De Fuentidueña a Manhattan: la verdadera historia de cómo se llevaron de España un monumento nacional piedra a piedra
Dos reconocidos expertos en patrimonio reconstruyen con documentos inéditos cómo se gestó el traslado del ábside segoviano a Estados Unidos en pleno franquismo
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Fotogalería: El desmontaje del ábside románico de Fuentidueña que viajó a EE.UU.
«Celebramos esta tarde un acontecimiento cultural único. Por primera vez en la historia, una gran nación ha permitido que uno de sus monumentos nacionales -un ábside románico íntegro, construido hace casi 800 años por piadosos artesanos de Fuentidueña- sea transportado a través del Atlántico como préstamo gratuito y generoso al pueblo de Estados Unidos». Con estas palabras, el presidente del Metropolitan Museum of Art de Nueva York (MET), Roland L. Redmond, inauguraba en 1961 la reconstrucción del ábside de San Martín de Fuentidueña que había viajado desde Segovia hasta The Cloisters, la sección de arte medieval del museo.
En el MET tenían razones para felicitarse. El conjunto románico llevaba treinta años en su punto de mira y por fin habían logrado lo que se antojaba imposible: que un monumento nacional, así declarado desde 1931, saliera de España. «Es algo inconcebible», subraya el catedrático de Historia de la Arquitectura José Miguel Merino de Cáceres. Y, sin embargo, se llevó a cabo con la aquiescencia del régimen de Franco, de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando (RABASF) y la Real Academia de la Historia (RAH), así como de representantes notables de la élite cultural y social del momento, como han documentado Merino y María José Martínez, profesora de Historia del Arte de la Universidad de Valladolid, en su libro 'De Fuentidueña a Manhattan' (Cátedra).
Este «despojo consentido», como prefieren denominarlo los autores de esta rigurosa investigación, ante lo que consideran el abuso del término 'expolio', se vendió en 1958 como «una cesión temporal», aunque por tiempo indefinido, aceptada por las autoridades españolas a cambio de las seis pinturas murales de San Baudelio de Berlanga (Soria) que hoy se exhiben en el Museo del Prado.
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Así se difundió la noticia en los periódicos de la época, que destacaron en titulares la llegada de las pinturas, relegando a un segundo plano la salida de unas «ruinas en muy mal estado», sin mencionar que se trataba de un monumento nacional. «Se midió al milímetro la información», indica Martínez. La resolución no se publicó en el Boletín Oficial del Estado y no se dio a conocer hasta que las 839 cajas con 3.396 sillares y piezas que transportó el carguero 'Monte Navajo' llegaron a Nueva York.
Los investigadores, autores en 2012 de 'La destrucción del patrimonio artístico español. W.R. Hearst: «el gran acaparador»' (Cátedra), han descubierto en cartas y documentos inéditos que el MET trató de adquirir el ábside de Fuentidueña en los años 30 y retomó su iniciativa tras el paréntesis obligado de la Guerra Civil y la Segunda Guerra Mundial.

El director de The Cloisters James J. Rorimer, que fue miembro de los 'Monuments Man', vio en los años 50 el momento oportuno para hacerse con esa gran construcción monumental que anhelaba. La dictadura franquista intentaba salir del aislamiento y se vivía un nuevo clima de relaciones bilaterales entre España y EE.UU, que se plasmaron en los Pactos de Madrid (1953) y en «cierta permisividad» con coleccionistas y marchantes norteamericanos, según los investigadores. «Utilizaron el patrimonio como una pieza más en el tablero de las relaciones diplomáticas», apuntan mientras recuerdan la película de 'Bienvenido, Míster Marshall' que tan bien refleja la sociedad española de aquellos años. «Villar del Río podría haber sido Fuentidueña, perfectamente».
Merino y Martínez han documentado todo el proceso que cristalizó en la exportación del ábside: desde los contactos con el anticuario Raimundo Ruiz para que negociara la compra con el Obispado de Segovia y el Ayuntamiento de Fuentidueña, hasta las comunicaciones de Rorimer con la embajada estadounidense en Madrid o con varios ministros. «La idea del intercambio llegó muy a posteriori, como una salida de emergencia», relata la historiadora del arte. De hecho, el MET adquirió las pinturas de San Baudelio cuando el trato obtuvo el visto bueno, para enviarlas a España. «Estaban en el mercado. Si España hubiera querido, las podía haber comprado sin desprenderse de nada», sostiene Martínez. Después el MET conseguiría otras del mismo conjunto soriano, por parte de los mismos vendedores, como donación. Las que ahora se exhiben también en The Cloisters.
Voces críticas
Para poder autorizar la salida del ábside, el acuerdo tenía que ser respaldado por las reales academias, donde los debates fueron «muy tensos», según han averiguado los investigadores. En la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando, la decisión se tomó por mayoría, no por unanimidad. De los 28 académicos que asistieron a la sesión, 19 votaron a favor, pero siete en contra y hubo dos abstenciones. Hubo además una voz especialmente crítica, la de César Cort y Botí, que emitió un voto particular en el que dejó constancia de que se trataba de una venta encubierta porque había habido pagos disfrazados de donaciones (800.000 euros al obispado y 250.000 al Ayuntamiento de Fuentidueña).
También Leopoldo Torres Balbás votó en contra en la Real Academia de la Historia. En una carta que remitió a un compañero, explicó que después de haber luchado por la conservación de los monumentos españoles y de haber protestado por la emigración de otros a los Estados Unidos, asentir al traslado de la iglesia de Fuentidueña hubiera sido renegar de toda su vida.
Luis Felipe de Peñalosa, presidente de la Comisión Provincial de Monumentos de Segovia y tío de José Miguel Merino, se opuso enérgicamente a esta operación, de la que los miembros de la corporación que representaba no fueron informados. En el libro recogen cartas en las que criticó con dureza la salida del monumento y la postura de las reales academias. «Las voces críticas dormían en los archivos. Se silenciaron. Todo se silenció», comenta Martínez.
Una hija en el tablero
En el apoyo de la RABASF y la RAH pesaron los informes favorables de Francisco Javier Sánchez Cantón, subdirector del Museo del Prado, y sobre todo del arqueólogo e historiador Manuel Gómez-Moreno, una autoridad en la época con un talón de Aquiles, su hija Carmen, como bien descubrió Rorimer. En el libro se publican cartas de la joven después de conocer al ya director del MET y de que éste le ofreciera empleo en el museo. También la misiva de Rorimer, con formas muy elegantes y educadas, en la que presionó a Gómez-Moreno en este sentido. «Hemos podido documentar una sospecha que estaba en el aire», apunta la especialista en patrimonio, coleccionismo y mercado del arte. «No se sabía que don Manuel Gómez-Moreno era quien había alentado el traslado, por favorecer a la hija», añade Merino.
Carmen Gómez-Moreno, que fue después la encargada del traslado del ábside y que desarrolló su carrera profesional en el MET, argumentó entonces, como tantos otros, que el monumento acabaría por desaparecer en España, mientras que en Estados Unidos recibiría la atención que se merecía. «Siempre salía a relucir esta tesis, pero ¡quién sabe! El monasterio de Santa María la Real, en Aguilar de Campoo (Palencia) era una absoluta ruina y hoy es un instituto y la sede de la Fundación Santa María la Real- Centro de Estudios del Románico», replica Martínez.