Serrat, la jubilación sin júbilo de un nacido en el Mediterráneo
La música española se despedirá el año que viene de uno de sus mayores iconos, un artista libérrimo y comprometido que siempre renegó de la idea del retiro anunciado
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«Y después de darlo todo / En justa correspondencia / Todo estuviese pagado / Y el carné de jubilado / Abriese todas las puertas / Quizá llegar a viejo / Sería más llevadero / Más confortable / Más duradero». Así reflexionaba Joan Manuel Serrat en una de sus canciones acerca de la retirada, una idea que nunca ha estado en su vocabulario del mundo real hasta el día de hoy, 2 de diciembre de 2021, fecha en la que ha anunciado su adiós a los escenarios.
«Para mí, la jubilación es lo más lejano al júbilo», decía en una entrevista de la pasada década, donde aseguraba que le aterraba pensar en la gente que está deseando retirarse, «porque eso significa, a mi juicio, que han desperdiciado cuarenta años de su vida en un trabajo que no les gustaba». Sin entrar en la de millones de españoles que sufrirán una bajón anímico al leer esa frase, hay que felicitar al cantante mediterráneo por haber hecho siempre lo que ha creído justo, cueste lo que le cueste, como artista y como ciudadano.
Lo hizo ya desde el principio de su carrera, en 1968, cuando desafió al régimen franquista pidiendo cantar en catalán el 'La, la, la' compuesto por El Dúo Dinámico en el festival de Eurovisión. Los dirigentes de RTVE del momento se negaron en rotundo a aceptar su petición, y por eso acabó yendo Massiel. Cinco años después, en el verano de 1973, fue detenido en un concierto en Pamplona por hacer una alusión desde el escenario a la huelga de Motor Ibérica que había desembocado en un paro general provincial, siendo multado por el gobernador civil con 50.000 pesetas. Ni la sanción ni el arresto le hicieron callar: en 1975, cuando se condenó a muerte a varios militantes del FRAP y ETA, Serrat estaba subido en un avión rumbo a México y al llegar no pudo evitar lanzar una crítica al Gobierno, solidarizándose además con la postura del presidente de México, Luis Echevarría Álvarez, que reconocía sólo al gobierno de la Segunda República Española en el exilio. «Me debatí entre dos posibilidades: volverme a España y de alguna manera esconder mi actitud personal contra los fusilamientos, o dar el concierto en México sabiendo que al llegar al aeropuerto me esperarían los canales de televisión y todos los periodistas», recordaría el artista años después. «No podía adoptar la primera postura porque no estaba en absoluto de acuerdo con las ejecuciones de los cinco muchachos, así es que procuré imaginarme lo que me iban a preguntar para saber lo que tenía que responder. Me lié la manta a la cabeza y me dije: 'Juanito, ya veremos cuándo vuelves a casa...'». Efectivamente, a raíz de estas declaraciones se emitió una orden de búsqueda y captura y tuvo que exiliarse durante un año y, tal y como ya había ocurrido en 1968, sus discos fueron retirados de la radiodifusión y censurados por el régimen.
Tampoco se calló llegando al final de su carrera, cuando se enfrentó a un nacionalismo catalán (el mismo que le amenazó de muerte en el 68 exigiéndole que no se sometiera al franquismo para cantar el 'La, la, la' en castellano) exaltado por el procés, «un disparate que crea en Cataluña una situación de una gran fractura social que, a mi modo de ver, va a costar muchísimo tiempo recuperar», dijo unos días después del referéndum. Cuando se produjo la declaración unilateral de independencia de Cataluña, «que por cierto duró ocho segundos, que como tiempo no es mucho», dijo en tono sarcástico, «yo no era partidario de que se produjera porque pensaba que no nos llevaba a los catalanes ni a Cataluña a ningún lado que nos hiciera avanzar positivamente como ciudadanos». Los insultos y las amenazas le llovieron a mares, pero tampoco cedió un milímetro a esa presión.
Serrat ha enfatizado en su despedida que no ha sido él quien ha decidido «dejarlo». Tal como explica en una entrevista en El País, «han sido los hechos que fueron ocurriendo después de aquella caída de Joaquín Sabina (12 de febrero de 2020), que nos obligó a abandonar una gira. Luego vino la covid… Las dificultades fueron distanciándome. Estaba cada vez más lejos de la actividad que hacía, y aunque no desde el sentimiento, lo cierto es que también estaba inevitablemente alejado de la gente. Lo que he decidido es despedirme en persona. No me gustó sentirme despedido por una plaga. Por eso me planteé ir al lugar más natural para hacerlo, con el público enfrente, lleno de gratitud y alegría».
Es curioso que, después de toda una carrera haciendo lo que le ha dado la gana, haya sido justo al final cuando se haya plegado para hacer caso a los consejos de otros. Él aseguró más de una y de dos veces que si decidiese retirarse «no lo contaría porque no tiene ningún sentido», y porque no le gustaría «incorporar un elemento lacrimógeno de ese tipo a los conciertos». Pero alguien ha debido convencerle de que los españoles, los mediterráneos, merecemos verle sobre el escenario sabiendo que va a ser la última vez. «Ojalá sea un farol, como el de su gran amigo Miguel Ríos», comentaba uno de sus fans en las redes sociales. Teniendo en cuenta lo mucho que le ha debido costar a Serrat lanzar este anuncio bañado en melodrama, no parece que sea el caso. Pero quizá guarde fuerzas para el estudio, y nos quede algún disco suyo más que comprar.