HOTEL DEL UNIVERSO

ALMAS DE DICCIONARIO

CARLOS y MARZAL

La Real Academia Española cumple trescientos años, y para celebrarlo y celebrarse publica una nueva edición del Diccionario, la vigésimotercera (o vigésima tercera, según indica en la voz «ordinales» el Diccionario panhispánico de dudas, primo hermano del diccionario padre).

Como me suelen gustar las aparentes exageraciones, porque para eso soy escritor y no portavoz de terceros, la publicación de un buen diccionario debería ser razón suficiente para decretar un día de fiesta nacional, y para salir a las calles con gaitas, chirigotas y tambores, llevando en alto pancartas con voces viejas y con palabras debutantes, con americanismos y con usos del español peninsular. Cuchuflí y cuchipanda. Enjalbegar y frangir. Badajocense y badulaquería.

Los escritores, ese gremio tan proclive a la exageración, han propagado muchas veces la ocurrencia poética de que en un diccionario están prefiguradas todas las obras verbales de la humanidad: todos los poemas, todas las canciones, todos los relatos, todas las obras de filosofía. Borges fue uno de los más fervorosos difusores de esta sutileza. Como sucede tantas veces con los hallazgos del ingenio, esa aseveración resulta tan cierta como insuficiente. En el diccionario, sí, están contenidas todas las creaciones verbales, y todos los mensajes que se dicen y dirán en una lengua: las declaraciones de guerra y las de amor, los diagnósticos y las lecciones, los discursos parlamentarios y las conversaciones de alcoba. Los diccionarios constituyen en sí mismos una paradoja: son un acto, una obra cerrada en sí misma, y, a la vez, en potencia, todos los actos futuros de naturaleza verbal, la obra abierta por antonomasia. Lo hecho y lo por hacer.

Las lenguas representan formas de sentir el universo, de aproximarse a la realidad mediante el instrumento más poderoso que nos ha sido dado: el lenguaje. Son sistemas para intentar domesticar un mundo hostil, para acomodarnos en el tiempo y el espacio. Lo que nos ocurre en nuestra vida no siempre es de naturaleza verbal –la fiebre, el dolor de muelas, el miedo, la alegría– pero sólo mediante las palabras conseguimos descifrarlo, transmitirlo, entenderlo. De ahí que los diccionarios signifiquen una interpretación, por orden alfabético, de millones de aspectos de nuestra experiencia colectiva. Los hablantes del español –aunque no lo sepan algunos, aunque no les importe– son lo que son, hacen lo que hacen y piensan lo que piensan ante los acontecimientos, por lo que significan las palabras que emplean. Las palabras que explica el diccionario.

En una de las hipotéticas vidas que me hubiese gustado llevar, me veo como un lexicógrafo feliz, puliendo definiciones, persiguiendo etimologías, discutiendo minucias con otros lexicógrafos felices y chiflados. Unas minucias que, después, se incorporan al diccionario de la lengua, para mover en silencio –aunque muchos no lo crean– los engranajes que mantienen en pie nuestro grandioso y efímero teatro de la civilización.

Cuando se abre una página cualquiera del diccionario, las palabras en negrita, con sus acepciones, parecen sólo palabras, pero son en verdad piedras de pedernal, vigas de acero, aleaciones de metales preciosos, instrumentos muy duros para sobrevivir entre las cosas.

ALMAS DE DICCIONARIO

Comentarios
0
Comparte esta noticia por correo electrónico

*Campos obligatorios

Algunos campos contienen errores

Tu mensaje se ha enviado con éxito

Reporta un error en esta noticia

*Campos obligatorios

Algunos campos contienen errores

Tu mensaje se ha enviado con éxito

Muchas gracias por tu participación