CIUDADES ILUSTRADAS
Baiona: veraneo de manta y jersey
Historia no falta aquí porque la patrona de la villa es Santa Liberata, virgen y mártir, la primera mujer crucificada en el siglo II de nuestra era

Hay en la parte vieja de Baiona una fuente con dos caños en la que reza una inscripción que advierte de la prohibición de lavar la ropa so pena de pagar una multa de hasta 80 reales . Fue construida en 1863 por Ventura Misa, un bodeguero jerezano que se enamoró de la villa.
Baiona, situada a unos 20 kilómetros de Vigo, era entonces un enclave pesquero . Cientos de hombres vivían de la captura de la sardina en las costas de las Rías Bajas, cuyos habitantes no pisaban las playas que hoy están tan concurridas. «Ya no hay marineros en el pueblo. Ningún padre quiere que sus hijos continúen el oficio . Solo quedan dos barcos grandes. La tradición pesquera ha desaparecido», lamenta Xuxo López Méndez, antiguo patrón de la cofradía local de pescadores y memoria viva de la población.
«Nada es como era en mi infancia. Echo en falta la tranquilidad que había en la vecindad y la seguridad. Las casas del pueblo tenían dos puertas que siempre estaban abiertas», comenta Xuxo, que tuvo que emigrar a Alemania en los años 70 para ganarse el sustento en la pesca de altura en el Gran Sol.
Este hombre, curtido en los mares y desengañado por las contrariedades de la vida, recuerda el tren que partía de Vigo y que llegaba hasta los muelles de Baiona, cerrado hace algunas décadas, que facilitaba los flujos comerciales y humanos entre ambas localidades. Y menciona que había un bello balneario decimonónico en la playa Concheira , una de las siete de las que disfrutan hoy los turistas.
Aseguran que las frías aguas de esta playa, abierta al océano, tienen propiedades curativas , pero lo mismo podría decirse de las otras, especialmente de la de Frades, situada bajo la muralla del parador. Entre Frades, el punto más occidental de Baiona, y el continente americano no hay nada, tan sólo miles de kilómetros de agua salada .

El parador fue mandado construir por el general Franco a mediados de los años 60 para promocionar el turismo en la zona . Apunta la leyenda que se resistió porque las obras eran muy costosas. Hoy es una referencia de la ciudad. Está situado en un promontorio amurallado desde el que se observa la bahía que llega hasta el puerto de Panjón con playa América al otro lado.
Es posible rodear el recinto del parador, edificado sobre un palacio en ruinas, a través de un camino asfaltado al borde del mar mientras las olas baten las rocas . Este paraje es una península, que se convertía antaño en una isla en la época de tormentas, llamada Monte Boi o Monterreal.
Se dice que el pirata Francis Drake asoló esta fortificación y también que Julio César llegó con sus naves hasta estas tierras décadas antes del nacimiento de Jesucristo . Historia no falta aquí porque la patrona de Baiona es Santa Liberata, virgen y mártir, la primera mujer crucificada en el siglo II de nuestra era.
Azaroso viaje
Durante varios siglos, el pueblo fue tierra de marca entre España y Portugal, muy vinculado a la Corona de Castilla. En 1493, Alonso Pinzón arribó con su carabela a Baiona tras un largo y azaroso viaje de vuelta de la expedición comandada por Colón . Hoy se conserva una réplica de la nave en el puerto, que puede ser visitada por los turistas, que quedan asombrados por sus reducidas dimensiones.
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Pero la historia ha quedado atrás y Baiona atrae desde hace cuatro décadas a un turismo interesado por la belleza del paisaje y una gastronomía basada en el pescado de la zona y el marisco. Cientos de personas se dan cita todas las tardes en el núcleo histórico de la ciudad, donde decenas de establecimientos compiten con una oferta variada a precios razonables.
El restaurante más emblemático de la ciudadela era O Refuxio d’Anton, cerrado hace dos veranos, una especie de taberna donde se podía degustar una excelsa tortilla de patatas . Era de los pocos sitios de España donde uno se podía poner morado por diez euros. El único y no menor problema era la cola que había que aguardar hasta ser llamado para sentarse en una mesa . O Refuxio sigue con las persianas bajadas con un cartel que dice: «se alquila».
Pero Baiona guarda un secreto que la hace imbatible: su clima. Con días en julio en los que la temperatura no suele sobrepasar los 26 grados y tardes y noches en las que hay que ponerse un jersey y dormir con manta. Ignoro el motivo, pero a las dos o tres de la madrugada empieza a soplar un viento que viene del mar que invita a los noctámbulos a recogerse.
«Había hace más de un siglo un jefe de aduanas de Badajoz, llamado Covarsi, que veraneaba aquí con toda su familia. Decía que lo que más le gustaba del lugar era salir por la noche a tomar una copa en alpargatas », relata Jesús Rubio, afincado en Madrid y nacido en Terzaga, un pequeño pueblo de Guadalajara, que, tras veranear en el parador hace más de dos décadas, decidió comprarse una casa desde la que se pueden ver las Islas Cíes, uno de los paraísos naturales menos conocidos de España.
Echar el ancla
Rubio conoce tan bien la historia de Baiona como su oferta gastronómica y sale casi todas las tardes en su barco para echar el ancla cerca de una playa y bañarse . «El único inconveniente es que el agua suele estar a 17 grados, o sea, muy fría. Pero compensa el esfuerzo», subraya. Compensa, sin duda, venir unos días a Baiona para observar cómo se pone el sol bajo el Atlántico en esta «Finisterre» de las Rías Bajas, espectáculo del que se puede disfrutar con un vaso de albariño, como hace Rubio desde su terraza.
Pero no siempre es posible contemplar el atardecer, porque, como asegura Xuxo López, el tiempo es muy cambiante en la zona y se puede pasar en muy pocas horas de un amanecer lluvioso a un mediodía esplendoroso. Se dice por estos lares que «de Portugal ni bon vento ni bon casamento». El buen tiempo siempre viene del norte, corroboran los lugareños.
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Baiona es también un enclave para pasear por los caminos cercanos a la ribera o los que suben a sus montañas, donde pastan caballos salvajes y se puede uno topar con los restos de una aldea celta. Como paseante, sigo esperando que algun día se me aparezca una meiga en el bosque en un cruce de senderos.
Y es que Baiona, ciudad granítica, de pazos y caminos que nunca se sabe a donde te llevan , abierta a los vientos del mar, es el escenario ideal para pasar un verano entregado a las andanzas y la lectura. No en vano Gonzalo Torrente Ballester gustaba sentarse en una cafetería del paseo marítimo para escribir. Hay una estatua suya en La Ramallosa, donde el maestro vivió unos años.
«Dicho sin pasión, en mis viajes por todos los mares, nunca he encontrado un lugar tan bello como éste», concluye Xuxo López, con un tono contagioso de nostalgia. Y es que Baiona siempre será Baiona, un sitio donde veranear con manta y jersey y donde se puede salir a tomar una copa con los amigos en alpargatas.
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