Enrique Sánchez Lubián

1866, cuando Toledo se ofreció a Pío IX como sede pontificia

El acuerdo que pudo cambiar su secular declive

Pío IX, cuya respuesta fue recibida por el Ayuntamiento como un gran honor, proponiéndose enmarcar y divulgar a la ciudad su carta declinando el ofrecimiento

Enrique Sánchez Lubián

En el imaginario colectivo de los toledanos el año 1561 es un recuerdo maldito . En su mes de mayo, Felipe II trasladó la Corte a Madrid. Con esa decisión comenzó el declinar social y económico de una ciudad que desde siglos atrás había progresado social, política, cultural y económicamente hasta superar los 50.000 habitantes. La decisión real fue el inicio de una decadencia que se agravó al iniciarse el siglo XIX con los daños sufridos durante la guerra de la Independencia, los diferentes procesos desamortizadores o el cierre de la Universidad. El escritor José Zorrilla, quien durante unos meses estudió leyes en la ciudad nos ha legado una desoladora descripción de la antigua capital visigoda: «Negra, ruinosa, sola y olvidada, / hundidos ya los pies entre la arena, / allí yace Toledo abandonada, / azotada del tiento y del turbión. / Mal envuelta en el manto de sus reyes, / aún asoma su frente carcomida; / esclava, sin soldados y sin leyes, / duerme indolente al pie de su blasón». Tan dolosa situación hubiera podido cambiar radicalmente hace ciento cincuenta años si en 1866 el Papa Pío IX hubiese aceptado trasladar aquí su residencia y curia vaticana, tal y como el ayuntamiento toledano le ofreció.

En 1833 se aprobó una nueva división territorial de España, surgiendo así la provincia de Toledo y recobrando la antigua ciudad imperial su condición de capitalidad. Gracias a ello comenzó a albergar diferentes instancias administrativas, como la Diputación Provincial, con las que la vida local, que tenía en la F ábrica de Armas su principal centro laboral , comenzó que superar el retraimiento acumulado tras la decisión de Felipe II.

Tras el cierre de la Universidad en 1845, el Instituto Provincial y Técnico, ubicado en el antiguo palacio de Lorenzana , era el centro educativo civil más destacado de la ciudad, en cuyas aulas impartían clases los principales protagonistas de la vida pública local. Coetáneo del Instituto era el Seminario Conciliar, ubicado en la Plaza de San Andrés. Hacía ya años que los jóvenes cadetes militares formaban parte del paisaje social y urbano de la ciudad, desde que en octubre de 1846 comenzase sus clases el Colegio General. Y en junio de 1858, los toledanos, que apenas sobrepasaban entonces el número de diecisiete mil, habían aplaudido con fervor a la reina Isabel II cuando vino a inaugurar la línea ferroviaria que unía a la capital con Castillejo, poniendo a la ciudad a menos de tres horas de Madrid. Estas novedades reabrían, poco a poco, cauces para que la ciudad de Toled o se recuperase de su decadencia secular.

Con esas posibilidades sobre su mesa de trabajo, el 1 de enero de 1865 tomaba posesión como alcalde de la ciudad el tradicionalista Gaspar Díaz de Labandero , quien impulsó la ejecución de diferentes obras públicas. Se afrontó la reforma de Zocodover y la alineación de calles, se iniciaron gestiones para la construcción del Teatro de Rojas, así como de un cementerio, un matadero y un mercado. Durante su mandato se instaló en Toledo la Escuela de Tiro, se construyó la Plaza de Toros, de cuya Sociedad de Propietarios era miembro, se demolieron los restos del Artificio de Juanelo, se restauró la Puerta del Sol y se hicieron obras para bombear las aguas del Tajo hasta las inmediaciones del Alcázar.

En su empeño por mejorar la ciudad, en 1866 llevó ante el pleno municipal del Ayuntamiento una propuesta que, de haber llegado a buen término, habría sido trascendental para el futuro de Toledo : ofrecer al Papa Pío IX la posibilidad de que fijase aquí su residencia «si se viese precisado a dejar la capital del Orbe Cristiano» a consecuencia de las guerras internas en el naciente reino de Italia y las presiones militares para controlar la ciudad de Roma.

«La ciudad, Santísimo Padre –decía el ofrecimiento municipal adoptado el 19 de noviembre- que atesora recuerdos sin número de su adhesión a la Santa Sede, que ostenta en medio de la pobreza de hoy, riquísimos monumentos de la piadosa grandeza de Reyes, Prelados y caballeros de España, y palacios de los antiguos señoríos, bien pudiera ser digna mansión interina para Vuestra Venerabilísima y Santísima Persona, rodeada de los muy respetables Príncipes de la Iglesia, Consejeros de su Autoridad Suprema».

