Hablemos de langostas
Me basta una página traducida al inglés, una sola, para saber que quiero leer a Nina Polak

Nina escribe sobre langostas. La última vez que una de sus parejas la dejó, comenzó a desarrollar un interés creciente por estos animales. Incluso llegó a comprar dos de plástico. Las bautizó Tristán e Isolda. Un idilio extraordinario para dos crustáceos de juguete.
Nina todavía ... conserva una . Está colgada en el pasillo de su casa, «como un crucifijo mutado», escribió en la primera página de una novela que no llegaré a leer, al menos no ahora. Mientras nadie la traduzca, Tristán e Isolda estarán encerradas en el caparazón del idioma en el que han sido escritas: el neerlandés.
Me basta una página traducida al inglés, una sola, para saber que quiero leer a Nina Polak y que necesito asomarme a una inmensa historia de desamor que a mí se me antoja irónica y puede, por qué no, que hasta autobiográfica. Incluso puedo llegar a pensar que habla de mí o de todos los desamores del mundo unidos en el caparazón de una criatura de mar.
Pero hasta que alguien no extraiga de las palabras de Nina un significado común, nada sabré de langostas, ni de la crucifixión implícita en toda pena de amor ni la sinfonía afectiva de un animal que suele cocinarse vivo en una olla de agua hirviendo. Se parecen las langostas a los humanos, ¿verdad?
Escribo estas cosas porque está bien asomarse a la ventana y buscar en el otro la inesperada posibilidad de algo nuevo y sorprendente. Una reciente tendencia al hastío me empuja a pensar que el mundo me ofrece la misma reposición de sí mismo y que la vida es eso que la gente se escupe en Twitter. Si hasta parece recalentada. Cuesta masticar esa cosa correosa en la que se han convertido los días de un tiempo a esta parte.
Si hablo hoy de langostas es porque me gusta pensar en un espacio en el que sea posible disfrutar de la belleza por el solo hecho de su existencia. Y creo que la escritura de Nina me orienta en esa dirección, aunque no la entienda del todo. Y cuando digo Nina podría mencionar también a cualquier otra persona capaz de producir belleza. Está bien que existan cosas inesperadas, ilógicas y arbitrarias. Está bien vivir fuera de uno mismo y habitar ese otro lugar que se crea en el encuentro con otros. Está bien querer ver en una langosta un episodio de desamor. Está bien hablar de otros asuntos. Salir y entrar del habitáculo de nuestro propio aburrimiento y desesperanza.
Sin duda, está bien hablar de langostas.
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