Por un lugar o por el otro
Torra se autoinculpó queriendo parecer un héroe, cuando en realidad se estaba buscando una salida más o menos honorable y barata
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Torra dijo el domingo que había almorzado butifarra con «secas» y que dependiendo de las preguntas del juicio las respuestas le saldrían por un lugar o por el otro.
Por el otro le salió, para empezar, la deprimente y escasísima concentración de vagos, jubilados, y ... demás carne de cañón de la baja permanente que acudieron a acompañarle en su entrada al juzgado. Por el tipo de gritos y de coreografías que realizaron era evidente que el «procés» ha pasado de ser un problema de orden público a un problema psiquiátrico. Sólo el seguimiento de TV3 fue más grotesco.
Junto con el pinchazo de los CDR el sábado, que no pudieron culminar el bloqueo ferroviario que pretendían, y el corte de La Junquera, que se llevó a cabo pero con muy pocos, el independentismo empieza a pinchar en sus convocatorias. En la última encuesta de la Generalitat los partidarios de la independencia han caído del 44 al 42%.
Que un condenado por terrorismo como Gonzalo Boye, al que cualquier penalista serio considera un fraude, fuera el abogado de Torra recordaba que este proceso independentista sólo puede entenderse en clave de farsa. El acusado se autoinculpó queriendo parecer un héroe, cuando en realidad se estaba buscando una salida más o menos honorable y barata. La inhabilitación no lleva a la fuga ni a la cárcel. Los 30.000 euros alguien va a pagárselos.
Este habrá sido el recorrido de Torra: un aburrido directivo de una empresa de seguros que fundó una editorial para divertirse y que en la subvencionada cultura catalana le halló gusto a ganar dinero sin trabajar y a medrar en la política. Llegó a presidente porque era el más listo en un mundo de superestúpidos . Al principio pensó en la gesta, pero pronto se dio cuenta de que se vivía mejor en la gestualidad, empezó a buscarse un chalet en el Ampurdán, y jugó deliberadamente a las pancartas de quita y pon -mitad Narciso, mitad Calibán- para de hacerse el desobediente y buscarse un enfrentamiento de baja intensidad con el Estado que le dé la épica pero a bajo precio personal.
Por su caída en desgracia con Puigdemont y por lo poco que de todas maneras le quedaba en Palau, ha decidido administrar su final para que tratar de reservarse algún honor -aunque sea falsario- en los libros de Historia, y asegurarse a la vez que los va a poder leer cómodamente tumbado frente a su piscina ampurdanesa. Sólo la farsa explica este proceso y por eso tiene razón el juez Marchena en su sentencia.
Lo más gracioso es que, al final -aunque fuera de plazo-, Torra accedió a retirar sus pancartas. Lo más trágico es que todo este circo es por nada. Y lo único cierto es que la última amenaza real que al independentismo le queda son las ventosidades de su presidente más estrafalario, en forma de tópico, de propaganda, de la profunda ignorancia de qué es un Estado . Y el cinismo de viejo zorro con que a todos os ha engañado.
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