Incendios
Los montes que arrasó el fuego en Galicia tardarán hasta siglos en recuperarse
El terreno que sufrió incendios en el pasado será más propenso a arder nuevamente si no se recupera bien
«Se está quemando la esponja que mantiene la humedad» frente a sequías, alertan los expertos

Siguen vivas las llamas de, por tamaño, los peores incendios de la historia de Galicia. Afortunadamente, y gracias a los profesionales y vecinos que han estado luchando contra el fuego durante más de una semana, algunos de los focos ya están extinguidos, comenzando ahora una carrera contrarreloj para recuperar con la mayor eficacia, rapidez y calidad posible el verde característico de los montes gallegos, con toda la rica biodiversidad que los habita. Lo primero de todo, explica Serafín González, investigador del CSIC y doctor en Ciencias Biológicas por la USC, lo que más urge es determinar el tipo de fuego que arrasó el terreno. Las llamas no actúan igual en todos los incendios, incluso un mismo fuego puede quemar de dos formas diferentes, principalmente. «A veces el fuego es muy rápido», detalla González, algo que, en principio, sería favorable: aunque se puedan llegar a quemar más hectáreas, la letalidad de las llamas es menor. «El suelo pasa menos tiempo caliente, sobrevivirán semillas» e incluso algunos árboles. Por el contrario, si el viento sopla en contra, o está descendiendo una pendiente, el incendio será mucho más voraz: «Los daños son mucho mayores, el suelo se quema durante mucho más tiempo».
Determinar con precisión estas variables, así como las zonas más afectadas por las llamas o, incluso, la pendiente del terreno, son factores que marcarán la recuperación de los bosques en los próximos años. Y eso, con total seguridad, es un proceso lento, muy lento: las primeras plantas pueden crecer en meses, pero que el suelo recupere su riqueza original y los árboles crezcan como antes puede llevar cientos de años.
Recuerda González la importancia del proceso. La realidad es que gran parte de los terrenos que han ardido —o están ardiendo— durante esta semana ya eran conocidos por las llamas. Es lo que ocurre, por ejemplo, en el Parque Natural de Invernadeiro, en Vilariño de Conso. Parece que el profesor lo recuerda como ayer: «En el año 1981 un incendió calcinó 5.000 hectáreas, por lo que hay daños históricos« que favorecen la proliferación de nuevos incendios. Si el suelo no se recupera como es debido, las probabilidades de que vuelva a arder se multiplican.
Una vez estudiado qué tipo de incendio arrasó el monte, la forma de actuar para revitalizarlo no es igual: apuesta González por una recuperación natural en el caso de los fuegos rápidos, confiando en que la naturaleza reconquiste lo perdido. En cambio, si el fuego se ensañó con el terreno, es fundamental alfombrar con paja para evitar que el suelo se erosione, construir pequeños muros para que los sedimentos y nutrientes no se deslicen hasta el agua de los ríos, contaminándola. Por supuesto, «establecer prioridades» es difícil, pero en muchas ocasiones es la única forma de actuar.
El problema del agua
El agua juega un papel clave en el desarrollo de los incendios, y su protagonismo varía dependiendo del momento. Puede recibirse como obra divina si el fuego está arrasando con todo a su paso; sin embargo, una vez el fuego está extinguido, una lluvia puede ser devastadora. Si hay mucha pendiente, más rápido bajará el agua arrastrando todo a su paso, dejando un suelo muy pobre, por eso las labores de recuperación no se han de demorar.
En esta ola de incendios se ha hablado continuamente de la sequía que precedió a las llamas. «Y es una verdad, pero es media verdad», apunta el biólogo. Las zonas afectadas eran un combustible perfecto, había un nivel de humedad muy bajo y basó con un rayo para provocar incendios que quemaron miles de hectáreas. Sin embargo, con un suelo de mejor calidad, la catástrofe no habría sido tan grande. Es contundente González cuando dice que «estamos quemando la esponja que nos mantiene la humedad». La humedad, si el suelo está en buenas condiciones, queda retenida entre la materia orgánica cuando llueve, y, muy poco a poco, se va liberando. Esto está directamente relacionado con el hecho de que gran parte de las hectáreas quemadas ya habían sufrido incendios durante los años anteriores. Las características del terreno no estaban bien recuperadas, o no del todo, por lo que la cantidad de agua retenida era menor. Ante un periodo de sequía, casi inexistente.
La reforestación
A la hora de recuperar el terreno, en Galicia hay un problema fundamental. «La gran mayoría del suelo es privado, y depende de los propietarios qué hacer con él». Lo mismo ocurre antes de las llamas: son los dueños quienes se han de encargar de mantener las fincas limpias. Con todo, señala el investigador que los estudios son claros: el tipo de plantación más inflamable es el pino, y no el eucalipto, si bien este ocupa el segundo lugar. Lo más recomendable para prevenir fuegos próximos son las especies autóctonas: «Arden menos y, en caso de incendios, pueden servir como cortafuegos naturales, facilitando su extinción«.