Homenaje a juan mayorga
Un maestro llamado Juan
Palabras de un discípulo que tiene muchas cosas que contar en la puesta en escena del dramaturgo
La escena sucede en el Museo de la Acrópolis de Atenas. Una maestra griega ha llevado a su clase hasta la sala de las Cariátides. Algunos alumnos parecen aún dormidos, otros se fijan en los turistas, miran sus móviles, cuchichean… Ella trata de captar ... su atención desde el espacio vacío que espera a la estatua que se exhibe en el British Museum. Tras un silencio inesperado pregunta: ¿por qué no escuchamos lo que quieren decirnos?
En ese momento me acuerdo de Juan Mayorga, mi maestro. Pienso que es una escena en la que él se hubiera fijado, porque en esa pregunta centellean algunas de las cuestiones que recorren su teatro y sus clases: la elocuencia del silencio, nuestra relación con el pasado, la figura de la traducción y las heridas del lenguaje… Ya en la calle, dejo un mensaje a Juan con el relato de la escena que acabo de ver. Me responde: «Ahora ya compartimos ese recuerdo».
Pienso en las veces que Juan nos hizo la misma pregunta que la maestra griega, en las clases de dramaturgia, hace más de veinticinco años. Entonces yo no estaba del todo preparado para prestar la atención que Juan nos exigía. Su magisterio fue revelándose una vez terminada nuestra relación formal como maestro y alumno.
«Juan Mayorga mira los signos de nuestro tiempo convulso y nos pregunta desde la primera persona del plural: ¿por qué no escuchamos lo que quieren decirnos?»
Lo comprendí en un encuentro fortuito años después. Trabajaba como portero de finca y Juan pasó por el portal camino de casa. Me preguntó si aún escribía teatro. Le dije que estaba haciendo los cursos de doctorado y tirando adelante con trabajos como aquel, que había enviado textos a algunos concursos sin suerte, que no sabría si podría regresar al teatro. Me dijo: «Trabaja duro y confía». Es una frase parecida a la que José Luis, su maestro de Matemáticas en COU, le dijo en un encuentro que resultó crucial para él: «Tú trabaja mucho».
Esto lo supe después, cuando le pregunté a Juan por la huella de sus buenos maestros. El primero que confió en él como escritor fue Moisés, su profesor de Lengua y Literatura en el primer curso de Secundaria, aludido en 'Silencio', su discurso de ingreso en la Real Academia Española. Reyes Mate, el filósofo, fue su director de tesis doctoral sobre Walter Benjamin, y desde entonces mantiene con él una conversación permanente. Ya en el teatro, nombra a José Sanchís Sinisterra, al que considera un ejemplo moral de conducta y un gran cuidador de vocaciones, y a Josep María Benet i Jornet, del que recuerda con gratitud la crítica severa a uno de sus textos, la que sólo puede hacer alguien que confía en ti, aun arriesgando la amistad.
Juan se ha convertido no sólo en el autor español vivo más representado y traducido del mundo, sino en un gran maestro. Esta condición de referente, lejos de llevarle a repetir las fórmulas con las que ha logrado reconocimiento y aplausos, le incita a explorar nuevos caminos con exigencia y alegría. Lo constato en la última versión que me envía de 'La gran cacería', de cuya futura puesta en escena me habla con el entusiasmo de quien desea seguir aprendiendo.
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Juan lleva en la mochila lápices y cuatro o cinco libretas de textos «aún abiertos», por si aparece la oportunidad de seguirlos trabajando entre sus otros empeños y obligaciones. En su condición indiscutible de maestro, o precisamente por esto, Juan nos comparte dudas y desafíos sobre estos nuevos textos. En 'Escuela de aprendices', Marina Garcés señala que el verdadero maestro no es el que dice «haz como yo», sino «hazlo conmigo», y sigue aprendiendo él mismo. Como la maestra griega, Juan Mayorga mira los signos de nuestro tiempo convulso y nos pregunta desde la primera persona del plural: ¿por qué no escuchamos lo que quieren decirnos?
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