictorios entre sí que los especialistas consideran como la última carcajada del autor. La 'romería dublinesa' recorrió también la farmacia Juanse, decimonónica, en esa calle de tantas épocas que es San Vicente Ferrer. Aquí la escritora Nuria Pérez ha puesto voz a un fragmento del capítulo 5, y los azulejos de Juanse 'han sido' la botica Sweny, en Lincoln Place.
En el fondo, este viaje al corazón del Madrid más literario es una forma de ponerle otros ojos ya no a una de las novelas más influyentes de la pasada centuria, también al callejero capitalino. En la librería La Central, Giralt Torrente, con detalles 'joycianos' en el atuendo, leía a las 20.15 parte del capítulo 10. Ése en el que Leopold Bloom busca un libro para su mujer que es, irónicamente, el de 'Las dulzuras del pecado'.
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Y para cerrar el día, el monólogo interior de Molly Bloom. Esa parte que Joyce dejó, consciente, sin signos de puntuación. En la plaza de Santa Ana y un reto para Christina Rosenvinge, la encargada de encontrar la respiración y la esencia de un texto íntimo en el contraste con un espacio público en la opinión de los organizadores del acto.
21.30 y fin de fiesta. Una celebración en la que se vienen volcando instituciones españolas, irlandesas, públicas y privadas. De la Biblioteca Nacional al Ayuntamiento de Madrid, de la Asociación de comerciantes del barrio de las Letras, a la embajada de la isla. Una jornada particular.