Oti Rodríguez Marchante - Barcelona al día

¿Se comió Puigdemont un buen filete en Bruselas?

Un día se va Puigdemont a Bruselas a decirle al mundo que Cataluña quiere la independencia, y al día siguiente busca un titular en el que declara que lo que quiere Cataluña es la interdependencia

Según ciertas escuelas filosóficas, la realidad es aquello que no desaparece en el momento en que uno deja de verlo o de creer en ello. También hay quien, como Woody Allen, opina que la realidad es el único sitio en el que uno se puede comer un buen filete. En lo tocante a la realidad de esta Cataluña pujante, ¿dónde está el buen filete?... Un día se va Puigdemont a Bruselas a decirle al mundo que Cataluña quiere la independencia, y al día siguiente busca un titular en el que declara que lo que quiere Cataluña es la interdependencia, que ha de ser algo en lo que las escuelas filosóficas aún no se han puesto a pensar.

Sobre la performance de la plana mayor del independentismo catalán en la sala alquilada del Parlamento Europeo, no hay manera de ver la realidad si uno no se pone antes unas gafas, las que sean. Con las gafas de la prensa catalana, o catalanista, que tanto da, aquello podría considerarse un pequeño éxito, más de quinientas personas, entre ellos una eurodiputada rumana y un esloveno, y alguno de Compromis, de Bildu, de Podemos y de Alternativa Galega, y todo ello a pesar del boicot español al acto; aunque si uno se pone las gafas de la prensa, digamos, internacional, el pequeño éxito de la plana mayor independentista y de su aviso al mundo del próximo referéndum es algo menos evidente, pues no dicen una palabra al respecto. Es decir, que el entusiasmo de los corresponsales catalanes ante ese acto de propaganda independentista ha propiciado que «la realidad» exista, pues la ha visto y cree en ella…, mientras que el desinterés del resto del mundo ha borrado «la realidad» porque ni la ha visto, ni oído, ni probablemente cree en ella. Así las cosas, estamos ante dos «realidades» o dos buenos filetes, el virtual que se comen los catalanes, y el otro que no se comen ni en Europa ni aledaños.

Naturalmente, todo esto es ridículo y forma parte de la grosería intelectual en que el secesionismo ha sumido, aquí sí de forma transversal, a toda la sociedad catalana otrora esencial en España y en Europa, y que ahora admite ser representada (y pagana) en el acto inane de que el trío catalanista se vaya a Bruselas a convencer a un puñado de catalanes convencidos, una rumana y un esloveno de lo que hoy es independencia y mañana interdependencia.

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