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Reír, cantar y no ser cobarde
El Falla funciona desde hace más de un mes en calidad de reducto del silencio y de la fanfarria, uno de los pocos lugares donde la gente va a escuchar, a conocer de buenas a primeras la opinión de los suyos acerca de los problemas y las alegrías de la temporada
De gaditanas maneras, las letras y las músicas de febrero cambian el mundo de color y de expresión. Al final del comienzo del Carnaval eterno, poco antes de salir a perderse en el viento, los artistas de Cádiz desparraman su ironía y su desencanto, cantan a la madre ciudad, a su relación con el dolor y el olvido, pero también se regodean con los secretos de la risa floja, espontánea y genuina. Pasodobles a la decadencia, al recorte de derechos y servicios, a la hipocresía y al doble sentido. El Falla saborea momentos mágicos de crítica e ingenio.
El Falla funciona desde hace más de un mes en calidad de reducto del silencio y de la fanfarria, uno de los pocos lugares donde la gente va a escuchar, a conocer de buenas a primeras la opinión de los suyos acerca de los problemas y las alegrías de la temporada. Lo saben las agrupaciones, que aprovechan el instante, ahora que hace caso el público, y achican sus letras con toda la intención, a corazón abierto. Este «todos contra todos» supera a la realidad cotidiana, las coplas vuelven sobre los pasos del periodismo cantado y una sesión del Falla, con su música de noticias, concita el interés local, nacional e internacional desde la distancia del tiempo y la claridad de las voces que piden un respiro para Cádiz.
Una noche cualquiera, las comparsas gaditanas hacen suya la virtud que dotó a su tierra de «acentos hechos de espuma del mar y una sobrenatural forma de reír para aguantar el sufrimiento». Las Ratas de Bienvenido bendicen el Carnaval de coloretes, la filosofía de «vivir, cantar y no ser cobarde». El amor y la verdad de una madre no se compra con dinero. «Duele verla sola y hundida», duele ver que se ha convertido, la madre Cádiz, en «la sombra de lo que fue, una madre muerta en vida».
«Yo soy tu padre», enfatizan los dicharacheros Eugenios a su hijo de verdad, Gerard Jofra, hijo de Eugenio, que cuelga la medalla del humor a los rutilantes chirigoteros, que, ya puestos, agarrados a la cola del sueño, se apoyan en la retranca del «qué bonito es Cádiz» para confesar que no entienden pa' qué se canta al Gobierno y a las cosas «serias» teniendo a la Caleta, con sus coñetas y la batería de tópicos que tropiezan con los ecos de la muerte en Palestina, «qué me importa a mí un país que no es de este mundo», o, sin ir más lejos, los defectos de la sanidad pública, teniendo la Caleta a unos minutos del Falla. Bordan los Eugenios lo que ellos mismos llaman «un mensaje vacío para llenarlo de verdad».
La gente no sólo paga por escuchar, a tenor de lo que viene ocurriendo por mor de las tecnologías y la tontería de la gente. «Coge el teléfono, no te vayas a perder el cuplé», suelta el Gago sin contemplaciones cuando suena el tono de un caro artefacto de distracción masiva. Minutos después, una voz ronca exclama desde la intimidad del patio de butacas: «¡Apagad los móviles!». Al Falla le falta una rotonda para que la gente más satisfecha se entretenga dándole vueltas a la vida.
Oferta especial: «400.000 euros por setenta metros cuadrados entre Loreto y el Cerro del Moro. El que no compra un piso en Cádiz es porque no le da la gana». El cuarteto del Gago tiene más mérito que un telediario, los gachós resumen el mundo chico y el mundo grande con la solvencia que porporciona el estado de gracia. Meten fuego a la superstición, el fanatismo, la sinrazón, la censura y la ignorancia. Defienden la cultura, «nos guste o no nos guste». Comparan a Kichi con Bruno. Invocan el turismo de borrachera, no sostenible, de los ingleses que no se saltan un desayuno. Uno recuerda a «Los golpes de pecho». El Gago llega más allá y vaticina que pronto se arrojarán los sevillanos y los madrileños por esos balcones tan hermosos con que Cádiz abre los signos de admiración de los desnortados paseantes de Filadelfia que mueren por la historia viva.
