VIVIR TOLEDO

La presa de Solanilla. Molinos, batanes y la central de Azumel

Aguas abajo del puente de San Martín, el río Tajo atraviesa el salto de Solanilla unido a antiguos ingenios molineros y tempranas turbinas eléctricas

Vista del Tajo con la presa de Solanilla en 2014. A la izquierda, paraje donde hubo molinos, batanes y extracciones de greda. En la orilla derecha, la central de Azumel RAFAEL DEL CERRO

Rafael del CERRO MALAGÓN

Cuando las aguas del Tajo han rebasado el puente de San Martín dejan atrás el torno rocoso del recinto histórico de Toledo y comienzan a bañar las orillas que durante siglos fueron huertas y plantíos. Además, por aquí, gracias a un gran azud de 900 pies de longitud, el río prestó su fuerza para mover viejos batanes de paños y molinos pertenecientes a nobles y eclesiásticos. A partir de 1780, también impulsaría la maquinaria de la Real Fábrica de Espadas y Armas de Corte alzada sobre unos terrenos comprados a la cofradía de la Caridad en 1775. A finales del siglo XIX, la presa y los molinos de Azumel se adaptarían para albergar una central eléctrica que perviviría en uso hasta la centuria siguiente.

El paraje de Solanilla

Entre el medieval puente de San Martín y el moderno viaducto de la Cava -inaugurado el 25 de noviembre de 1976-, en la orilla izquierda del río afloran los escarpes que bajan desde el cerro de San Jerónimo hasta la carretera de Navalpino. Este lugar es el inicio del barrio de Solanilla, nombre citado en lejanos documentos que referían la ubicación de huertas y explotaciones fluviales. Y es que el cauce del río se ensancha dejando islas que ayudaron a crear represas para canalizar la corriente a las muelas molineras, las mazas para bruñir paños o los cañares para la captura de peces.

En la misma margen izquierda, en el siglo XV, existían los molinos de doña Guiomar de Meneses. En 1751, según el Catastro del marqués de la Ensenada, eran harineros, con cuatro piedras, propiedad entonces de doña Margarita de Llamas que también poseía al lado un «un terreno gredero» cuyas arcillas servían para desengrasar las lanas en el proceso de abatanado. En el estudio de navegación del Tajo de Francisco Xavier de Cabanes (1829), para acarrear mercancías en barcos de vapor entre Aranjuez y Lisboa, se ratifica más abajo del puente de San Martín la existencia de una presa con sendos molinos en sus extremos: los de Solanilla, del vecino Antonio Paniagua , y los del cabildo catedralicio ubicados en la margen derecha conocidos como de Azumel.

Desde el siglo XIX los bandos municipales fijaban en Solanilla un lugar de baños aptos para el público y las caballerías. En 1900 la Fábrica de Armas compró los antiguos molinos harineros y su entorno que comenzó a vallar, pues allí se alzarían los polvorines ideados para almacenar, con más seguridad, la munición elaborada en la orilla opuesta.

Azumel: trigo y vatios

En época islámica, en el citado azud o presa de Solanilla, ya existían unos molinos llamados Assomail –más tarde de Azumel- que, en el siglo XII, pertenecían al cabildo catedralicio. En 1755 sus cinco piedras producían una renta de ocho mil reales anuales. Las leyes desamortizadoras motivaron que, en 1844, el ingenio y la presa se asignasen a la Fábrica de Armas Blancas, instalada poco más abajo en el edifico trazado, en 1780, por el arquitecto Sabatini. En 1787, para asegurar que no fallase el caudal del río que movía la maquinaria se creó el llamado Canal de Carlos III, una acequia subterránea de 2.000 pies de longitud iniciada en una caseta inmediata a los molinos de Azumel, conjunto que aún se conserva.

En 1862, a la energía hidráulica se sumaría la producida por una central de vapor instalada en el segundo patio de la factoría. En 1871, a la vieja forja de armas blancas se añadiría la elaboración de 20.000 cartuchos diarios de vaina metálica. Con tal objeto, en unas pocetas situadas en un pabellón posterior del edificio de Sabatini, se acoplaron una turbina Festine de 16 caballos y otra de 20. Estos motores hidráulicos, mediante engranajes, movían los largos ejes donde se enlazaban las poleas para accionar las máquinas amoladoras, forjadoras u otros usos.

 En 1894 aquel sistema teledinámico quedaría obsoleto, pues se querían fabricar hasta 80.000 cartuchos diarios destinados al nuevo Mauser Español . Para producirlos se recurriría ya a la energía eléctrica que se generaría en el viejo enclave de Azumel donde se instalaron dos turbinas Jonval de 41'5 caballos cada una, agregándose una tercera en 1901. Ocho años después, el uso molinero era pura historia para convertirse entonces en una completa central hidroeléctrica que alimentaba los electromotores y la iluminación de talleres.

La Gran Guerra (1914-1918) forzó a la Fábrica a crear nuevos efectos (material quirúrgico, espoletas y cartuchería de pistola) con máquinas más eficaces lo que obligó a renovar la central de Azumel (1917) con mayores generadores ubicados en un curioso edificio neomudéjar, debido quizá a un ingeniero militar, que pasamos a describirlo.

En la fachada, un arco de herradura enmarcado con alfiz cobija un gran portón habilitado para poder montar las dinamos, dejando a cada lado sendas ventanas con arcos de herradura apuntados y polilobulados. Sobre la puerta, un rótulo con caligrafía de inspiración cúfica indica: Central de Azumel . Más arriba hay dos bandas decorativas inspiradas en la mezquita del Cristo de la Luz. La inferior es una serie de arcos ciegos de herradura entrecruzados; la superior muestra dos paneles con juegos de ladrillo formando rombos. La cornisa es una línea almenada que incluye dos castilletes en las esquinas que realzan la imagen romántica de una fortaleza medieval. En el interior del edificio, ahora deshecho, un zócalo de vistosos azulejos rodea una diáfana sala para el equipamiento técnico. En las paredes se abren ventanas con arcos de herradura que se asoman a la entrada y la salida de la corriente del río que pasa bajo la central para mover las turbinas. Existe otra historiada y pequeña puerta en el costado izquierdo de la central con un arco de herradura de tipo califal y realces de ladrillos.

En el extremo del edificio que se adentra en el cauce del Tajo existe una terraza ornamentada con un artístico antepecho y otros castilletes esquinados. Este mirador se integró en el recorrido protocolario otorgado a las ilustres visitas de la Fábrica para gozar allí de las vistas de los cigarrales, el puente de San Martín y la ciudad de Toledo.

La central estuvo en uso hasta los últimos años de la actividad de la factoría. En 1998, ya desmantelada ésta, el Ministerio de Defensa vendió sus edificios y terrenos a la ciudad de Toledo que, a su vez, cedió a la Universidad de Castilla-La Mancha. En junio de 2021 aún quedaba en manos del Ayuntamiento la central de Azumel, acordándose su entrega a la misma institución universitaria para su rehabilitación, generar energía renovable y nuevos usos con cargo a los fondos europeos de recuperación.

Rafael del Cerro, historiador y autor de la sección 'Vivir Toledo' de ABC ABC

 

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