CARNAVAL DE CÁDIZ
Cuando la ilusión despierta
Que nadie diga que el cuento está escrito, que aún queda un sueño por dar su grito

Hay noches en el Falla que no son noches, son relámpagos que rompen la rutina, son destellos de un futuro que se asoma, despertando lo que el tiempo adormecía.
Este año, entre gigantes que volvían, cuando el peso de los nombres parecía ser un muro infranqueable, inquebrantable, un chaval con veinticuatro primaveras derribó con su alegría lo imposible, y todo dejó de ser previsible.
Se abrió la chistera del sueño, se empezó a regar de deseos el árbol de la ilusión y Cádiz le dio su corazón a un grupo de chavales sin dueño, sin nombre y sin razón.
Ale Peluca, de las calles a la gloria, con el pulso de quien sueña sin cadenas, demostró que en este Cádiz de nostalgias todavía queda espacio para estrellas que no vienen con su luz de otros febreros, sino con la llamarada de quien llega sin más lastre que su ingenio y su descaro, sin más norte que las coplas y su tierra.
Y de pronto la sorpresa, la quimera, el rugido de un teatro que despierta, y la risa que hace siglos no escuchaba ese eco de verdad, de chirigota, esa chispa sin corsé, sin la sospecha de que todo está medido, calculado, de que todo está previsto en la quiniela.
Cuando gana el que no estaba en los papeles, cuando vence el que en la sombra trabajaba, cuando el pueblo reconoce en su alegría ese pulso de su sangre gaditana, es que el alma del concurso sigue viva, es que el duende del febrero aún nos guarda, es que Cádiz no ha firmado su sentencia, porque siempre habrá un valiente que rescate los tesoros que otros creen en ausencia.
Que la gloria no se hereda ni se impone, que la copla no distingue de linajes, que el talento no pregunta por edades, que la magia de esta fiesta sigue intacta cuando un niño se disfraza de ilusión, ensaya y canta.
Que nadie diga que el cuento está escrito, que aún queda un sueño por dar su grito, que Cádiz guarda, con mimo y empeño, a cualquier niño que sueñe con su primer premio.