«No nos dejes caer en la transgresión». Combina el cuarteto la burla con la crítica punzante. Claman por el nuevo hospital o la ciudad de la justicia, más bien los ponen como ejemplo de la desidia de las infinitas promesas incumplidas. «Juanma dijo que lo haría». A vueltas con la sanidad, la educación, la privatización, las listas de espera ...
La Tribu también se acuerda de Moreno Bonilla, a quien atribuye una especie de «cultura de abrevadero», de subvenciones sin freno, pesebres y chiringuitos, y entre la verbena del Rocío, las corridas de toros a todas horas y la negación de esos favores a la fiesta de Cádiz, ahí sigue su rumbo la comparsa del Chapa hacia la denuncia: «Nuestra fiesta, el Carnaval, es la cenicienta del arte y la cultura de Andalucía», y rematan al grito de «¡Cádiz no calla sus verdades!». No, qué va.
«Quién diría que en España no hay racismo», abren fuego los excompañeros de Juan Carlos Aragón en un pasodoble rotundo, un despliegue de voces y unos aires a años setenta formidables. El Chapa firma este año dos músicas sobresalientes, una de pasodoble y la otra de tango. La dignidad pisoteada, la discriminación por lengua, origen y aspecto y los símbolos culturales menospreciados son motivo de reproche a quien se siente superior, cantan, se refieren al centralismo. «Tu país es tan mío como tuyo». Apuntan a la «España altanera y narcisista cargada de odio, desdén y chulería», que «nos desprecia por ser de Andalucía».
Sin tiempo para formularse preguntas, La Resistencia, un grupo extraordinario que deja escuchar las letras y las guitarras casi al capricho de la inspiración de un pasodoble escrito de un tirón en una tarde de otoño, sombría pero reveladora. Dibujan así a «los Abogados Cristianos, apostólicos y romanos, los que llevan a los tribunales a todo el mundo al sentir ofendido sus sentimientos religiosos, los que ponen el grito en el cielo por una estampa pero guardan silencio ante los pederastas que destrozan la vida a tanta gente indefensa». No se ofenden, en cambio, por la agonía de los ancianos en sus residencias, «amarrados como perros a las camas de hierro». Imagen desgarradora. Y silencios que preceden a una cerrada ovación, como se decía antes, como si hubiera ovaciones abiertas.
Al otro lado del balneario de coplas, pero también en clave religiosa, los Eugenios, que se crecen a medida que el personaje renueva sus gaditanas maneras, se declaran fieles defensores de Cristo, «aunque nunca lo hayamos visto», salvo en «las estampitas con el careto del nota». Humor cómico y caótico que no oculta la acidez del padre de la idea. Poncio Pilatos mandó a los Eugenios a por tabaco, castigados, hace por lo menos unos dos mil años. Pero los artistas de la sobriedad de gesto y los volcanes de aventuras, retornan a la escena, disfrutando del éxito, qué paradoja, saltando al ataque contra los prepotentes que, a su juicio, quieren imponer lo que debe creer la gente. «Te has inventado el bien y el mal, a tu libre albedrío», mientras «los pederastas quedan libres de pecado». En síntesis, la chirigota, sumándose al telediario de coplas de la noche, ahonda en la herida de «quienes dejan matar en su nombre».
La sección de Internacional nos presenta ahora un reportaje de denuncia directa al mentón. El cuarteto del Gago no entiende cómo puede presidir un país un tío con cuarenta delitos a sus espaldas, el Colorao, no el de la cantera, subrayan, y la gente acompaña el chasquido de tensión con un murmullo. Los cinco del cuarteto son capaces de navegar por la guasa gaditana sin olvidar los titulares de actualidad: «El uno por ciento de la población acumula el 95% de los recursos». Iguales para hoy.
«Los demócratas están asustados», advierten los cuarteteros. «Les van a cerrar la peña, no hay pestiños», inventan estos informados desinformados, universales y castizos. «¿Pa´ qué lees nada?». Para tener argumentos en las parodias y pasodobles, me figuro. «¡Ahora vas a tener tú tu propia opinión!». Hombre, por favor.
