CRÍTICA DE ÓPERA

El Real pierde la batalla de 'Tristán'

La obra, definitivamente, ha renunciado a lo mucho que prometió en su arranque

'Manon' en en Liceo: ¡Amemos, riamos, cantemos sin parar!

La soprano inglesa, Catherine Foster (d) y la mezzosoprano rusa, Ekaterina Gubanova efe

Alberto González Lapuente

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La entrada de Isolda es espectacular: lenta, misteriosa, enlutada, algo trascendida, a punto de enloquecer. El momento vale mucho y explica detalles no siempre evidentes. En el segundo acto, Brangäne dice que Isolda tiene «la razón turbia»; que el filtro mágico ha torcido su voluntad hasta enamorarse del enemigo, de Tristán, pero que su obcecación es anterior. Por eso Catherine Foster, que ha sustituido en el último momento a Ingela Brimberg en la primera función de este 'Tristán' en el Teatro Real, finje alienación.

Ópera

'Tristán e isolda'

  • Música y libreto: Richard Wagner.
  • Intérpretes: Andreas Schager, Franz-Josef Selig, Catherine Foster, Thomas Johannes Mayer, Neal Cooper, Ekaterina Gubanova, Jorge Rodríguez-Norton, Alejandro del Cerro, David Lagares.
  • Fecha: 25 de abril
  • Lugar: Madrid, Teatro Real.

Durante el primer acto, a la compostura se une un ánimo vocal sin resquicio, desde la primera nota, asumiendo la dificultad y sin importar las durezas que están por llegar. No cabe mejor propuesta, porque Semyon Bychov también se sumerge en la obra con una interesante mezcla de dulzura y densidad. Da gusto escuchar y ver, porque el gesto del maestro es soberano, capaz de anticipar y dibujar con estricta precisión una música sublime y que, además, en ese momento, fluye con vitalidad.

A Foster le acompaña Ekaterina Gubanova que es una Brangäne robusta, seria, de voz igualada y de timbre espeso. Ella, y más tarde, Franz-Josef Selig acabarán por ser lo mejor del reparto, pues el rey Marke, tan severo, estático, de canto admirable, sabe colocarse entre la determinación y el entendimiento. Ambos son grandes cantantes. Como lo es Andreas Schager en su posición protagonista, aunque aquí importen más los matices. Frente la mística Foster, la entrada de Schager choca por su decidida extraversión. Incluso incomoda el gesto elemental que acentúa una versión que se anuncia de concierto y a la vez semiescénica para acabar convertida en una especie de batiburrillo donde cada uno hace lo que puede mientras se juega muy torpemente con las luces y se admite entre los más temerario llenar de humo el escenario antes de que comience el segundo acto.

El primer afectado es Schager que se mueve con extraordinaria torpeza, mientras la voz va profundizando en detalles poco agradables: acentos espurios, una afinación dudosa en ocasiones, una línea construida nota a nota y con esfuerzo. Con estas armas, el segundo acto echa abajo todo lo conseguido en el primero y el dúo entre los protagonistas se desinfla sin remedio, incapaces de ponerse de acuerdo y de encontrar encanto donde solo se observa trivialidad. La mejor arma de Schager es la fuerza, el agudo, el sentido heroico con el que engorda al personaje en el tercer acto hasta colocarlo en una dimensión extravagante, cuando la voz ya se rompe sin remedio.

No acaba bien este 'Tristán' con todos tirados por el suelo, rendidos y derrotados. La obra, definitivamente, ha renunciado a lo mucho que prometió en su arranque. El 'vasto imperio de la noche', del que dice venir el protagonista, ha dejado de ser un recuerdo difuso para convertirse en una realidad. Bychkov mantiene el tipo, pero su versión hace tiempo que dejó de inquirir el asunto para convertirse en una cobertura más o menos adecuada. Y Foster, en quien tantas esperanzas se pusieron, asume el 'Liebestod' con voz algo aniñada, un vibrato incómodo y escasas posibilidades de hacer remontar lo que ya estaba muerto.

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