Trasmitida la propuesta al Vaticano, el 26 de diciembre el Pontífice firmaba en San Pedro una carta dirigida al alcalde Díaz de Labandero agradeciendo el gesto y mostrando su esperanza en que los riesgos que le acechaban en Roma quedasen superados. «Nos –decía Pío IX- ciertamente confiamos en que Dios escuchará tantas súplicas vuestras y de otros fieles, y alejará los peligros que amenazan. Pero, ya fuera dado que permanezcamos en esta Nuestra Sede, o ya las circunstancias aconsejaren irnos con vosotros, o el pasar a otro punto, en el alma guardamos el recuerdo de este testimonio de vuestra voluntad; y abrigaremos hacia vosotros, grandemente merecedores de ello, un peculiar cariño de padre». La misiva concluía enviando al Ayuntamiento y a los ciudadanos su bendición apostólica.

La carta llegó hasta el Ayuntamiento por manos de Cándido Nocedal , representante de la ciudad en el Congreso de los Diputados . Y aunque la oferta no hubiera sido aceptada, la contestación de Pío IX fue considerada un gran honor. El 22 de enero de 1867, víspera de la festividad de San Ildefonso, la corporación se reunió en sesión extraordinaria para conocer su contenido. Según lo reflejado en las actas municipales, los concejales escucharon la misma puestos en píe, arrodillándose luego para recibir la bendición y besando, posteriormente, la firma del Papa.

Por unanimidad de los asistentes, se decidió que para conocimiento de la ciudadanía se imprimiesen «en papel y buena forma» la traducción del texto de Pío IX y que el original fuese enmarcado «en un cuadro del mejor gusto posible» para ser colocado en el despacho de la Alcaldía. De acuerdo con ello, en los talleres tipográficos de José de Cea se confeccionó un folleto en el que de se incluía la «Veneranda Carta» del Pontífice, tanto en latín como en castellano, junto a las actas de las sesiones municipales en las que se había abordado el ofrecimiento. Se desconoce si el escrito papal llegó a ser enmarcado o no. Hoy el mismo está conservado entre los fondos del valioso Archivo Municipal de Toledo .

Cuando año y medio después, en mayo de 1868, Gaspar Díaz de Labandero abandonada la alcaldía toledana, Pío IX continuaba sufriendo el acoso de las tropas de Víctor Manuel II sobre Roma. La solución definitiva a la denominada «cuestión romana» no llegó hasta 1929, sesenta años después, cuando Pío XI y Mussolini acordaron los Pactos de Letrán que dieron origen a la Ciudad del Vaticano.

Llegados a este punto podríamos preguntarnos qué habría deparado el futuro a la ciudad de Toledo y a los toledanos si el Papa hubiese aceptado el generoso ofrecimiento de su ayuntamiento.

Dar respuesta a ello es adentrarnos en el terreno de la ucronía, pero quizás pueda servirnos para imaginarlo la idealización de Toledo que unos años después plasmó el vizconde de Palazuelos en un artículo publicado bajo el título de «Una ciudad modelo» fantaseando sobre una moderna capital a las orillas del Tajo donde las grandes avenidas flanqueaban ambos costados del río, cuyas aguas eran surcadas por vaporcillos, los turistas llegaban a cualquiera de sus cuatro estaciones ferroviarias, donde les esperaban los mozos de los numerosos hoteles de lujo abiertos en sus calles y plazas, que eran recorridas por un tranvía e incluso disponían de un servicio de globos cautivos para subir a los viandantes desde los modernos ensanches –casualmente uno de ellos en la zona de la Vega Baja- hasta la colina donde se levanta el Alcázar.

Sin embargo la realidad estaba bastante alejada de este sueño, tal y como Pérez Galdós reflejó en las primeras frases de su reportaje literario «Las generaciones artísticas en la ciudad de Toledo», publicado en 1870: «Al entrar por este sitio en la ciudad olvida el viajero -escribe refiriéndose al ferrocarril- que ha venido en el vehículo de los tiempos modernos. Su aspecto es el de los pueblos muertos, muertos para no renacer jamás, sin más interés que el de los recuerdos, sin esperanza de nueva vida, sin elementos que puedan, desarrollados nuevamente, darle un puesto entre los pueblos de hoy. De aquellos ilustres escombros, destinados a ser vivienda de lagartos y arqueólogos, no pueden salir una ciudad moderna, como sucede a sus compañeras en la Historia, Salamanca y Sevilla. No tiene sino el valor de las ruinas, grandes para algunos, acaso o tal vez despreciables para la generalidad». El tiempo se encargó de dejar atrás tan lastimosa impresión de Pérez Galdós y debieron pasar muchos años hasta que Toledo , ya en la segunda mitad del siglo XX, volviese a superar los cincuenta mil habitantes y consolidase un lento proceso de desarrollo que la llevó en 1983 a ser declarada capital regional.

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