Vamos al turrón, de nuevo. «El terrorismo de Estado que implora protección», que en boca de Las Ratas «se ríe de ti recordándote lo efímero que eres», crea las ansias del pánico y te hace sentir que «la vida se nos va a un lado de una lista de espera, por culpa de los recortes de los derechos que nos quedan». Tildan de inmoral la ola de privatizaciones y contraponen la labor de «los héroes de la salud, el personal sanitario que nos ofrece amor y esperanza». El pasodoble se torna en un homenaje a la Marea Blanca.
La clase de la comparsa de Jesús Bienvenido no sólo se trasluce en la sensacional interpretación de una música tan expresiva y brillante, sino que pasa de puntillas por el humor del cuplé con crítica sarcástica. Mazón, que este año no rima mucho en el Falla, se lleva un puyazo de categoría, a cuentas de su prolongada estancia en el Ventorro.
La hipnótica actuación de los Eugenios en semifinales permite confiar en los superpoderes del ánge gaditano, las tiras de humor sobre las pequeñas cosas de la vida alegre y divertida, los golpes insinuados, la complicidad con el público, que se comporta como si los conociera de toda la vida. Las fotos vanidosas, las moscas cojoneras, los viajes astrales y el agradecimiento por anticipado al jurado, que seguramente se atendrá a las consecuencias del recitado chirigotero. Y a la amenaza velada del niño de Wisconsin, que se cuela de nuevo en la escena con su escopeta de feria. Eugenio está mejorcito de lo suyo, su hijo mostró la calidad humana de su familia, y la suya propia, ante los micrófonos y cuadernos de anillas de la prensa especializada. Gran momento: el hijo de Eugenio consagrando a la chirigota y a su padre al alimón.
Un poco de picante, una dosis de maldad, los giros majaretas del doble sentido al servicio de los chistes personalizados. El Bizcocho, por ejemplo, puede recibir un par de cosquis con cariño y su mijita de crueldad con suma facilidad. Los del Gago echan leña al fuego al «Bizcocho quemao», y los Eugenios le invitan a un paseo por el surrealista viaje astral. El Falla parece a veces una agencia de viajes. Los autores y componentes conversan entre ellos en directo, en presencia del respetable y del jurado, se lanzan indirectas, piropos, sugerencias y hasta un pasodoble entero de decepción, por así mencionar lo contrario del amor. La Resistencia transmite un mensaje de desahogo de Carapapa, una carta al «no amigo», Antonio Martínez Ares, que «no ha sabido ser compañero conmigo», lamenta la comparsa. «Nadie se muere por nadie, ni yo por ti», atizan, aunque suavizan un poco la diatriba mostrando su deseo de que el laureado autor vuelva al Falla con su talento a cuestas. «Te estaré esperando a corazón abierto para beberme tu veneno». Ojú. A la postre, el grupo canta al buen rollo, a la paz mundial de las comparsas, «en vez de apuñalarnos, luchemos por nuestra fiesta».
El Falla, un rincón libre de humos, acoge estas noches la consiguiente lucha de gigantes, así que el cuarteto del Gago tampoco se resiste a ironizar en torno a «los egos del Carnaval», el yoyoísmo ilustrado. Cuando Gago preludia una copla dándose la vuelta y animando a su gente invisible, es una señal de su estado de gracia permanente. Un caso aparte, el cuarteto del Gago.
Hay poetas de Cádiz que ya se están enviando mensajes a su guasap a condición de no olvidar las ideas del año que viene. El sistema del concurso obliga a los grupos a contar y cantar ocho pasodobles o tangos, puro riesgo, y ocho cuplés, para mantener el tipo. Quienes aspiran a superar el desafío se esfuerzan en elevar la calidad de la conversación musical del año, la exhibición de dicha y desazón, crítica y humor trimilenario que nos acontece, mientras otros ponen en remojo los versos que adornarán las calles. Han dado agua. No hay derecho.