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El primer ministro iraquí envía sus cazas contra Al-Qaida

Los «feroces» combates librados entre las fuerzas de seguridad y los milicianos islamistas en Anbar suman al menos un centenar de bajas

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Los cazas del Ejército iraquí atacaron ayer posiciones del Estado Islámico de Irak y Levante (EIIL) en Faluya y Ramadi, las dos principales ciudades de la provincia de Anbar. El uso de la aviación supone un paso más en la escalada de violencia en esta zona fronteriza con Siria que desde el martes está en manos de milicianos del grupo vinculado a Al-Qaida. Además de los cazas, el primer ministro Nuri al-Maliki ha enviado refuerzos terrestres y cuenta también con el apoyo de algunos líderes tribales que intentan evitar que Al-Qaida vuelva a recuperar el control de las calles, como ya ocurrió en 2003 tras la invasión de Estados Unidos.

El canal Al-Arabiya informó de la muerte del líder de Al-Qaida en Ramadi, Abu Abelrahman al-Baghdadi, en el transcurso de unos combates que el viernes, día de oración, fueron «feroces», con más de un centenar de fallecidos. El jeque Ahmed Abu Risha, líder de los grupos del «despertar islámico», insurgentes que dejaron de combatir contra Estados Unidos y el Gobierno de Bagdad a cambio de un sueldo y que fueron quienes finalmente echaron a Al-Qaida de Anbar tras la invasión, declaró a la agencia AFP que sus hombres y las fuerzas de seguridad lograron abatir a al menos 62 milicianos del EIIL en Ramadi.

Anbar es una zona clave para los intereses del grupo radical que trata de establecer un califato desde Faluya, sesenta kilómetros al oeste de Bagdad, hasta Alepo, la segunda ciudad más importante de Siria, con el que hacer contrapeso a los gobiernos en manos chiíes de Bagdad y Damasco. Para el EIIL no hay fronteras y, si en 2003 el objetivo eran las fuerzas estadounidenses, ahora el objetivo común a ambos lados de la línea divisoria son las autoridades chiíes a las que acusan de estar al servicio de Irán. La guerra sectaria en su más pura esencia vuelve a irrumpir en la vida de unos iraquíes que diez años después de la invasión estadounidense reviven los niveles de violencia de 2008.

Ni el EIIL -responsable de los secuestros de extranjeros en Siria, entre ellos los más de treinta periodistas y los cinco cooperantes de Médicos Sin Fronteras-, ni el Gobierno iraquí, que en todos estos años ha aplicado una política represora contra la minoría suní, quieren testigos de unos combates de los que la mayor parte de información que llega es la que cuelgan civiles en las redes sociales. En algunas de ellas se observa a cientos de hombres uniformados de negro riguroso y portando la bandera de la guerra santa por el centro de estas ciudades, en otras se aprecian los daños sufridos por edificios públicos, vehículos de las fuerzas de seguridad y algunas comisarías asaltadas los últimos días.

Los problemas en Anbar estallaron hace un año cuando la minoría suní, que perdió el control de Irak tras la caída de Sadam Husein, organizó una acampada de protesta contra el sectarismo de las autoridades de Bagdad. El martes Al-Maliki decidió levantar por la fuerza este campamento y empezaron unos combates que han llevado a la provincia a situación de guerra.