Ignacio Miranda - POR MI VEREDA
Una elección épica
El absurdo buenismo, la división, la cobardía y el estilo guay no lastraban aún el clima político
«Hubo dos cosas que jamás abandoné, hasta el último día, incluso cuando ya estaba en una situación terminal: la higiene personal y la oración». Así se expresaba recientemente José Antonio Ortega Lara, en una de sus escasas entrevistas, para reconocer la importancia que, durante 532 jornadas de inhumano cautiverio, tuvieron ambos aspectos. El aseo, como muestra de dignidad que nunca podrían arrebatarle los etarras, y la fe religiosa como principal elemento de fortaleza ante la adversidad.
Hace ahora dos décadas que el funcionario de prisiones burgalés fue secuestrado en el garaje de su casa por pistoleros de ETA, cuando regresaba de su trabajo en la cárcel de Logroño. Ese día de San Antón comenzaba el rapto más largo perpetrado por la banda criminal, que se prolongaría hasta el 1 de julio del año siguiente en un cubil inmundo de apenas seis metros cuadrados y 1,80 de altura, bajo una nave industrial de Mondragón junto al río Deva, con una enorme humedad.
Ortega Lara, que ha perdonado para no vivir en el odio, sabía que el estado de derecho no podía ceder al chantaje de agrupar a los presos para lograr su liberación. Los españoles lo considerarían una claudicación en toda regla. El absurdo buenismo, la división, la cobardía y el estilo guay no lastraban aún el clima político. Esa convicción le ayudaba a seguir vivo cuando flaqueaba el ánimo y pensaba en el suicidio como única salida. Por fortuna, la tenacidad de la lucha antiterrorista tras meses de sigilosa vigilancia dio sus frutos cuando la Guardia Civil entró en la nave y detuvo a sus carceleros, Bolinaga incluido, quienes hasta el último momento se resistieron a señalar la ubicación exacta del zulo bajo la maquinaria pesada para dejarle morir de inanición. ¿Cabe mayor vileza y crueldad?