Ante todo España

En las presentes condiciones, el Rey dio al discurso un rango de «acto de Estado»

El Rey pronuncia su discurso de Navidad EFE/ ÁNGEL DÍAZ

MANUEL VENTERO

El 24 de diciembre de 1975, el Rey Don Juan Carlos pronunciaba su primer mensaje de Navidad desde una posición ciertamente delicada, erigido en impulsor de un proceso de transición que abriera la puerta a la democracia. Cuatro décadas después, su hijo Don Felipe se enfrenta a contingencias diversas, pero de máxima complejidad también: un gobierno en funciones, un presidente por investir y una amenaza secesionista en Cataluña de una mordacidad desconocida.

Nunca se había producido una situación semejante. Tal vez por ello, Don Felipe decidió cambiar el familiar escenario de la Zarzuela por el protocolario Salón de Tronos del Palacio Real , estancia reservada a actos requeridos de «la mayor dignidad y solemnidad». Don Felipe dio al discurso de Navidad, pretendidamente, un rango de «acto de Estado», concitando para ello todos los símbolos: el himno, la bandera, el palacio y la propia Corona, el más destacado, por cuanto es, además, un símbolo personal.

El pasado que encierra el Palacio Real sirvió a Don Felipe para mostrar la importancia de la historia, la necesidad de «conocerla y recordarla», como mejor manera de «entender nuestro presente y orientar nuestro futuro». En las presentes condiciones, Felipe VI advirtió de la necesidad de «reconocernos en todo lo que nos une»; de «poner en valor lo que hemos construido juntos»; de «ensalzar todo lo que somos, lo que nos hace ser y sentirnos españoles». Y es que la Constitución reserva al Rey una función de máxima importancia como «símbolo de la unidad y permanencia del Estado» (art. 56.1).

Unidad y diversidad

El Rey presenta como compatible la unidad de la patria con «un Estado que reconoce nuestra diversidad en el autogobierno de nuestras nacionalidades y regiones». No en vano, la Corona ha servido secularmente de instrumento aglutinador de las diferentes regiones que constituyeron la Monarquía, y por ese motivo, esta expresión simbólica de unidad cobra hoy una especial significación, en el actual Estado de las Autonomías. El Monarca se presenta así en la Constitución como símbolo de «unidad» .

En su discurso, el Rey no pasa por alto el momento en que nos encontramos tras las elecciones del 20-D. Felipe VI habló esta Nochebuena en una circunstancia inédita, a punto de inaugurar un discreto período de consultas entre los finalistas en la carrera por el Ejecutivo, y abocado después a culminar su papel arbitral, llamando a formar Gobierno al más oportuno de los candidatos. Recuerda no obstante el Rey, que en una monarquía parlamentaria son las Cortes Generales, como «depositarias de la soberanía nacional», «las titulares del poder de decisión sobre las cuestiones que conciernen y afectan al conjunto de los españoles».

En condiciones de normalidad institucional, el Monarca limita su ejercicio a una tarea de moderación, quedando el arbitraje reservado al momento en que las instituciones se ven superadas, como es el caso de la designación de un candidato a presidir el Gobierno susceptible de recibir la investidura parlamentaria (art. 99). El Rey actúa en todo caso al margen de la lucha partidaria, sin otra pretensión que comprender y realizar la voluntad del electorado.

El mensaje de Navidad de 2015 ha sido tan constitucionalmente comprometido como políticamente irreprochable, un discurso indiscutiblemente enmarcado en las funciones que atribuye al Rey el artículo 56.1 de la Constitución que se incorpora ya a la mejor literatura constitucional, aquella que inspiró Walter Bagehot en su célebre «The English Constitution», sugiriendo la correcta ejecución de la función moderadora de un rey parlamentario, un «poder moderador» que, como expresión de la auctoritas, se había transformado con el paso del tiempo en un poder simbólico que Bagehot sintetizó en la clásica trilogía del derecho del Monarca a aconsejar, a estimular y a ser consultado, ideas en tantas ocasiones señaladas por el profesor González- Trevijano .

Felipe VI culmina su discurso con un necesario «mensaje de serenidad, de tranquilidad y confianza en la unidad y continuidad de España», de «seguridad en la primacía y defensa de nuestra Constitución», como también de «esperanza en que la reflexión serena, el contraste sincero y leal de las opiniones, y el respeto tanto a la realidad de nuestra historia, como a la íntima comunidad de afectos e intereses entre todos los españoles, alimenten la vigencia de nuestro mejor espíritu constitucional».

Recuerdo a Don Juan

Siendo la vocación de permanencia y la consiguiente estabilidad que procura al entramado institucional una característica inequívoca de la Monarquía, bien podríamos resumir diciendo que los gobiernos pasan, y el Rey permanece. El Rey es -dice la Constitución- «símbolo de la unidad y permanencia del Estado», y esta última palabra -Estado, del latín status- nos remite etimológicamente a la idea de estabilidad. El hecho de que la Carta Magna presente al Rey como símbolo de «permanencia» no hace sino insistir en esa condición.

Don Felipe incluye en su alocución un vibrante «Ante todo España», palabras que recuerdan sin duda a aquellas de Don Juan, pronunciadas en el acto de cesión de sus derechos dinásticos en favor de su hijo don Juan Carlos, el 14 de mayo de 1977 : «Majestad, por España. Todo por España».

Comentarios
0
Comparte esta noticia por correo electrónico

*Campos obligatorios

Algunos campos contienen errores

Tu mensaje se ha enviado con éxito

Reporta un error en esta noticia

*Campos obligatorios

Algunos campos contienen errores

Tu mensaje se ha enviado con éxito

Muchas gracias por tu participación